QUÉ LEO HOY:

QUÉ LEO HOY: Sugerencias, debate, crítica, opinión...

miércoles, 29 de abril de 2020

LOS COMBATIENTES. Cristina Morales



Descubrí a Cristina Morales gracias a muchos lectores que me recomendaban con insistencia su Lectura fácil. Bien por el aval del Premio Herralde, por las buenas sensaciones que el libro despertaba, o por la atracción que este provocó entre los lectores, no tardó en sobresalir entre los miles de volúmenes con que nos azotan a los libreros primero, y a los amantes de los libros después. Muchas fueron las voces que encumbraron a su autora como el símbolo de una generación, o al menos como la defensa de unos ideales concretos, pero muchas más, curtidas en mil lecturas, encontraron, por fin, una narradora distinta, radical y valiente.
Su libro encontró un espacio, o dos, o tres, en las librerías, hasta tal punto que se convirtió en esa alegría que muy de vez en cuando encontramos los libreros. Por si fuera poco, el reconocimiento de lectores y libreros se amplió con el Premio de la Crítica del años siguiente.
Así que cuando Anagrama recupera su primera novela muchos buscamos si no el origen, sí el pasado de una escritora diferente. Publicada en 2013 y ganadora del Premio Injuve 2012, Los combatientes es un libro que rompe al lector, incendiario, que revuelve y remueve, que provoca pasiones y recuerdos, momentos y movimientos. Un libro diferente, fresco e inteligente, con una narrativa tan original como peligrosa para muchas conciencias, activa y crítica.
Cristina Morales construye una novela llena de trampas, que incita a echar la vista atrás repetidamente, tanto en la lectura del libro como en el pasado del lector, para recuperar espacios, imágenes y frases con un ideario significativo para quien las recibe.
Con un notable dominio del lenguaje la autora logra que el lector dude continuamente tanto de las palabras escritas, como de las imaginadas. La forma de construir la narración acrecienta, aún más si cabe, esa posible confusión, pues no se sabe si tenemos entre manos un libro de ficción, un ensayo o, incluso, la representación de una obra de teatro.
La actitud crítica ante la política, la precariedad laboral, la economía, la violencia machista, la incoherencia de la izquierda, entre otros, que refleja el libro no es solo "postureo", sino que se posiciona en todo momento, implorando al compromiso, el inconformismo y la rebeldía, el placer de conocimiento... El libro como crítica, pero también como provocación y definición de una manera propia de enfrentarse a lo que señala como injusticia.

domingo, 26 de abril de 2020

ESTUDIO EN NEGRO. José Carlos Somoza



Hacia mucho tiempo que ninguno de los libros de José Carlos Somoza habían pasado del montón de las "posibles lecturas" a "hoy comienzo la lectura", creo que fue La dama número 13 la última de sus historias que llenó mis noches, y mis pesadillas, de insomnio.
Cada obra que llegaba a mis manos me alertaba de esa posible lectura, pero ahí se quedaba, en el infructuoso deseo de que me atrapara. No desechaba su lectura, pero siempre quedaba relegada como si no quisiese enturbiar las buenas sensaciones que me había dejado su manera de narrar e implicar a lector.
Y esta vez sí, no sé explicar bien porqué, Estudio en negro superó la fase de indecisión y comencé su lectura con el miedo y el respeto de aquellas novelas de ambiente victoriano que se habían quedado en el limbo de las reseñables. O simplemente que se habían quedado eclipsadas por las de los grandes maestros, como competir con Charles Dickens, William Thakeray, Thomas Hardy, Anthony Trollope, Robert Louis Stevenson, Joseph Sheridan Le Fanu o Arthur Conan Doyle. Así que es muy difícil no emitir comparaciones, juicios de valor e imágenes impresas en la propia memoria, a la hora de acometer una lectura que te traslade a la Inglaterra del siglo XIX.
Sobre todo cuando uno comprueba, repito que no me gusta nada mirar la contraportada para que esta me influya -positiva o negativamente- en mi lectura, que uno de los protagonistas va a ser, nada más y nada menos, que un joven y aún inexperto doctor llamado Arthur Conan Doyle.
Con una más que llamativa prudencia comienzo una lectura que se antoja incierta, pero hay algo que, de inmediato logra que toda mi atención se centre en la historia que tengo entre manos, Atrás quedan todos los prejuicios, los temores, y me dejo embaucar por las palabras de la narradora, la enfermera Anne Mccarey. Palabras llenas de dudas, de congoja, pero con expresiones que me sitúan, de inmediato en ese Londres de la última década del siglo XIX primero y de Portsmouth después. Narrado en forma de crónica, el lector sera un espectador privilegiado de lo que la protagonista va viendo y sintiendo, sus dudas, miedos y recuerdos nos permiten observar con detalle cualquiera de los escenarios en que sucede la trama. No hacen falta descripciones farragosas, apenas unas pinceladas nos permiten descubrir lugares y personajes. Estos últimos, con apenas unos pocos detalles y su manera de actuar y hablar serian fácilmente identificables en una rueda de reconocimiento.
Una novela de misterio, pero que nos acerca a aspectos muy representativos de la época victoriana, desde el teatro, el hipnotismo, la teoría del magnetismo animal (mesmerismo) y al método deductivo de investigación que será fundamental en un personaje como Sherlock Holmes.
Además, hay en la novela algo oscuro, una neblina permanente que atrapa, que obliga al lector a seguir leyendo, a buscar respuestas a unas preguntas siquiera construidas. Algo distinto al misterio que envuelve a los personajes y su entorno. El autor crea esa atmósfera que oprime, que parece cortar el aliento, pero que a su vez no te permite apartarte del libro.
José Carlos Somoza no se conformará con construir una novela llena de misterio e intriga, donde el lector tendrá por momentos la sensación de estar siendo manipulado por acontecimientos y personajes, sino que se sumerge en la propia literatura para abordar el mundo del teatro inglés del siglo XIX y la importancia y trascendencia de un escritor, y su personaje, como es Arthur Conan Doyle

jueves, 23 de abril de 2020

DÍA DEL LIBRO 2020


Hoy es el día grande para los amantes de los libros, la fiesta por excelencia para quienes hemos encontrado en la lectura algo más que un simple entretenimiento. El Día del Libro se convierte en esa expresión personal de nuestros gustos y nuestros deseos, la necesidad de compartir nuestro disfrute con otros, de que los demás saboreen, al menos durante unos instantes, la saludable compañía de un libro.
Pero hoy es un Día del Libro atípico, inimaginable apenas un par de meses, en el que nos es imposible salir de casa y compartir la felicidad de ver títulos y autores en nuestras calles, de comprobar que somos muchos los que sentimos la dicha de vivir una vida que no es la nuestra, de sentir la alegría y la tristeza que no me pertenece, de viajar sin equipaje por mundos desconocidos. 
Pero aún así, hoy es un día especial, incluso he escuchado hace unos minutos por la radio que la lectura ha sido uno de los acompañamientos más importantes durante este confinamiento, incluso entre aquellas personas que no se consideran lectores habituales, pero reconocen que han encontrado, de nuevo, en los libros esa vida que ahora les estaba vedada.
Recomendaciones, consejos, frases y felicitaciones corren hoy por nuestras redes de comunicación como nunca lo habían hecho, necesitamos expresar lo que el Libro es y significa, necesitamos seguir leyendo, buscando entre las palabras el significado de aquello que no conocemos, pero que tampoco necesitamos conocer. Queremos leer para seguir sintiéndonos vivos, para descubrir, al menos durante unos momentos, aquellos caminos inciertos, inquietantes, pero que nos seducen y nos hacen más soñadores, mas inquietos, más humanos.
Un Día especial, hoy más que nunca, en el que los libros que nos apetecen, los que añoramos y los que parece están escritos para cada uno de nosotros, se desperezan y quieren que los tengamos entre nuestras manos. Pero también es el Día para recuperar aquellos que nos dijeron algo, releer las historias que vivimos y, sobre todo, echar la vista a nuestro alrededor y descubrir aquellos que se quedaron a medio vivir porque no eran entonces su momento. ¿Y si es ahora?
¡Feliz Día del Libro!

miércoles, 22 de abril de 2020

EL CLUB DE LOS GOURMETS. Junichiro Tanizaki



Junichiro Tanizaki es, desde hace muchos años, un escritor japonés que me tiene subyugado. Aunque reconozco que aún están a la espera de futuras lecturas varias de sus obras, otras se han ido sucediendo con notable satisfacción (ver La Llave en este blog), demostrándome como lector todo lo que atesora uno de los escritores japoneses más importantes del siglo XX. 
Para aquellos que les asuste la narrativa japonesa, la lentitud, la reflexión y el detallado reflejo del comportamiento humano que a veces, al lector occidental, nos  parece ralentiza en exceso la lectura van a encontrar, máxime en El club de los gourmets, en Tanizaki algo muy diferente. Una sátira irreverente, agridulce y, a pesar de los años transcurridos, publicado en 1919, muy actual.
En este cuento Tanizaki deja patente lo delicado de su pluma, la sencillez del inicio, que aunque con notables luces y sombras incita al lector en penetrar en un mundo que rápidamente se torna decadente, hasta que el relato se convierte en un espacio onírico, cercano al realismo mágico y en el que al lector-espectador le costará descubrir, al menos en una lectura rápida, qué es y qué no real.
Acompañado por las soberbias ilustraciones de Yoko Nakajima, el texto nos acerca a la búsqueda del placer a través de la gastronomía, con descripciones sugerentes llenas de metáforas que obligan al lector occidental a entrar en el doble juego de leer con detenimiento y saborear los platos que van apareciendo. 
El club de los gourmets, al contrario de lo que pasa con los cinco excéntricos miembros del mismo, invita a la lectura calma, con amplios descansos cada dos páginas, a saborear cada cambio sustancial de plato. Un relato lleno de aromas, de juegos de luces, de crítica, humor, desgarro e incomprensión, pero también de magia, de placer, de perfección y de irrealidad.



sábado, 18 de abril de 2020

EL ÚLTIMO TAHÚR. Rodrigo Sopeña y Juande Pozuelo



No me considero un experto en cómics y, como ahora se cataloga, novela gráfica, pero no voy a ocultar que su lectura me ha acompañado durante toda la vida, desde los tebeos clásicos de Ibáñez, Jan, Benejam, Escobar, Gago, Moray Ambrós, Vázquez, Karpa, Rojas y un etcétera muy largo, hasta los Roca, Migoya, Santos, Pons actuales; sin olvidar todos aquellos que llenaban con sus trabajos las revistas Totem, Blue Jeans, Creepy, el Víbora o Makoki, entre otras. Y personajes que aún me acompañan en relecturas que llenan los momentos de insomnio: Tintín, Astérix y Obélix, Blueberry, el Corsario de Hierro...
Entre los muchos que pasan por mis manos semanalmente, como libros de cualquier otro género, hay muchos que se ajustan a mis gustos y expectativas, otros desconocidos, pero que me llaman la atención y, algunos más, de cuya existencia me alertan amigos, lectores. editoriales e informaciones de los diferentes medios de comunicación.
El último tahúr me llegó por este último canal, concretamente por una emisora de radio (gracias Carles), y la temática, trayectoria y comentarios sobre él, me hicieron, no solo prestarle atención, sino buscarlo inmediatamente y lograr, cosa que sucedió en apenas dos días, tenerlo en mi poder.
Es cierto que a pesar de ese impulso, frené mis deseos y esperé más de una semana en poner los ojos, y demás sentidos, en el libro, con la tranquilidad y el sosiego de quien quiere saborear desde la primera palabra del guión, hasta la última imagen (esta ya sin letra impresa alguna).
Si giro mi cabeza 180 grados tengo ante mí toda una colección de uno de mis personajes preferidos del mundo del cómic: Blueberry. Siempre he tenido, será por la influencia del cine de mi infancia y adolescencia, una predilección por el Oeste (no muy lejos está la recopilación de las aventuras del Sheriff King). Pero aunque El último tahúr nos lleva al Oeste americano de finales del XIX y principios del XX, poco tiene que ver con la estética y la narrativa de aquellos.
Si algo me llamó la atención de aquella entrevista radiofónica era el personaje que protagonizaba el libro: S. W. Erdnase (por supuesto no es el nombre auténtico del tahúr), quien en 1902 registró en la ciudad de Chicago el manual de referencia para la cartomagia. Manual que detallaba todas las trampas posibles con la baraja. De hecho el subtítulo del cómic reza así: "La fabulosa leyenda del hombre que desveló todos los trucos del mundo".
Con el estupendo guión de Rodrigo Sopeña y las precisas imágenes de Juande Pozuelo el libro es un verdadero cómic de aventuras, con un trabajo editorial sobresaliente, de acorde a una estética que no deja indiferente a nadie que se acerque a sus páginas.  Y es que el notable ritmo de la historia, la limpieza de los dibujos, dotan a la historia de una dinámica perfecta para disfrutar de cada una de sus páginas.
Sin olvidar, claro está, que el perfecto trabajo de los autores se completa con la perfección de los detalles, con la completa documentación que se aprecia, más si cabe, en los contenidos extraordinarios del final.
El lector, además de disfrutar de una buena historia, como he dicho bien contada e ilustrada, podrá disfrutar de una serie de personajes reales que acentúan los avatares de Andrews, el protagonista. Los Dalton, John Wesley Hardin, Harry Houdini o los Keaton, entre otros, asomarán por las páginas de una verdadera novela gráfica.

viernes, 17 de abril de 2020

UN VIEJO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR. Luis Sepúlveda



   Leer las noticias estos días de confinamiento tienen el peligro de sentir el dolor por las cifras que se barajan, por los números que parecen hacernos inmunes ante la pérdida de vidas humanas y la tragedia que eso significa. Y cuando los números dan paso a los nombres no podemos por menos que recordar lo que han significado para nosotros.
Descubrí a Luis Sepúlveda gracias a que mi madre dejó, creo que a propósito, Un viejo que leía novelas de amor sobre mi mesilla, con la sana intención de curarme mi falta de atención hacia los escritores sudamericanos que no se apellidasen García Márquez.
Y no solo lo consiguió, sino que me abrió la puerta a un escritor fantástico, con una fuerza narrativa tan propia como subyugante, tan divertida como sugerente y tan limpia que uno no puede dejar de dar gracias por poder leerlos. Cuando luego descubrí que en algunos institutos era lectura obligatoria, como también lo era en otros Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, recuperé la fe en los profesores de literatura (reconozco que yo los tuve muy buenos).
Si hay algo que admiro de los escritores, de algunos escritores, es que sean capaces de escribir novelas, en el amplio sentido de la palabra, sin tener que estirar y estirar la historia, de contar de manera muy sencilla las cosas; de conseguir con breves pinceladas que los lectores seamos capaces de reconocer los lugares y personajes que hacen la historia.
Luis Sepúlveda ha conseguido eso y mucho más, pues ha logrado también que nos divirtamos con la novela, que tomemos conciencia de muchas cosas y, lo que es más importante, nos posicionemos en qué lugar queremos ocupar.
Así que no he podido por menos hoy que echar mano en la estantería de la vida de Antonio José Bolívar Proaño. He conocido como fue su mujer, Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo, al doctor Rubicundo Loachamín, a los indios shuar (mal llamados jíbaros) y otros vivos y muertos que completan una historia sugerente, verde amazónica, tierna y divertida, muy divertida. La lectura, relectura de Un viejo que leía novelas de amor  es ágil  y un deleite para los sentidos, un verdadero cúmulo de sensaciones que te obligan a leer despacio, saboreando cada frase, admirando la manera en que Luis Sepúlveda es capaz de comunicar, de lograr trasladarte a El Idilio y sus cercanías, su selva, sus ríos, su vida, sus gentes...
Y debo reconocer que la pena se ha trasmutado en placer por vivir de nuevo esta historia, de viajar, sentir la humedad, el calor, la vida.
GRACIAS LUIS.

miércoles, 15 de abril de 2020

EL ÚLTIMO BARCO. Domingo Villar



No sé cuántos meses ha pasado El último barco en mi mesilla -ni en la pila de libros sin leer, ni en la estantería, ni siquiera sobre la mesa de trabajo, en la mesilla-, donde dos o tres libros me acompañan los últimos minutos del día. Meses sin decidirme a empezar a leer, a volver a sentir la compañía de Leo Caldas. A pesar de llevar diez años esperándolo, cierto respeto, o miedo a defraudar a un escritor que me ganó con solo dos libros escritos.
Sí, miedo a leer el libro con unos ojos distintos a los que tenía cuando conocí a Domingo Villar a través de La playa de los ahogados, a que el tiempo transcurrido haya cambiado al lector que hay en mí y no sea capaz de tener las mismas sensaciones de entonces.
Y es que si algo me dejó la lectura de aquella novela, y la posterior Ojos de agua, es que me encantaría compartir mesa y mantel con su protagonista. Disfrutar de una tertulia relajada y serena sentados en el Eligio o en cualquier taberna que se precie. Sí, ya sé que es poco serio y creíble pensar en compartir mesa con un personaje de ficción, pero eso solo lo pueden pensar quienes no son capaces de sumergirse en una historia como la que nos cuenta Domingo Villar (Por supuesto que a él también le hago partícipe del deseo de comer juntos), de acompañar al inspector Caldas por las calles de Vigo y alrededores, por sus playas, tabernas y puertos.
Más de setecientas páginas, se dicen pronto, en las que no sobra nada. Faltan, eso sí, asesinatos, bandas criminales, acción trepidante, intriga internacional. Pero es que no son necesarios. Domingo Villar construye una historia que atrapa, en la que entras como uno más, como un miembro al que se tiene en cuenta en todo momento y que puede mostrar siempre su opinión.
Y es que estamos ante una verdadera novela policíaca en el verdadero sentido de la palabra. Pues son el ya mencionado Caldas y el agente Rafael Estévez -imprescindible y cuya presencia refresca y asienta la historia-, no solo los protagonistas de la novela, sino quienes nos abren la puerta para que entren todos los demás y nos enseñen los espacios en que transcurre.
Leo Caldas recupera ese espíritu investigador clásico que no deja ninguna pista sin atender, por insignificante que parezca, que se equivoca, pero que sigue indagando ante cualquier indicio que se le presenta. Tenaz, astuto, ordenado y sagaz, invita al lector a participar en una investigación en toda regla, atando los cabos y echando mano de todos los compañeros, sean o no policías, que pueden ayudar a resolver la trama. Todos los personajes son importantes, por eso cada uno de ellos tiene su espacio y su atención, sin necesidad de muchos detalles el lector es capaz de percibir, incluso de hacer un retrato robot, de cada uno de ellos.
Una novela cristalina y ordenada, con una estructuración que roza la perfección y en la que los diálogos, inteligentes y acertados, son de lo más importante, hasta tal punto que en ellos se encuentran más detalles que en las propias descripciones. Magnífica y genial.