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martes, 25 de agosto de 2020

LA HORA DE LOS HIPÓCRITAS. Petros Márkaris

 


Si me paro un poco a pensar, no sé que me gusta más de Petros Márkaris: su forma de narrar o la creación de un personaje como Kostas Jaritos. Sin duda alguna ambos van unidos, o lo que es lo mismo, forman parte de una misma premisa que me hace realizar una segunda pregunta: qué me gusta más de Kostas Jaritos, las investigaciones en que se ve envuelto o la crónica de Atenas en particular y de Grecia en general.

Y es que acompañar a Jaritos en cualquiera de sus "aventuras- investigaciones" es realizar un viaje por una de las ciudades más fantásticas y características del Mediterráneo. La capital de Grecia no solo es el centro de sus operaciones, es el latir constante de un pueblo que, por muchas similitudes, a los españoles se nos antoja muy similar al nuestro. Con el comisario hemos sentido, y de qué manera, los avatares sufridos en su país durante la crisis del 2008, las consecuencias que tuvo en todos los escalafones de la sociedad y cómo los griegos, cada uno a su manera, fueron superando los obstáculos que les iban apareciendo en el día a día. De hecho seguir la saga en orden de aparición, sobre todo desde aquel año fatídico, nos ha permitido comprobar la evolución y ha servido para contestar a muchas de las preguntas que la crisis trajo consigo de forma mucho más sencilla que lo han tratado de hacer los economistas. No resulta extraño, en este sentido, que algunos de sus títulos, en especial la llamada trilogía de la crisis: Con el agua al cuello (2011), Liquidación final (2012) y Pan, educación y libertad (2013); sirvieran a muchos profesores de economía para explicar a sus alumnos qué supuso la mencionada crisis de 2008. No hay que olvidar tampoco una posible cuarta parte con Hasta aquí hemos llegado (2015).

Con Kostas Jaritos siempre tenemos dos historias dentro de la misma novela, ambas íntima e inseparablemente unidas, la familiar y la profesional. Con la primera nos hace partícipes de la vida dentro de su casa, con su familia y sus amigos, de manera que somos uno más en todo tipo de reuniones, banquetes (la parte gastronómica que encabeza su mujer Adriani es tan suculenta como cualquiera de sus investigaciones), decisiones y la visión particular que cada uno tiene de la vida. Una familia mediterránea donde todos tienen cabida y, lo que es más importante, voz y voto, pues desde los actos más simples hasta los comentarios más intrincados afectan al desarrollo de los acontecimientos. Por supuesto que la parte profesional, en la que el comisario nos muestra su valía y la de sus hombres y, lo que es más importante, cómo late el corazón de Atenas, pues gracias a sus idas y venidas, a sus paseos a pie y en coche, queda perfilada la geografía urbana y humana de la ciudad.

De nuevo los crímenes serán la manera que el comisario tiene de ver y enfrentarse a la realidad. Una realidad ajena a las estadísticas y los puntos de vista que desde Europa se tiene del país Heleno. Y de la misma forma que nos hace uno más en el núcleo familiar y de amistad, de hecho vemos como Jaritos acaba de ser abuelo, seguimos con él, paso a paso, el desarrollo de la investigación en que se ve inmerso, el asesinato de un empresario hotelero. La acompañaremos en todo momento, desde la visita al lugar del crimen, o mejor de los lugares, hasta los interrogatorios a testigos, las reuniones con sus superiores y colaboradores; de tal manera que en más de una ocasión cometeremos la osadía de querer indicar quién o quienes pueden tener algo que ver con ellos. Y es que Márkaris tiene la capacidad de introducirnos en el juego en todo momento, de no sentirnos una pieza inoperante, al contrario, somos indispensables para que la narración, y con ella los acontecimientos, se sucedan en el orden correcto.

Y todo lo logra de manera sosegada, sin carnaza ni sangre por todos lados. Sí, claro que hay muertos, pero no se dedica a explicar con detalle, salvo lo estrictamente necesario, cómo estos aparecen. Con pocas palabras, en apariencia sencilla y, sobre todo, apoyado en un soberbio dominio de los diálogos (hay que agradecer al traductor, Ersi Marina Samará Spiliotopulu, su sobresaliente trabajo) el autor crea una novela que atrapa desde sus primeras páginas. Llena de humor y con un ritmo ascendente -capaz también de crear momentos de sosiego y calma cuando esta es necesaria-, su lectura se hace casi irrefrenable, de tal manera que el lector tiene la misma prisa que los protagonistas en descubrir al culpable de los crímenes



sábado, 13 de junio de 2020

EL RETORNO. Tahar Ben Jelloun



Una de las cosas buenas que tuvo el confinamiento inicial, el primer mes, para aquellos que amamos la lectura y no sentimos el azote de la enfermedad en nuestras casas, fue el disponer de tiempo suficiente para recuperar aquellos libros que se quedaron congelados en las estanterías. Aquellos libros que han tenido que esperar su momento atrapados entre el flujo constante de las novedades editoriales y la relectura de los clásicos.
Entre esos libros "olvidados", aunque siempre presentes, estaba El retorno de Tahar Ben Jelloun, autor de obras tan impactantes como El libro de arena y La noche sagrada que me acercaron a algunos de los problemas de la sociedad en el mundo árabe. Sus numerosas novelas y el impacto entre los lectores han hecho de él el escritor francófono más traducido del mundo (ganó el Premio Goncourt en 1987 con La noche sagrada).
El retorno es la historia del desarraigo, de quien tras una vida en Francia, en el momento en que le llega la jubilación, añora como nunca el Marruecos que le vio nacer y crecer. Mohamed es un buen musulmán, que cumple las normas básicas del islam (sigue teniendo presentes las palabras de su padre cuando era niño: "Escucha, hijo, puedes saltarte las oraciones. Lo esencial del islam es ser limpio, respetar a tus padres y profesores y no mentir, no robar, ..."), respeta a todos y no hace daño a nadie, en especial a los débiles y los pobres.
Por eso no entiende porqué sus hijos se han alejado de sus costumbres, se declaran franceses y tienen en Marruecos únicamente el espacio en que pasaban sus vacaciones de verano siendo niños.
Con una prosa sencilla y serena Ben Jelloun nos ofrece un relato intimista que nos acerca a la cultura, la religión y la tradición del país del Magreb. Por supuesto que en todo momento hay un tono crítico que posiciona al lector en la disyuntiva de acercarse al protagonista o al autor. Y es que en todo momento existe una doble sensación de realidad, la que uno tienen formada, se acerque o aleje a la del autor, y la que recibe a través de las palabras de Mohamed (a pesar de llevar toda una vida en Francia jamás ha solicitado la nacionalidad francesa y se mantiene como un emigrante marroquí).
El retorno nos habla de emigración, de racismo, de religión y ruptura, pero también lo hace de identidad, de creencias y de fe, de vida, al fin y al cabo. Y lo hace de tal manera que es difícil desprenderse del aroma que despiden sus palabras, de ese tono confidencial con que nos va transmitiendo los pensamientos de Mohamed. A todo ello ayuda, no hay duda, la diferencia de discursos según la persona que los narre: en primera persona a la hora de mostrar los recuerdos y la nostalgia y en tercera cuando la narración se vuelve objetiva.
A lo largo de las páginas se hacen presentes los aspectos más íntimos de la existencia, preguntas sin respuesta y miedos se que se van dibujando con soltura y dinamismo, pero sin olvidar la distancia que separa a la sociedad de Marruecos de la europea (no hay que olvidar que el propio Ben Jelloun, nacido en Fez en 1944, siempre ha dicho que hay dos cosas que no soporta de su país de origen, la falta de serenidad y la corrupción). El autor señala la situación de las mujeres en el mundo árabe marroquí, la importancia de la religión y la tradición y la importancia de la casa y la familia; pero también de aquellos que se aprovechan del Estado, de quienes no encuentran equilibrio entre el pasado y el presente y de quienes reniegan de sus orígenes.
A lo largo de poco más de ciento noventa páginas Ben Jelloun nos muestra el problema del desarraigo, pero también la magia y la poesía de Marruecos.

miércoles, 20 de mayo de 2020

EN TIEMPOS DE CONTAGIO. Paolo Giordano



Hay libros, generalmente de pequeño formato, que cobran una notable importancia tanto por el momento en que aparecen como por quién los escribe. Libros que nos acercan a una situación concreta y con los que sus autores intentan aportar ese granito de arena que es su opinión. Una opinión que nace en un momento generalmente convulso y en el que el autor se decide a tomar partido para que sea su voz la que exprese su pensamiento y el de aquellos con los que se comunica.
En 2010 apareció ¡Indignaos! de Stephane Hessel, el excombatiente de la resistencia francesa, ex-diplomático y uno de los redactores de la Declaración de los Derechos Humanos exhortaba a los jóvenes a indignarse en contra del poder financiero que estaba deshumanizando el mundo y llevándolo a unos extremos intolerables. Siete años después fue el escritor barcelonés Eduardo Mendoza quien publicó Que está pasando en Cataluña, con la necesidad de mostrar su versión de los acontecimientos de 2017 que enfrentaron al gobierno de la comunidad autónoma de Cataluña y el Estado, la visión de quien estaba en medio de la disputa y señalaba aspectos que desde fuera apenas atisbábamos.
Paolo Giordano, que sorprendió a lectores y crítica en 2008 con La soledad de los números primos, ofrece ahora su particular punto de vista de los acontecimientos de estos últimos meses: "La epidemia de Covid-19 va camino de convertirse en la emergencia sanitaria más importante de nuestra época". Así comienza un relato que comienza a finales de febrero y, paso a paso nos enfrenta a nuestra propia experiencia, a nuestros miedos y pensamientos, a mostrarnos como lo que comenzó como un virus, de la noche a la mañana se convirtió en pandemia.
Experiencia, física, matemáticas y cultura se dan la mano para explicar sensaciones, imágenes y vivencias de lo sucedido en Italia, pero que a medida que pasan las páginas se traslada a la experiencia del lector.
Dudas, y preguntas (al principio sin respuesta) se van sucediendo casi a tiempo real y prácticamente todo se hace tan reconocible como nuestras propias vivencias. La última comida con amigos, las salidas, las lejanas noticias de China y luego, con demasiada velocidad el avance de los acontecimientos en Europa, Italia. Imágenes y pensamientos reconocibles: "No tengo miedo de caer enfermo ¿y de qué tengo miedo? De todo lo que el contagio puede cambiar."
Y es que el libro, de poco más de setenta páginas se convierte en una repetición de sentencias, pensamientos y frases que recogen el estado general de todos aquellos que hemos padecido la situación en nuestras casas, del encierro y aislamiento a que nos hemos visto sometidos casi sin percatarnos de nada.
Números e imágenes que hasta hacía poco eran lejanos, se convirtieron en algo cercano, cotidiano y doloroso y que Giordano señala en veintisiete pequeños textos que nos refrescan lo sucedido como una advertencia a tener en cuenta.
De todas las palabras y frases que el autor desgrana en el libro, incita e invita a la reflexión individual y comunitaria para que todo lo pasado sirva para algo, me tengo que quedar con una que aún, después de varios días después de la lectura del libro, se repite en mi cabeza y que, como muchas otras, no sé por qué dejé señaladas en el texto: "En tiempos de contagio, la ciencia nos ha defraudado: buscábamos certezas y solo hemos encontrado opiniones."

viernes, 15 de mayo de 2020

MIS ÚLTIMOS 10 MINUTOS Y 38 SEGUNDOS EN ESTE EXTRAÑO MUNDO. Elif Shafak



No soy un experto en literatura turca, pero el atractivo que tiene la ciudad de Estambul, hace que esté atento a novedades que tengan que ver con el país otomano. Cada día son más los autores y títulos que nos acercan a la Turquía actual, tanto en ficción como en narrativa. Y muchos son también los autores cuyas raíces les permiten conocer a la perfección la cultura, la sociedad y la religión turca, pero con la distancia suficiente como para poder ahondar en los problemas particulares que poseen.
Sí, Elif Shafak es francesa con padres de origen turco, pero no será la primera vez, y me aventuro que tampoco la última,  que la ciudad del Bósforo sea el escenario de una de sus novelas. De hecho su narrativa muestra una crítica a la sociedad turca que ya le ha llevado incluso a los tribunales "por insultar al pueblo turco", tal y como sucedió con La bastarda de Estambul en la que reconocía el genocidio armenio, contradiciendo la versión oficial del gobierno turco que sigue negándolo.
En esta ocasión, jugando con el tiempo en que el cerebro se mantiene activo tras la muerte del cuerpo (así, al menos, se nos explica en el libro), Elif Shafak da voz a los sin voz. Serán la protagonista y sus cinco amigos quienes representen a los seres que han sido abandonados por sus familias y la sociedad por ser distintos, por encontrarse al margen de ellos. Halan, mujer transexual; Humeyra, fugitiva; Jamila, emigrante ilegal somalí; Zaynab, con enanismo; y Sinan, con una doble vida difícil de justificar. Y, por supuesto Tequila Leila, la principal protagonista, una prostituta de Estambul y cuyo cadáver yace en la basura.
Serán los últimos instantes de su vida, o mejor dicho de su conciencia, en los que quedará reflejada su vida. Recuerdos llenos de lirismo, sensoriales, en los que se puede sentir lo más exótico de un país a caballo entre Asia y Europa. Tradiciones, supersticiones, religión y gastronomía llevan al lector a un extraño universo en el que se mezclan, de manera sobresaliente, esos recuerdos y la realidad de una mente que va apagándose a ritmo de reloj.
Elif Shafak nos transmite el relato personal, íntimo, de Leila, dibujando una síntesis de su vida, de su visión de esta y de todo lo que componía su memoria.
Si en esa primera parte será la familia el eje alrededor del cual gira la narración, será la amistad, los cinco amigos antes mencionados, la que centre el relato. Un relato que se convertirá en el latir interno de la ciudad, de Estambul, pero también de una sociedad y de los individuos que la componen. Será esa individualidad, la que identifica a unas personas "distintas", la que trasladará la importancia que para ellas tiene la amistad.
Posee un ritmo firme, seguro y con el atrevimiento necesario para reflejar no solo los acontecimientos de la historia narrada, sino para hacerlo de una manera especial, para que el lector se posicione y sienta el valor de quienes defienden la amistad con honestidad.

miércoles, 29 de abril de 2020

LOS COMBATIENTES. Cristina Morales



Descubrí a Cristina Morales gracias a muchos lectores que me recomendaban con insistencia su Lectura fácil. Bien por el aval del Premio Herralde, por las buenas sensaciones que el libro despertaba, o por la atracción que este provocó entre los lectores, no tardó en sobresalir entre los miles de volúmenes con que nos azotan a los libreros primero, y a los amantes de los libros después. Muchas fueron las voces que encumbraron a su autora como el símbolo de una generación, o al menos como la defensa de unos ideales concretos, pero muchas más, curtidas en mil lecturas, encontraron, por fin, una narradora distinta, radical y valiente.
Su libro encontró un espacio, o dos, o tres, en las librerías, hasta tal punto que se convirtió en esa alegría que muy de vez en cuando encontramos los libreros. Por si fuera poco, el reconocimiento de lectores y libreros se amplió con el Premio de la Crítica del años siguiente.
Así que cuando Anagrama recupera su primera novela muchos buscamos si no el origen, sí el pasado de una escritora diferente. Publicada en 2013 y ganadora del Premio Injuve 2012, Los combatientes es un libro que rompe al lector, incendiario, que revuelve y remueve, que provoca pasiones y recuerdos, momentos y movimientos. Un libro diferente, fresco e inteligente, con una narrativa tan original como peligrosa para muchas conciencias, activa y crítica.
Cristina Morales construye una novela llena de trampas, que incita a echar la vista atrás repetidamente, tanto en la lectura del libro como en el pasado del lector, para recuperar espacios, imágenes y frases con un ideario significativo para quien las recibe.
Con un notable dominio del lenguaje la autora logra que el lector dude continuamente tanto de las palabras escritas, como de las imaginadas. La forma de construir la narración acrecienta, aún más si cabe, esa posible confusión, pues no se sabe si tenemos entre manos un libro de ficción, un ensayo o, incluso, la representación de una obra de teatro.
La actitud crítica ante la política, la precariedad laboral, la economía, la violencia machista, la incoherencia de la izquierda, entre otros, que refleja el libro no es solo "postureo", sino que se posiciona en todo momento, implorando al compromiso, el inconformismo y la rebeldía, el placer de conocimiento... El libro como crítica, pero también como provocación y definición de una manera propia de enfrentarse a lo que señala como injusticia.

martes, 28 de abril de 2015

CAMPO ROJO. Ángel Gracia



No sé si Ángel Gracia ha tratado de desmontar la infancia como esa "patria feliz" a la que solemos acudir para dibujar con múltiples tonos nuestro recuerdo, pero lo que sí tengo claro es que ha sabido crear un retrato real, duro y cruel de los años de la pre-adolescencia.
Una novela impactante, que desde el inicio deja bien claro que no estamos ante una narrativa al uso, con una atmósfera opresiva que, inexplicablemente, nos atrapa, que nos atrae con una fuerza desconocida. Un viaje a la infancia y sus demonios, esos momentos oscuros de los que pocos, por mucho que nos neguemos, se pueden escapar. 
Sí, claro que nos sitúa en un escenario concreto, en una ciudad concreta, la Zaragoza de los años 80 del siglo pasado, pero de inmediato parece dar un giro de ciento ochenta grados y mostrarnos un espacio diferente, un espacio conocido, con rostros y voces que se han mantenido presentes en nuestra memoria. Somos nosotros, y aquellos que crecieron con nosotros, los que protagonizan cada una de las escenas narradas por el autor. Ponemos cara a cada uno de los personajes, incluso llega un momento en que adecuamos el mote al que se mantiene impreso en nuestra mente.
Pero, sin duda alguna, lo peor de todo es la dificultad de situarnos nosotros en la acción, de acertar en nuestro  verdadero papel en la novela. Sí, claro que en un inicio nos posicionamos en el lugar del narrador, pero al poco descubrimos como nos metamorfoseamos en cada uno de los demás, sus actitudes, sus palabras y sus silencios nos delatan. Somos, al fin y al cabo, todos en uno, bien porque en su momentos pasamos por todos los papeles, o bien porque nos creamos entonces esa coraza que logró que aventurásemos haber sido cada uno de ellos.
Según el autor la novela no es solo fruto de su memoria -nunca hay que olvidar que estamos ante un elemento de ficción narrativa-, sino de la memoria de todos aquellos que le rodean. Y son todos aquellos los que conforman un universo propio en el que se van apareciendo nuestros fantasmas, seguro que cada lector interpreta cada situación de forma distinta, aunque en todo momento somos conscientes de cuando se quiebra la justicia, cuando los abusos, los atropellos colocan a cada uno en su sitio. Y, por mucho que podamos negarlo, nuestro deseo de estar en un lado u otro de la línea está siempre claro, máxime cuando nuestra integridad está en juego.
 Más que el relato de la infancia, el reflejo de unas vivencias más o menos verídicas, Ángel Gracia logra crear una novela con notables tintes políticos y sociales, donde no solo prima la propia supervivencia, sino la lucha por el poder y donde ubicarse para que este no haga daño.
Una novela sin descanso, incluso las breves alusiones campestres, que parecen idealizar el espacio del mundo rural ajeno al urbano, esconden los miedos que azotan al niño, y por ende al ser humano, incluso cuando no se están sufriendo.
Una novela despiadada, donde la desolación se adueña incluso de los momentos de descanso, un mundo hostil que impide exista un espacio mental en el que refugiarse. Pero también una novela que usa el lenguaje en su justa medida, que señala espacios y sensaciones, que transforma a la perfección la propia experiencia y existencia del lector.

Otras obras del autor:
Valhondo (2003); Libro de los ibores (2005); Destino y trazo: en bici por Aragón (2009) y Arar (2010). 

lunes, 29 de septiembre de 2014

TREBLINKA. Chil Rajchman



Cuando alguien pidió al escritor J.A. González Sainz una recomendación literaria, este expresó la necesidad de leer de vez en cuando algo sobre la Segunda Guerra Mundial y el nazismo, para no perder nunca la perspectiva, y evitar que la comodidad y el paso del tiempo nos hiciese olvidar los terribles acontecimientos que sucedieron en Europa.  
Es curioso que cuando señalaba estas palabras no me había recuperado de los primeros ocho primeros capítulos de un libro espeluznante, duro de principio a fin, que me arrollado la noche anterior. Un libro  que había logrado despertar la mente y el corazón, dormidos ambos por tanta información que, en muchas ocasiones, lo único que consiguen es anestesiar y crear una coraza para que no nos afecten  imágenes, acontecimientos o noticias. 
No, Treblinka  de Chil Rajchman no es un libro bien escrito, incluso es más que probable que esté mal escrito (esta edición de Seix Barral es la traducción de Jorge Salvetti del yidish original) y que para muchos puristas sirva para desviar la atención de lo verdaderamente importante, las memorias de Chil Rajchman, uno de los pocos supervivientes del campo de concentración polaco.
Con poco más de ciento cincuenta páginas y dividido en 19 capítulos el autor logra trasladarnos al mismo infierno, a un lugar donde parecen difuminarse todas nuestras creencias, donde el tiempo parece detenerse para mostrar el horror que es capaz de crear el ser humano. Unas páginas que destilan pánico, que arañan nuestra conciencia para que sintamos el dolor, el sinsentido de una acciones inexplicables. Sin apenas pestañear pasaremos del asombro más absoluto al sobrecogimiento más espeluznante, notando como afloran a todo nuestro ser cientos de sentimientos que creíamos desparecidos.
El horror que describe Rajchman, con las primeras palabras que le vienen a la cabeza, los días, horas, minutos y segundos del campo de concentración, nos dejan sin respiración, sintiendo como las fosas nasales se despejan y las lágrimas tratan de aflorar de unos ojos atónitos ante lo que están descubriendo. Duele, la lectura de Treblinka duele, de tal manera que parecen producirse en nuestro interior punzadas que seguro nos van a dejar secuelas. Sin embargo no hay deseo de dejar el libro, sí de apartar, al menos brevemente, la mirada de sus páginas, de percatarnos de que nuestro mundo no tienen nada que ver con el que se relata, pero queremos seguir leyendo, atrapados por la muerte, el olor, los gritos de quienes descubren la realidad en que se encuentran sumidos.
No hay página de descanso, son tantas y tan grandes las atrocidades que narra el protagonista que uno tiene que hacer un verdadero esfuerzo para evitar que el velo de la ficción empañe la lectura primero, y que el odio hacia los opresores, los guardianes y vigilantes  nos atrape después.
Rajchman nos muestra, con todo detalle posible, la muerte y el exterminio a que fue sometido el pueblo judío, pero también otros aspectos a los que la historia apenas ha dedicado espacio, la perdida de identidad, de personalidad, el intento de borrar el alma y la memoria de un pueblo. Pero va más allá y nos muestra la codicia, la economía sumergida que quedaba oculta tras los atroces acontecimientos.
La naturalidad de la narración, el realismo de unas imágenes tan impactantes se complementan con un epílogo de Vasili Grossman que aunque pueda caer en la exageración por su importante compromiso con la Revolución Soviética, no deja de tener el valor de autentificar las palabras de Rajchman y mostrar la realidad que encontraron las tropas soviéticas al tomar el campo de Treblinka.
Un libro imprescindible e irrepetible que no dejará a nadie indiferente y que arrastrará a otras lecturas dormidas en estanterías cercanas y que algunos supervivientes nos han legado como memoria de aquellos que sucumbieron ante el odio y la sinrazón humana.

martes, 24 de junio de 2014

LA PASIÓN DE ENRIQUE LYNCH. NECROFUCKER. Richard Parra



Todavía me sigo preguntando qué es lo que me llamó la atención del libro para atreverme a leerlo. Puede que influyese más la sencillez de la portada, la total ausencia de señales que indicasen que podía encontrar en sus páginas. Ni siquiera los nombres que conforman los títulos y el autor, indicaban algo que me resultase atrayente. Salvo, claro está, el sello editorial de Demipage, creciendo la incógnita de comprobar el porqué de su elección.
Pero en el momento que comienzo a leer la primera página descubro que la historia me atrapa, queriendo saber más, conocer hasta donde son capaces de llegar sus protagonistas, cómo se van a enfrentar ante los vaivenes políticos, económicos y sociales del Perú del siglo XIX. 
Esta pequeña novela, La pasión de Enrique Lynch, crece en intensidad a medida que se suman los párrafos, esos pequeños capítulos que permiten dar voz a los diferentes personajes que se suman para dibujar, cada vez con mayor y mejor destreza, tanto las acciones como los escenarios que se van recorriendo. ¡Y qué voces las que se van sumando! ¡Qué aportación de un lenguaje al que somos demasiado ajenos los lectores peninsulares! ¡Cómo me suenan expresiones a las escuchadas de niño a los más ancianos!
La novela recupera los espacios y las formas de aquellas novelas de frontera que tanto caracterizaron a las novelas del oeste, cuesta desprenderse de esa aureola norteamericana a la que contribuye el protagonista que da título al texto, pero aún así el lenguaje, los escenarios y ciertos personajes nos asientan en ese Perú lleno de violencia y oportunidades.
Richard Parra construye con habilidad  una parte de la historia con pequeños retazos que se van cosiendo y entrelezando con una facilidad tan magistral que puede que oculte el trabajo del escritor, esas puntadas continuas que impiden que quede cabo suelto y la historia pueda escaparse o despistarse. Hasta tal punto que el lector tiene la necesidad, una vez acabado el relato, de continuar sabiendo qué sucede con ese país, con esa región de la que ha formado parte a través de 72 páginas.
Y es que son muchos los estados de ánimo que se suman a la vez que lo hacen las páginas, desde la indignación y el rechazo, hasta la admiración y el asombro, pasando por un baremo de tonalidades sorprendente dadas las pocas páginas en que se desarrolla la historia.
Pero de inmediato todo se rompe como por arte de magia. Irrumpe Necrofucker con una dureza tal que parece cortar la respiración, con unos giros belicosos, rápidos, como pinceladas que parecen ocultar las siluetas de sus protagonistas. Giros llenos de belleza que evolucionan a medida que se van produciendo, asimilando de inmediato las calles oscuras, violentas y descarnadas de los años ochenta del siglo pasado.
Y de repente te encuentras conversando con sus protagonistas, con esos personajes al filo de la navaja que hacen de su propia supervivencia un juego salvaje al que te involucras sin hacer preguntas.
Claro que hay momentos en que el lenguaje parece construir muros, frases enteras que hay que leer de nuevo para entender, o tratar de entender, su verdadero significado. Se produce un necesario aprendizaje de términos, expresiones y juegos verbales del que quedas prendido apenas han pasado cinco páginas, no se hace necesario acudir a diccionario alguno, serán los propios personajes quienes vayan aclarando las dudas, quienes te presenten sus mundo y su esperanza. 
De inmediato descubres que has dejado a un lado la primera historia, es como si se hubiese producido hace una eternidad, y te centras en los gestos, los rostros, los garitos y las calles por la que deambulan los jóvenes protagonistas. Y empiezas a atesorar su experiencia, ese crecimiento que se va produciendo entre la agonía y la violencia, entre la oscuridad y la sensación de querer gritar a través de sus gargantas.
Una novela resquebrajada desde el inicio, pero que se va reconstruyendo a través de una profundidad, de un juego, a veces demasiado violento, del que no puedes, ni quieres, escapar. Parra recoge de aquí y allá, sin dar demasiada importancia a nada, lo justo para que contestemos a las preguntas que se van produciendo en el presente, señalando el pasado y sin dejar de mirar al futuro.
Cierras el libro y quieres saber más de su autor, del que desconozco todo, rebuscar en su pasado literario para que nada se quede en el limbo de las letras.

jueves, 8 de mayo de 2014

EL CANTO DEL CUCO. Abel Hernández



Quizá lo más llamativo que tienen los libros de Abel Hernández sobre las Tierras Altas de Soria es que despiertan una pasión diferente según quien sea el lector, cada uno se decanta por un título diferente. Historias de la Alcarama, El caballo de cartón (Premio de la Crítica de Castilla y León) y Leyendas de la Alcarama completan ese amplio mosaico en el que la prosa de Abel Hernández desentraña el pasado y el presente de un lugar real que gracias a su pluma dibuja tintes casi míticos.
Antes de nada señalar que El canto del cuco es una lectura atípica, máxime cuando se compara con sus anteriores trabajos, en la que la frescura oculta la precisión de un trabajo mejor estructurado.Ser fruto del blog que da título al libro y en el que Abel despliega con maestría su oficio de periodista, el formidable manejo del lenguaje y su memoria para trasladarnos de nuevo al Sarnago de su infancia, tiene sus ventajas e inconvenientes.
Pos supuesto que no presenta una historia continuada y que al formar parte de las aportaciones semanales del blog, donde no olvidemos existe ese espacio entre texto y texto, existen reiteraciones que se hacen más destacadas al leerlas todas juntas. Pero Abel Hernández mantiene esas imágenes que su memoria atesora, imágenes que nos trasladan de inmediato a un universo desparecido, a unos escenarios que nada tienen que ver con la actualidad. Además, es este cuarto título, encontramos con que el autor contrapone presente y pasado, idealizando la "patria" perdida y logrando hacerla universal. Logra mostrar el espacio local de Sarnago, de Tierras Altas, para universalizarlo y acercar a los lectores a un paisaje y sus habitantes de manera que todos lo sentamos como propio.
Abel Hernández aporta, además, un vocabulario propio del espacio en que transitan sus palabras, un vocabulario a punto de extinguirse ya que muchas de sus palabras han perdido vigencia y sentido en nuestro siglo XXI. Es de agradecer el Glosario que aparece al final del libro, espero que no le suceda como a mi que lo descubrí casi al finalizar la lectura y tras hacer uso del diccionario un buen número de veces.
La memoria de la infancia, la ensoñación de unas imágenes sumamente evocadoras quedan impresas en la mente del lector hasta ser capaz de describir, con palabras distintas a las usadas por Abel, las calles, las casas y muchos de sus habitantes.
Hay nostalgia y posicionamiento, es una lástima que en el libro no aparezcan muchos de los diálogos que provoca el blog, pero es de imaginar los pros y contras de quienes acuden a su cita semanal. Nosotros nos conformamos con volver a Sarnago de nuevo a este año de 56 "días" y dejarnos llevar por la prosa cercana, sencilla y transparente de Abel Hernández.

jueves, 26 de septiembre de 2013

HA VUELTO. Timur Vermes



Lo primero que cabe resaltar del libro es, como se puede comprobar a simple vista, la portada. Una portada tan sencilla como sugerente, que deja bien claro quien es, o al menos quien puede ser, el protagonista de la novela.
En segundo lugar el precio: 19,33 Euros. El juego de señalar el año de acceso al poder de Aldolf Hitler: 1933. 
Y en tercero la explicación que se ofrece en la contraportada del libro. Sí, es cierto que no suelo guiarme por ninguna de estas características, aunque quizá la del precio es la más chocante, y suelo apartar, o al menos dejar para más adelante, aquellas que tratan de lanzarme señales claramente comerciales.
Pero el caso es que piqué, la sinopsis me parecía lo suficientemente interesante como para leer de inmediato una novela, que quede bien claro, que nos muestra al Führer en el Berlin actual, más en concreto en el de 2011.
Antes de nada dejar dos cosas claras: ha sido una lectura notable, llena de ingenio y con una narración sobresaliente, pero no considero que tenga tanto humor como se ha pretendido vender. Sí, es pura ironía y una sátira que merece una señalización aparte, incluso hay escenas de gran comicidad y en la que el escritor ha logrado construir imágenes fácilmente reconocibles, pero no es una novela de humor al uso.
Digo esto porque estamos ante una lectura provocadora -tanto por el personaje principal, que por cierto ejerce de narrador, lo que hace que la novela se engrandezca aún más, como por las situaciones que se van generando-, antes que una novela de humor. Hay situaciones llenas de comicidad, pero abundan más los juegos satíricos que invitan a la crítica y a la reflexión.
Vermes es, al menos lo demuestra en este libro, un gran narrador, que logra que la acción no decaiga a pesar de que no ocurren acontecimientos destacables; que construye unos diálogos en los que quedan reflejadas las distintas personalidades a la perfección; que dota a la figura de Hitler de una frescura, una naturalidad que no solo lo hacen creíble, sino que demuestra el carisma que consiguió arrastrar masas.
La novela no tiene desperdicio ni como lección de historia, para los no iniciados hace un repaso completo a la jerarquía del III Reich y muchos de los acontecimientos más notables, ni como entretenimiento. Incluso se puede pensar en que estamos ante una base perfecta para realizar una película, siempre que el papel protagonista no se lo den a un actor histriónico y exagerado en sus formas.
Y respecto a la ironía que antes mencionaba, que en muchas ocasiones se pueda confundir con humor, el autor crea una atmósfera desde el inicio de la novela que antes de despejarse se afianza y hace más densa a medida que pasan las páginas. Una atmósfera en la que todos los aspectos de la sociedad quedan reflejados, incluso aquellos que nada tenemos que ver con Alemania podemos sentirnos en alguna ocasión identificados. La política, la sociedad, el pensamiento y los medios de comunicación serán los puntales en los que se apoyará Adolf Hitler para reconstruirse setenta años después.
Por no hablar de lo ingenioso del desarrollo, la profundidad de muchas de las apreciaciones y la gran documentación manejada por el autor para que todo sea aún más creíble. Inapreciables las notas que nos acercan a los personajes, estamentos y términos a los que los no alemanes estamos poco acostumbrados.

jueves, 11 de julio de 2013

REVOLUCIÓN EN EL JARDÍN. Jorge Ibargüengoitia



Descubrí a Jorge Ibargüengoitia gracias a esta edición de Reino de Redonda, editorial osada, como su editor, que ha logrado que, casi desde sus inicios, cualquiera de su títulos se me antojasen verdaderas joyas incluso antes de abrirlos.
No sé si fue lo complejo de su apellido, al menos en un rápido intento de pronunciarlo, o esa especial atracción que los amantes de los libros tenemos ante las verdaderas maravillas. Y digo esto porque supuso un verdadero descubrimiento, una manera de narrar sorprendente y clarificadora, totalmente distinta  a lo conocido.
Ibargüengoitia logra hacer de la crónica una obra literaria con mayúsculas gracias a un tono desenfadado, irónico, que logra desde la primera línea hacer cómplice al lector y demostrar que los acontecimientos más comunes y banales tienen una destacada trascendencia bajo la pluma adecuada.
A través de cada uno de sus textos, y aquí se ofrece una antología que así lo demuestra, lo cotidiano no solo se convierte en noticia, sino que logra que el lector se interese por ella, incluso que disfrute y preste toda la atención.
La lucidez de la escritura del autor mexicano sigue hoy más que nunca vigente, clara y limpia, y con ese humor incitante se ve como la pizarra donde el maestro marca las pautas que debe seguir quien trata de aprender, o al menos de mejorar de una manera correcta.
Gracias a su escritura rápida y despejada de artificios y descripciones tediosas, logra que sus crónicas, siempre en primera persona, adquieran categoría de género propio, una especie de unión entre el relato y el texto periodístico, dotando a este último de un valor literario al que, por desgracia, es cada vez más difícil acceder.

martes, 2 de julio de 2013

LA MUJER A 1000º. Hallgrímur Helgason



Debo reconocerlo, desde el instante en que observé la portada del libro me sentí intrigado, había algo que me decía que podía estar ante una buena lectura.
Y claro, un libro que empieza con: "Vivo sola en un garaje, y solo tengo a mano un ordenador portátil y una vieja granada. Es comodísimo", a la fuerza te tiene que obligar a seguir leyendo para comprobar si el resto de las 638 páginas están a la altura de esas tres primeras frases.
Y resulta que sí, que Herra, a sus ochenta años, no solo tiene muchas cosas que contarme y enseñarme, sino que se convierte de inmediato en ese compañero, compañera en este caso, que va trasladando a las páginas del libro inquietudes, recuerdos y  momentos tremendamente sugestivos.
Porque Herra no se contenta con contarnos su vida, y con ella la propia historia del siglo XX, sino que se posiciona desde el primer momento en un buen número de temas trascendentales a los que no siempre prestamos demasiada atención.
Pero, sin duda alguna, lo más interesante y atractivo es que lo hace desde la ironía, desde ese sarcasmo que solo está permitido a quienes han vivido mucho y con notable intensidad. Herra no solo nos acerca a la Europa de preguerra, sino que nos va contando, por medio de unos capítulos cortos que hace más amena la lectura, todos los acontecimientos más destacados. Y siempre muestra su opinión, aparte de narrar los hechos e invitarte a ti como lector a que seas tú quien los interprete, así que sabemos su opinión sobre la política, el sexo, los hombres, la crisis (o nuestra insistencia en tenerla siempre presente).
Una narración inteligente que incita al lector en todo momento, con la clara intención de ocuparse con detalle en aquello que le interesa y dedicar a otras cuestiones o acontecimientos apenas unas líneas.
El caso es que a Herra se le coge cariño desde el principio, y según deja claro el autor en las cuatro primeras páginas, está basada en una señora que existió realmente, convirtiéndose en esa abuela "heavy" que en algún momento de nuestra vida nos cruzamos y cuya imagen se queda adherida en nuestra mente por su enfrentamiento con lo establecido.
Una novela que nos acerca a la historia, la política, la economía y la sociedad europea (aunque otros continentes también estén presentes) de buena parte del siglo XX. Y lo hace con sencillez, con humor y con ese punto de mala leche que hace que su lectura sea aún más placentera.