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lunes, 22 de junio de 2015

SUMISIÓN. Michel Houellebecq



Cuando tienes muchas ganas de leer un libro tienes que tener la prudencia suficiente de calmar las ansias y leer con la suficiente tranquilidad para que la historia no se te atragante en las primeras páginas.
No voy a negar que durante las primeras cuarenta páginas cuesta mucho desprenderse del aura del propio autor, como si fuese él quien en primera persona suplantase a François, el protagonista. Pero también que en todo momento va creciendo el interés por lo que está a punto de suceder, por conocer, con todo lujo de detalles lo que está sucediendo en Francia.
Claro que es política ficción, mas llega un momento en que parece se olvida y entras en contacto con una fuente privilegiada, con alguien que te está contando los acontecimientos de primera mano, sin intermediarios. Y sucumbes, por supuesto que sucumbes, aunque hay más de un momento que te dan ganas de dar un empujón al protagonista, de que se decida y se lance hacia el destino para el que está señalado.
El autor no se conforma con crear una historia creíble, atrayente y seductora, crea además a unos personajes impactantes que parecen ir más allá de lo que narra el libro. Incluso existe la sensación de conocerlos más profundamente que los acontecimientos que protagonizan, llegando a imaginarlos en un futuro que va más allá de la página 281. François, Ben Abbes y Rediger forman un triángulo magnífico lleno de sorpresas llegando a potenciar la interacción con el lector. 
Aunque sin duda alguna el mayor logro de Houellebecq es convencer a este, al lector, de que la narración está mucho más cerca de la realidad que de la ficción. Sucede todo de forma tan natural, sin atisbo de artificios, que parece perderse la noción de realidad mientras se tiene el libro entre manos. Y, lo que es aún mejor, una vez abandonado este se crean múltiples reflexiones a medida que noticias de una u otra índole muestran cierta sintonía con muchos de los acontecimientos que leemos en Sumisión.
Una novela que nos presenta al mejor Houellebecq, tan natural que a veces llega a confundir, incitándonos a confundir la narración y su personaje con el autor. Con esa fina ironía que el caracteriza y con un humor tan inteligente como peculiar el autor francés trata en todo momento de alertar no tanto de una futura islamización de Europa como del colapso que está padeciendo la cultura del viejo continente.


domingo, 21 de abril de 2013

EL ALMA DEL MUNDO. Frédéric Lenoir



Hay lecturas que representan un antes y un después, lecturas significativas que dejan huella y que te suelen acompañar siempre. Una de esas lecturas es, sin duda, El Alquimista de Paulo Coelho, una lectura que no pierde vigencia con el paso de los años, y que sirve de punto de referencia para muchas otras lecturas que parecen acercarse de una u otra manera. Por desgracia muchas de ellas se difuminan con el paso del tiempo, lo que significa, no hay duda, que no están a la misma altura que la mencionada.
Con El alma del mundo se corre ese peligro, el de intentar catalogarla buscando ese exigente punto de partida. Pero lo que nadie puede negar es que Lenoir es un experto en filosofía e historia de las religiones y un gran comunicador. 
Fruto de esos conocimientos y con una amplia trayectoria como narrador ha creado una novela que trata de convertirse en un compendio de la sabiduría humana. Y lo hace de la mejor manera posible, de manera sencilla, sin mayor pretensión que la de crear una historia que se asemeja mucho a la manera de narrar de los cuentos.
Eso es, junto con los temas que toca, lo que más destaca del libro, la facilidad de leerse, de parecer que tenemos ante nuestras manos un cuento en el que todo pasa con naturalidad y descrito de una manera ágil y cómoda.
Y no es porque los temas que sirven de pilares para la narración sean simples, todo lo contrario, los siete sabios (o mejor ocho) reunidos  en un monasterio se enfrentarán a las siete claves fundamentales de la sabiduría humana: el sentido de la vida, el cuerpo y el alma, la verdadera libertad, el amor, las cualidades que debemos cultivar y los venenos que debemos desechar, el arte de vivir y la aceptación de lo que se es. Cada una de esas siete claves dará titulo a un capítulo en el que se unificarán criterios que aunarán a sabios y religiones.
Sí, hay quien dirá que todo son estereotipos, que no aporta nada nuevo. Y puede que tenga razón, que Lenoir no aporte su propia "filosofía", pero es que el libro no trata nada más que de mostrar un camino simple, cercano y esperanzador (siempre desde un punto de vista espiritual) para vivir hoy en día.
Puede que este "cuento iniciático" no tenga la vigencia necesaria como para catalogarlo todavía, pero lo que está claro es que su lectura aportará unos momentos de paz, de reflexión y, porqué no, de entretenimiento. Una historia simple, sencilla, que abre la puerta a otras muchas historias y que deja un muy buen sabor de boca al cerrar sus páginas.