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martes, 11 de agosto de 2020

EL KOALA ASESINO. RELATOS HUMORÍSTICOS DE LA AUSTRALIA PROFUNDA. Kenneth Cook




Cada vez que encuentro un libro con pretensiones de humorístico no puedo por menos que echarle un vistazo y comprobar si dichas pretensiones se corresponden con la realidad. Con demasiada frecuencia descubro que no sé qué entienden por humor los editores para atreverse a usar esa palabra en alguna de las partes visibles del libro. Incluso en más de una ocasión la palabra "delirante" debería haber sido cambiada por "insufrible" o "deprimente", pero está claro que no todos sentimos los libros y su lectura de la misma forma.
No voy a negar que Australia queda para mi muy lejos, y salvo algún documental, un par de películas (algunas vistas en la juventud y que ahora no aguanto ni cinco minutos) y referencias de algunos de mis paisanos que buscaron en las antípodas el lugar donde crear una nueva vida, apenas tengo más referencias que los tópicos que he ido creando a su alrededor. Sí, Marcus Zusak, el autor de La ladrona de libros, es australiano, pero la historia sucede en nuestro continente; lo mismo que buena parte de las novelas de Colllen McCullough, en especial la saga Señores de Roma. Aunque de la escritora australiana es fácil recordar, al menos por su versión televisiva, la obra El pájaro canta hasta morir (El pájaro espino), que sí se sitúa en tierras australianas.
Por supuesto que el título El koala asesino ya de por sí despierta cierta curiosidad, o al menos así me lo pareció a mí. Aunque el subtítulo de relatos humorísticos de la Australia profunda me hacían desconfiar. Comencé la lectura con más reparos de lo acostumbrado, aunque la imagen de portada, del koala con cara de pocos amigos y la singularidad de todo lo que representaba me obligaba a imaginar, cuanto menos, una lectura diferente.
Lo primero que hay que tener en cuenta es quién es, o mejor dicho, quién era Kenneth Cook. Un periodista y presentador de televisión, escritor y guionista, pero, por encima de todo un aventurero que recorrió Australia de cabo a rabo. Fruto de esos viajes, de la búsqueda de nuevos retos y espacios desconocidos son los quince relatos que conforman este libro. Un libro cuyo nexo común es el encuentro con los más variopintos animales, muchos de ellos exclusivos del continente australiano, y la destreza, o falta de ella, para salir indemne de ellos.
Llenos de ingenio y con un humor desbordante el autor nos traslada a los rincones más dispares de Australia y nos hace primero sorprendernos por su intrepidez y audacia (hay quien lo definiría como inconsciencia), y luego por la comicidad de los hechos que narra.Y es que Kenneth Cook es todo lo más alejado a un aventurero que nos podemos imaginar: con sobrepeso, torpeza excesiva, amante de la cerveza y demás líquidos alcohólicos, con una ausencia llamativa de moreno, vago desde su infancia y un verdadero imán para los problemas. Así que con esas características ¿qué le podía salir mal en su encuentro con cocodrilos hambrientos, serpientes venenosas, cerdos furiosos, camellos enloquecidos y gatos alocados? Todo o nada, según se mire, pues siempre, de la manera más increíble e inimaginable, logra salir con vida, que no indemne.
Sin duda alguna lo mejor que desprende este libro de relatos es que, además de las sonrisas que despierta,  cuando el relato leído parece insuperable, el siguiente logra sorprendernos más y lograr que dicha sonrisa se trasmute en risa, cuando no en carcajadas.
Un libro ocurrente, divertido y entretenido, que atrapa en todos sus relatos y que logra que cada uno se convierta en una verdadera historia por separado. Por supuesto que tras la lectura te quedan pocas ganas de conocer al protagonista, pero sí de seguir leyendo sus disparatadas aventuras. Esto es fácil gracias a sus otros dos libros de relatos El lagarto astronauta y El canguro alcohólico.

viernes, 17 de abril de 2020

UN VIEJO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR. Luis Sepúlveda



   Leer las noticias estos días de confinamiento tienen el peligro de sentir el dolor por las cifras que se barajan, por los números que parecen hacernos inmunes ante la pérdida de vidas humanas y la tragedia que eso significa. Y cuando los números dan paso a los nombres no podemos por menos que recordar lo que han significado para nosotros.
Descubrí a Luis Sepúlveda gracias a que mi madre dejó, creo que a propósito, Un viejo que leía novelas de amor sobre mi mesilla, con la sana intención de curarme mi falta de atención hacia los escritores sudamericanos que no se apellidasen García Márquez.
Y no solo lo consiguió, sino que me abrió la puerta a un escritor fantástico, con una fuerza narrativa tan propia como subyugante, tan divertida como sugerente y tan limpia que uno no puede dejar de dar gracias por poder leerlos. Cuando luego descubrí que en algunos institutos era lectura obligatoria, como también lo era en otros Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, recuperé la fe en los profesores de literatura (reconozco que yo los tuve muy buenos).
Si hay algo que admiro de los escritores, de algunos escritores, es que sean capaces de escribir novelas, en el amplio sentido de la palabra, sin tener que estirar y estirar la historia, de contar de manera muy sencilla las cosas; de conseguir con breves pinceladas que los lectores seamos capaces de reconocer los lugares y personajes que hacen la historia.
Luis Sepúlveda ha conseguido eso y mucho más, pues ha logrado también que nos divirtamos con la novela, que tomemos conciencia de muchas cosas y, lo que es más importante, nos posicionemos en qué lugar queremos ocupar.
Así que no he podido por menos hoy que echar mano en la estantería de la vida de Antonio José Bolívar Proaño. He conocido como fue su mujer, Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo, al doctor Rubicundo Loachamín, a los indios shuar (mal llamados jíbaros) y otros vivos y muertos que completan una historia sugerente, verde amazónica, tierna y divertida, muy divertida. La lectura, relectura de Un viejo que leía novelas de amor  es ágil  y un deleite para los sentidos, un verdadero cúmulo de sensaciones que te obligan a leer despacio, saboreando cada frase, admirando la manera en que Luis Sepúlveda es capaz de comunicar, de lograr trasladarte a El Idilio y sus cercanías, su selva, sus ríos, su vida, sus gentes...
Y debo reconocer que la pena se ha trasmutado en placer por vivir de nuevo esta historia, de viajar, sentir la humedad, el calor, la vida.
GRACIAS LUIS.

domingo, 7 de febrero de 2016

VERDADERA HISTORIA DE LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE TIBERIO GALÁN. Alfonso Bengoechea Miravalles



He seguido con detenimiento la trayectoria de Alfonso Bengoechea, en un principio como lector (al menos en buena parte) y luego como escritor y narrador. Historias del tío Picaliendres, El club de la pluma de ganso, El gato de Ofelia Uribe, El secreto del capitán Mendizábal y su participación en la obra colectiva De buena pluma fueron lecturas deliciosas en las que traté que el tiempo se fuese espaciando para no caer en la tentación de uniformar como un conjunto narrativo personal de su autor. De hecho la aportación a este último trabajo colectivo fue la base del presente libro con el título La máquina del tiempo de Tiberio Galán.
No voy a negar que lo que me esperaba era una especie de continuación, o incluso una historia paralela, pero para mi sorpresa se trataba de una revisión, de una ampliación de aquel relato breve. Había pues un riesgo añadido que parecía no importarle en absoluto al escritor, pero que en el lector podía despertar ciertas dudas o, al menos, en encontrase en terreno demasiado conocido que suavizase el impacto de la lectura.
Nada más lejos de la realidad, desde la primera frase el lector queda atrapado por una narración inteligente e ingeniosa de la que no puede desprenderse, sintiéndose uno más de los múltiples personajes que van poblando la novela.
Alfonso Bengoechea no solo construye una historia fabulosa y sumamente entretenida, sino que la dota de una vitalidad que parece traspasar los límites de la propia lectura. Tanto la construcción del espacio en que se mueven los personajes, como la aparición de cada uno de estos, conforman un universo propio del que parten múltiples historias no escritas. No solo descubrimos cuál es la verdadera historia de Tiberio Galán, sino la historia de un nutrido grupo de personajes con vida propia en un pueblo castellano de la posguerra española.
El autor maneja la ironía con una perfección tal que el lector pasará con una rapidez pasmosa del asombro a la sonrisa, descubriendo en cada párrafo un nuevo motivo para la sorpresa y para seguir leyendo. La propia lectura se hace cada vez más intensa y ágil, sobrevolando las páginas del libro como si cada uno de los capítulos tuviesen ya un hueco en la mente del lector y el único trabajo del escritor sea el tratar de ir aclarándolos. Y es que se produce casi desde las primeras páginas una fusión narrador-escritor que no desaparece en ningún  momento, al contrario, se va intensificando a medida que trascurre la historia. Eso sí, en el juego en el que ambos participan todos resultan ganadores, uno por que logra llevar al otro de la mano y el otro porque no deja de disfrutar en todo momento.
Alfonso Bengoechea no solo tiene una buena idea y es capaz de trasladarla en un libro, sino que cada palabra, cada línea, cada párrafo y cada capítulo están construidos en su justa medida, terminando por aclarar, si en algún momento existió la duda, el porqué de la revisión de un texto, de una historia antes escrita.
Una novela entretenida, inteligente y satisfactoria, que demuestra que el mundo literario que el autor esconde en su pluma, sea o no de ganso, debe salir con fluidez y permitir que su sarcasmo forme parte de todo buen lector que se precie. Y como trabajador infatigable acaba de regalarnos su última entrega: la última escapada del capitán Mendizabal.

lunes, 25 de enero de 2016

EL SECRETO DE LA MODELO EXTRAVIADA. Eduardo Mendoza



Hay veces que no puedes evitar acudir a una lectura con ciertas dudas, con la extraña sensación de que puede no estar a la altura de lo que esperabas antes de tener el libro en tus manos.
Cada nuevo título firmado por Eduardo Mendoza me produce un reencuentro con pasadas lecturas, con momentos inolvidables y, por lo tanto, la sensación de poder encontrar de nuevo sensaciones que no todos los días se producen.
Pero claro, cuando escuchas y lees que en esta ocasión el escritor barcelonés no está a la altura de otros de sus escritos, te asalta la incógnita de si corre peligro mi identificación con la narrativa de Mendoza. Al final reconozco que me da lo mismo, que no me costaría mucho perdonarle cualquier ligero desliz en su fabulosa trayectoria.
Esto no implica que desde la primera página no me muestre exigente, que espere esa pluma irónica y sarcástica, donde lo irreverente vaya dibujando situaciones y personajes.
Sí, estaba al tanto de quién era el protagonista de la novela, el mismo personaje sin nombre que se presentó en El misterio de la cripta embrujada (1979) y cuyas andanzas continuaron tres años más tarde en El laberinto de las aceitunas. Un personaje que despertaba sonrisas nada más ser mencionado (a nadie nos importó su anonimato, incluso es más que probable que lo agradeciésemos a sentirnos todos los lectores participantes en un mismo secreto) y que volvió a aparecer en La aventura del tocador de señoras (2001) y El enredo de la bolsa y la vida (2012). Así que tenía buen claro a qué atenerme y tenía bien claro a lo que me iba a enfrentar.
Quizá el principal escollo que debía solventar era la cercanía de la última lectura -estaban demasiado presentes los acontecimientos acaecidos en aquella como para no ser tenidos en cuenta-, de las imágenes del final de una nueva aventura descabellada, entretenida y llena de humor. Pero en la primera página somos conscientes de continuamos en el mismo punto donde dejamos la historia.
Nada más comenzar a leer nos vemos inmersos en el ritmo disparatado que impone el protagonista, nos convertimos en su sombra, somos partícipes de cada una de sus descripciones, de sus divagaciones, como si lo que tuviésemos en nuestras manos no fuese otra cosa que un diario del que vamos extrayendo pensamientos y recuerdos.
Y la novela vuelve a tener ese ritmo frenético que caracteriza a Mendoza, el lector tiene que frenar el impulso de correr en exceso, de pasar las páginas con la misma rapidez que se suceden los acontecimientos, con el peligro que supone el perder esos pequeños detalles que generan situaciones tan caóticas como intrigantes. Ahí radica parte del éxito del autor, conseguir que la lectura se desboque y se frene casi de inmediato, que obligue al lector a recomponerse, a volver sobre sus pasos, no a releer lo anterior, si no a recuperar escenas sucedidas instantes antes.
Todo queda en la mente, pero hay que estar atento a esas situaciones a las que el protagonista dedica más tiempo, a esa mezcla de descripción y crítica de lo que, según su especial percepción, tiene un significado que se le puede escapar al lector.
La fuerza del personaje, nos sigue dando lo mismo desconocer su nombre, sus pensamientos, su forma de explicarse e incluso su físico, aparecen dibujados en nuestra mente con total nitidez, como si fuésemos capaces de reconocerle en cualquier escenario o en cualquier texto. A ello hay que sumar la agilidad de la lectura, en una narración que atrapa y que resulta sumamente entretenida. Todo va encajando a medida que pasan las páginas, disfrutando de todo momento, en especial de ese cambio temporal en el que resuelve la trama.
De nuevo el surrealismo que compone la novela nos engancha con la misma facilidad que pasa de la ironía a la crítica, a buscar explicaciones insospechadas que muestran un universo de la capital catalana que no aparece en otras novelas en la que es el escenario principal.
Puede que no sea la mejor novela de Mendoza, pero nadie puede negar la satisfacción que produce su lectura, la sonrisa que consigue en el lector. Quizá haya menos carcajadas que en otras novelas de la serie, pero en todo momento mantiene un humor y esas dosis de intriga necesarias para disfrutar de todo lo que va sucediendo.







viernes, 12 de diciembre de 2014

EL MONSTRUO DE HAWKLINE. Richard Brautigan



De Richard Brautigan apenas sabía algo más que el título de su obra más emblemática La pesca de la trucha en América (aunque la editorial Blackie Books ha publicado En azúcar de sandía y Un general confederado de Big Sur) y un rápido vistazo de su manera de escribir.
Pero claro, me encuentro con un título demasiado sugerente como para que pasara inadvertido. No tanto las primeras palabras del título como sí de "un western gótico" que, de inmediato, descubrí que pertenecían al título original. Para colmo el primer párrafo dejaba entrever que no el interior estaba a la altura:
"Estaban agazapados con su rifles en el piñal, observando cómo un hombre enseñaba a montar a caballo a su hijo. Era verano de 1902 en Hawai.", fue todo uno.
¿Un western gótico? ¿En Hawai? No pude evitar sentir ese conquilleo que aparece muy de vez en cuando y que suele augurar lecturas diferentes y señaladas,  libros que suelen contar algo más que una historia al uso.
Richard Brautigan construye un libro en pequeñas dosis, breves capítulos que nos van llevando de la mano por la trayectoria de Cameron y Greer, dos pistoleros que desde la primera página logran que nos pongamos de su parte. Dosis perfectas, ajustadas, como si cada palabra, cada párrafo fuesen necesarios, como si cada capítulo se hiciese imprescindible al unirlo al anterior y al posterior, como si cada uno se correspondiese con una inspiración o una espiración.
No hay duda que hay mucho de surrealismo, de situaciones descabelladas, hasta tal punto que raro será el capítulo, por mu breve que sea que no despierte por igual sorpresa y sonrisas. Brautigan logra la complicidad del lector con un humor que antes que buscar el golpe cómico o la risa fácil consigue crear un ambiente en el este sea tan imprescindible como lo son los distintos personajes.
Aunque sin duda alguna, el mayor logro de la novela radica en los silencios, en aquello que el escritor no ha escrito, en lo que el lector no ha leído y es que en la historia pasan muchas más cosas de las que se cuentan, hay imágenes sin explicaciones que se dibujan con una claridad que engrandece, aún más si cabe, la novela.
Y claro, todo lo consigue Brautigan con una prosa sencilla y un lenguaje nada complejo, con presentaciones y descripciones escuetas, dejando que sea el lector el que complete muchos de los escenarios y las situaciones. Una lectura ágil y sugerente que atrapa de principio a fin y que permite disfrutar de la lectura mientras se es partícipe de una aventura descabellada y entretenida.

domingo, 29 de junio de 2014

UN HOMBRE LLAMADO OVE. Fredrick Backman



Las novelas de humor son, junto con las policíacas, las que más satisfacciones me suelen producir. No quiere decir esto que me valga cualquier cosa, que me conforme con una novela en la que unos cuantos "gags" me atrapen y logren que la catologe positivamente. Al contrario, suelo exigir que me entretengan de principio a fin, que logren sacarme la sonrisa a medida que avance la lectura, que identifique las situaciones y, por encima de todo, a los personajes, que deben resultarme sobre todo creíbles.
A pesar de lo mucho que se ha hablado de la novela policíaca escandinava, quizá los nombres más conocidos sean los que menos me han gustado, pero empiezan a llegarnos -seguro que producto del éxito de estos- escritores de novelas de humor sobresalientes. Aunque Jonas Jonasson (El abuelo que saltó por la ventana y se largó) se ha convertido en los últimos años en todo un referente y cuya comparación está abriendo muchas puertas, debo confesar que es Arto Paasilinna el más grande exponente de ese humor del norte todavía por conocer en nuestro país. Delicioso suicidio en grupo, La dulce envenenadora y El mejor amigo del oso son ejemplos perfectos de novelas divertidas, ingeniosas e inteligentes capaces de romper fronteras y de llegar a todo tipo de lectores.
Fredrik Backman ha construido una novela redonda, llena de dosis de humor suficiente como para que la sonrisa, que no abandona el rostro a pesar de los momentos dramáticos que tan bien dibuja, de paso a la carcajada en más de una ocasión. Una novela y un personaje fácilmente identificables, es más que probable que todo lector, al menos así me ha ocurrido a mi, ponga rostro tanto al protagonista principal como a esos secundarios que engrandecen la novela a medida que sus apariciones cobran fuerza. Incluso los escenarios son reconocibles en todo momento aunque les demos un marco mucho más cercano y personal.
Ove es ese vecino cascarrabias que todos tenemos cerca, puntilloso y perenne, que aparece en las situaciones más comprometidas, para nosotros por supuesto, y que logra con enorme frecuencia sacarnos de nuestras casillas. Pero es también ese vecino dispuesto a ayudar, so sí, sin dejar en ningún momento de refunfuñar, de señalar con irritación todo aquello que no está bien.
Una novela de lectura ágil y ocurrente, en la que nada sucede por que sí, y en la que por medio de pequeños retazos vamos completando la biografía del personaje principal y de su esposa (poco importa que está no tenga más voz que la de su memoria). Una novela inteligente y que exige también un esfuerzo para evitar que los más pequeños matices pasen inadvertidos, esos matices que hacen que la novela crezca y sea algo más que un simple entretenimiento.
Sería injusto no mencionar la manera con que el autor logra adentrarnos en un mundo donde las emociones se solapan con frecuencia, donde los sentimientos consiguen que la risa de paso a toda una amalgama de emociones contrapuestas de difícil explicación. Ove se convertirá en un compañero irresistible, que es cierto logrará hacernos reír, pero a veces nos desesperará, para lograr emocionarnos y hacer que traguemos saliva para evitar que los ojos se humedezcan.

domingo, 4 de mayo de 2014

LOS DOMINGOS DE UN BURGUÉS EN PARÍS. Guy de Maupassant



Seducido por sus relatos hacía mucho que no había leído una novela de Guy de Maupassant -creo recordar que fue Bel Ami hace más de diez años-, así que en cuanto llegó a mis manos este título (es de señalar y agradecer a la Editorial Periférica la recuperación de muchos clásicos), del que desconocía absolutamente todo, no pude por menos que ponerme a devorarlo intentando disfrutar de la novela de uno de los autores más importantes del siglo XIX.
Tras leer los primeros capítulos tuve la sensación de que la novela en cuestión se asemejaba a un libro de relatos más que a una narración larga. Era como si cada uno de los diez en que estaba dividido el libro fuese una historia en si mismo, como si se pudiesen leer por separado sin que ninguno perdiese el tono desenfadado que solo un autor como Maupassant es capaz de aplicar en un relato.
Sí, es cierto que Patissot siempre es el protagonista y antes del primer capítulo existe una especie de introducción titulada "preparativos de viaje" en el que se nos presenta al personaje y da una explicación a lo que sucede a continuación, pero eso no evita descubrir la verdadera esencia de uno de los mejores "cuentistas", en el mejor sentido del término, de la narrativa europea.
Tenemos pues una novela que conjuga lo mejor de sus relatos o cuentos, una novela presentada en pequeñas dosis que aparecieron inicialmente por entregas en "Le Gaulois" en 1880 -el mismo año en que se publicó, unos meses antes, su primera novela Bola de sebo y con notable éxito-, y que no aparecieron en forma de libro hasta 1901. Es posible, al menos esa sensación queda tras la lectura del libro, que pudiesen ser más los "capítulos" que el autor tuviese en la cabeza, ya que no existe un final más allá del final del décimo.
El caso es que  descubrimos, ya desde el inicio, el gran observador que fue Guy de Maupassant y, lo que es más importante, la capacidad para narrar y mostrar, con pinceladas acertadas y precisas, los alrededores de París y sus habitantes. Por si esto fuese poco queda aquí latente la fuerza de su crítica hacia la burguesía, a la sociedad que esta conforma y los ambientes donde se maneja.
Por medio Patissot somos capaces de comprobar como vive un miembro de la burocracia, un funcionario perteneciente a esa clase social a la que el autor francés logra, como nadie, caricaturizar de manera sobresaliente, logrando pasar del asombro a la sonrisa, cuando  no a la carcajada, en una sola línea. Situando a su protagonista en escenarios y situaciones llenos de comicidad, sin necesidad de recurrir a estereotipos ni chistes fáciles.
Patissot es un turista superficial (se pueden encontrar demasiadas semejanzas con nuestros días) que antes que buscar la aventura, aunque para él todo se presente como tal, lo que trata es vincular sus grandes paseos a la prescripción médica alarmado por su salud. Gracias a él recorreremos los campos y caminos que rodean la capital francesa y nos encontraremos con personajes carismáticos, sin desperdicio alguno y ante los cuales la ironía de Maupassant se afila hasta casi cortarnos la respiración, con un humor tan perfectamente dibujado que somos capaces de recrear desde los caminos, chalets y casas de comida, hasta los gestos de cada uno de sus protagonistas.
Un narrador nato, vuelvo a repetir lo de uno de los más destacados del siglo XIX, que envuelve con su prosa, que atrapa de tal manera que es imposible acabar un capítulo y no iniciar el siguiente sin perder ni un ápice de la sonrisa, hasta tal punto que esta parece instalada en nuestra cara incluso minutos después de cerrar el libro. 

martes, 18 de marzo de 2014

EL INCREÍBLE VIAJE DEL FAQUIR QUE SE QUEDÓ ATRAPADO EN UN ARMARIO DE IKEA. Romain Puértolas



A estas alturas todo libro que destila humor e ingenio que cae en mis manos merece, cuanto menos, que le preste una atención especial, que pierda cualquier tipo de pudor de penetrar en sus páginas. 
Es cierto que en muchas, demasiadas, ocasiones de inmediato descubro que más que gracia las "anécdotas" u "ocurrencias"  lo único que logran es que me entre cierta angustia que no decae ni siquiera cuando cierro el libro. Chistes fáciles, estereotipos banales, ritmo plano y desenlaces faltos de sorpresa suelen componer libros que parecen agotar el ingenio con el diseño de la portada y el título.
Pero claro, sucede que existe un nutrido grupo de narradores que logran no solo transmitir una idea y dar vida a unos personajes, sino demostrar que manejan el lenguaje con inteligencia, que sujetan el ritmo narrativo de principio a fin y, lo que es más importante, no se conforman con sacar una risa del lector, sino que apuestan a que este mantenga una larga sonrisa mientras dure la lectura.
Romain Puértolas no solo nos muestra un título sugerente y llamativo, sino que nos regala una trama original, en la que la ironía juega un papel fundamental, una ironía que busca la complicidad de quien participa en la historia como voyeur improvisado siguiendo las aventuras del "faquir" protagonista.
Y es que, es algo que hay que tener muy presente, estamos ante una novela de aventuras. Ingeniosa sí, llena de humor inteligente, también, pero una novela de aventuras de principio a fin en la que nuestro "héroe" nos transporta por unos escenarios sorprendentes, por muy reconocibles y cotidianos que nos parezcan.
Con una prosa ágil, vertiginosa, sin más pretensión que ser vehículo de los acontecimientos y el hecho de que Romain se haya ocupado personalmente de "españolizar" los nombres propios de quienes pululan por las páginas del libro, el autor logra que los lectores seamos espectadores de excepción en una sátira fantástica que ofrece, por encima de todo, un entretenimiento agradable e inteligente.
Una sátira que tiene el punto justo de crítica, de mostrar sin tapujos un tema tan sangrante como el de la inmigración ilegal. Pero hasta esto lo consigue de manera sobresaliente, llamando la atención del lector, pero sin que este pierda el tono divertido de la lectura. Lo que resulta mucho más eficiente que cortar de raíz la trama y tratar de moralizar de manera artificial.
Gracias Romain por invitarme a hacer este viaje -ya he comprobado que no me hacía falta un radiador para acompañarte a ti y Dhjamal Mekhan Dooyeghas-, por permitirme disfrutar de unos momentos llenos de complicidad y en los que la risa ha llegado a ser carcajada. Por cierto ¿seré de los pocos mortales occidentales que nunca ha estado en Ikea?.

viernes, 7 de marzo de 2014

EL HOMBRE BICOLOR. Javier Tomeo



No soy muy dado a dejarme seducir por los libro póstumos, sobre todo aquellos que aparecen poco después de la desaparición del autor, pero tratándose de Tomeo y Anagrama (y sin olvidar los casi ocho meses transcurridos) era algo que en ningún momento me he cuestionado. Es de agradecer que Jorge Herralde, el editor, haya dejado transcurrir un tiempo que muchos hemos ocupado en recuperar lecturas casi olvidadas, que no acudiese de inmediato a ofrecernos el último trabajo de uno de los escritores más entrañables del panorama literario nacional.
No voy a negar que siempre me ha seducido el estilo narrativo propio de Tomeo, las historias en las que nos sumerge y los personajes que ha sido capaz de construir, sean monstruos o no, se dibujen o se aparezcan en la imaginación, se escuche su voz o se interprete su lamento. El caso es que quien se dejó seducir por una de las narraciones del autor, no ha dudado en fidelizarse a su prosa, esa narración directa y sencilla en la que los seres surrealistas que la poblaban no dudaban en mostrar al lector una imágenes y unos recorridos inolvidables que hacían que el asombro dejase paso con inusitada rapidez al humor y al disfrute exquisito de la lectura.
Como no podía ser de otra manera en El hombre bicolor hay mucho de kafkiano, con repetidas referencias a El castillo del autor checo, pero también a La ciudad de las palomas del propio Tomeo.
Y es que Hermógenes, el protagonista de la novela, demuestra tener esa particularidad física que le hará diferente de los demás, tiene un ojo de cada color, pero también se mostrará un ser solitario, con unos pensamientos ajenos al resto de los mortales y unos problemas de comunicación que, es esta ocasión, se agravan por la ausencia de población en la ciudad en la que recae.
También serán particulares su profesión, recaudador de impuestos, las situaciones a las que se enfrenta en un pueblo sin gente, el nombre que le otorga al único  ser que da señales de vida, el perro Marte y el discurrir de las horas a la espera de que alguien se presente.
No sorprende, incluso llega a ser gratificante, que toda la novela se convierta en un monólogo, que no se romperá no siquiera cuando mantenga una "conversación" con su otro yo. Será el propio Hermógenes quien nos hará de narrador, quien nos cuente sus sentimientos, los interrogantes que se van sumando y las soluciones que el mismo aporta; quien dibujará el escenario en que se mueve, acercándonos a los espacios cerrados y abiertos que se presentan ante él; quien nos muestre parte de su mundo gracias a la información que nos aporta de su tía Rosamunda.
Tomeo vuelve a regalarnos una prosa concisa, acertada, que nos transporta a ese universo que solo él es capaz de construir, a permitirnos ensoñar con la compañía de un personaje peculiar, tierno y sencillo que invita más a la sonrisa que a la mofa, que nos hace suyos desde las primeras páginas y que consigue que penetremos en un mundo en el que tienen cabida todos nuestros sentidos.

sábado, 28 de diciembre de 2013

LAS MUCHACHAS DE SANFREDIANO. Vasco Pratolini



Nada más coger el libro entre mis manos hubo algo que me impulsó a saber algo más de un escritor del que desconocía prácticamente todo. No sabía ni quién era y su nombre no me sonaba en absoluto, así que me dediqué a leer (cosa que procuro no hacer antes de empezar a leer para no intoxicarme) la completa biografía que aporta el propio libro.
Y claro, lo primero que descubro es que, entre otras cosas, era el guionista de "Rocco y sus hermanos" de Luchino Visconti (el cartel de la película ocupó durante muchos años un lugar preeminente en mi habitación). A partir de ahí, no sé si influenciado por su relación con el cine italiano de los años cincuenta, no pude por menos que leer toda la novela como si estuviese viéndola a través del objetivo de una cámara.
Pratolini pasó a darme, en la intimidad de la lectura, una dosis completa del neorrealismo italiano. Y en cada párrafo, cada línea, no podía escapar de esas imágenes que formaban parte de una época de la historia del cine europeo.
Ya desde la primera página, repito que no podía apartar de mi mente las imágenes, en especial las femeninas, que la gran pantalla me había ofrecido y que gracias a Pratolini volvía a recuperar como si fuesen nuevas y reales. Desde la descripción de Sanfrediano, a la orilla izquierda del Arno, hasta cada una de las seis mujeres protagonistas, iban recreándose en mi mente en un blanco y negro tan característico que casi me parecía oír de fondo el ruido del proyector.
No sé si esa sensación cinematográfica me acompañó mucho tiempo, pero el caso es que la lectura se convirtió en un verdadero disfrute, descubriendo en cada línea esos estereotipos que caracterizaban el cine de la época. escuchaba los sonidos del barrio, los piropos y juegos de palabras que los protagonistas se lanzaban, llegando a ser incluso uno más dentro del barrio de Sanfrediano.
Una novela fresca, de lectura ágil, en la que la mayor parte del tiempo la boca se arqueaba hacia arriba al borde de dibujar una sonrisa, disfrutando de cada descripción, de cada diálogo como si las letras hubiesen traspasado el propio libro y una pantalla se presentase ante mi.
Sí, claro que si alguien hubiese escrito hoy esta novela muchos sectores habrían hecho sonar todas las alarma y más de una ruptura de vestidura habríamos visto en directo. Pero gracias a la narración de Pratolini que logra situarnos en esa posguerra europea, en el barrio florentino que da título al libro, vemos los rostros de Tosca, Mafalda, Gina, Bice, Silvana y Loretta y, lo que es más importante, sus expresiones y contoneos, su voluptuosidad y gracia, pero sin olvidar su desparpajo, sus arrestos y esos aires italianos que el cine tan bien ha sabido retratar.
Ah! Claro y también a Aldo Sernesi, ese "Bob" con un perfecto parecido a Robert Taylor. Ese donjuán que logra que las seis caigan rendidas a sus pies. Eso sí, el desenlace es mejor que lo descubra cada cual leyendo un libro que se saborea con deleitación en cada uno de sus catorce capítulos. Recomiendo que no se lea el índice para que no se adultere la lectura.
Por cierto, hay que resaltar la edición conseguida por Editorial Impedimenta que logra que el libro sea un objeto bello, atractivo, que invite a tocarlo y, lo que es más importante, a leerlo y conocer qué atesora en sus páginas.

jueves, 12 de diciembre de 2013

AMANECE, QUE NO ES POCO. José Luis Cuerda




A estas alturas uno tiene claro qué es lo que es fruto de sus lecturas, de sus músicas, de sus viajes y sus películas. De la misma manera que hay libros que logran dirigirnos en una dirección, hay películas que nos marcan de tal manera que no solo nos acompañan siempre, sino que nos sirven de referencia para lo que vamos a ver a continuación.
No puedo negarlo, me declaro "amanecista", voy a robarle las palabras al propio José Luis Cuerda para explicar su significado: "esa sociedad secreta en la que puede participar cualquiera y que cuenta con lenguaje, contraseñas, valores, autoridades y santoral propio". Así que es fácil de entender las incontables veces que he podido disfrutar de la película (ya sea en soledad o en compañía de otros), el aprendizaje de ciertos diálogos y códigos, el conocimiento de la práctica totalidad de sus escenas. Y sin embargo soy capaz de divertirme cada vez que la vuelvo a ver, de descubrir nuevos personajes, nuevos guiños, de volver a reírme a mandíbula batiente como si estuviese viendo la película por primera vez. Aquí debo también confesar que me sucede otro tanto, aunque quizá no en tamaña medida, con Total Así en el cielo como en la tierra (y en menor medida con El bosque animado). Tengo pues a José Luis Cuerda en una especie de pedestal del que espero no se baje nunca o, al menos, tarde todo lo posible en bajarse.
Así que claro, recibir un libro cuyo título corresponde con el de la película, en su portada aparecen Resines y su "padre" Ciges y está firmado por el propio director, produce que se paralicen, durante unos segundos, tus constantes vitales. Y uno, en ese intento de bajarse del guindo en que parece encontrarse, logra no ceder a la tentación y guardar el libro para cuando el "subidón" haya pasado del todo.
Abrir sus páginas y dejarse llevar por la voz de Cuerda, por su manera de narrar, que aunque muchos no se lo crean, se acerca mucho a su instinto cinematográfico, por el juego a que el director albaceteño me invita desde la primera letra, es todo uno. De inmediato empiezan a aparecer decenas de imágenes de la película, diálogos inolvidables, gestos desternillantes, situaciones surrealistas. Bueno, surrealistas no, que José Luis Cuerda ha repetido en más de una ocasión que su cine no es surrealista, sino heredero de la picaresca española y de una dupla a la que debe mucho el cine español: Berlanga y Azcona.
Cuerda no se conforma  con ofrecernos el guión original, con escenas que no hemos visto bien por que no fueron rodadas o porque se encargó el montaje de dejarlas al margen, sino que va mucho más allá regalándonos un prólogo que por si mismo ya engrandece la publicación, un  álbum fotográfico (por llamar de alguna manera a las instantáneas que acompañan la publicación), un anecdotario (que hará las delicias de todos, en especial de los "amanecistas") y una completa y refrescante descripción de personajes y escenarios.
Con todo ello estoy seguro de que quien penetre en el libro recuperará una a una todas las escenas de la película, el lenguaje de sus protagonistas, sus actos, lo disparatados de las situaciones y una historia al más puro estilo "subruralista" de su autor.
Una verdadera y completa delicia para reír y disfrutar desde la primera hasta la última página. Ninguna tiene desperdicio, hasta tal punto que puesto en canción te lees de igual manera las anécdotas, el guión como el índice, los agradecimientos y la ficha técnica de la película. Por no hablar del impulso que recibe la imaginación cuando se pone a construir esos momentos que no están en la versión cinematográfica.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

SEÑORAS Y SEÑORES. Juan Marsé



Hay novelistas, grandes novelistas, que cuando cambian de registro y se acercan al mundo de los apuntes, las columnas de opinión, o al entorno periodístico, no demuestran la destreza narrativa propia de sus libros. Sí, claro que tienen seguidores y sus opiniones son tenidas en cuenta, pero esos textos, generalmente de pequeño tamaño están muy por debajo de la calidad que atesora su pluma.
No es el caso de Juan Marsé, o al menos no lo es si nos atenemos a los retratos que encontramos en este libro, esos retratos aparecidos en las décadas de los 70 y 80 del siglo pasado (salvo dos últimos que merecen ser tenidos muy en cuenta) y que, en su mayor parte, siguen estando de actualidad.
No sé muy bien porqué, seguro que por su aporte de cercanía en el tiempo, no me pude resistir a comenzar el libro por el final, por el último de los textos con que Marsé logra ilustranos. Los dos últimos, además de ser los más actuales (dedicados al Artur Mas y María Dolores de Cospedal), son los que más espacio dibuja el autor en sus descripciones. Y puedo asegurar que son esos dos solos los que me despertaron el deseo irrefrenable de leer los otros cuarenta y uno, de descubrir no tanto la visión del autor de Últimas tardes con Teresa o Rabos de lagartija, sino la perspectiva con es capaz de mostrarnos los retratados.
Y es que Juan Marsé , con un perfecto dominio del lenguaje y el trazo firme de su narrativa nos acerca a cada una de las 43 figuras sin necesidad de ver más imágenes que las que ofrece sus palabras. Ese lenguaje ácido, cáustico nos adentra en el mundo de la descripción perfecta, capaz de recoger los guiños, los gestos y las manías de esos personajes a los que el autor ha sabido trasladar, antes a las revista "Por Favor" y el diario "El País", y ahora a este pequeño libro.
Con un perfecto manejo de la ironía, un poco de pasión y una buena dosis de mala leche Marsé nos hace disfrutar con cada una de las imágenes que nos ofrece, haciéndonos pasar del asombro a la sonrisa en la misma línea. Además nos ofrece una notable lección de la forma correcta de escribir, aquellos que quieran aprender (algunos aún estamos a tiempo) tienen en cada retrato una buena lección. Y si no, compruébenlo ustedes mismos:

  "La boca musculosa y risueña, el mentón sólido, la nariz recta, los ojos oscuros y burlones, las cejas espesas. El diseño de la cara no es dulce, y sin embargo, la expresión lo es. Resabios de un temperamento reflexivo y burlón configuran el gesto y la mirada."

O en este otro:

   "El maxilar cuadrado y ligeramente popeyesco va siempre un paso por delante de la mirada estreñida: el paso largo y la vista corta, he aquí un problema para cualquier conductor de multitudes, sobre todo si maneja un timón más decorativo que funcional."

El primero nos acerca al rostro de Carmen Maura, mientras en el segundo las facciones dibujan a un Artur Mas al que, como dije antes, dedica más espacio que a los anteriores retratados y retratadas.




martes, 29 de octubre de 2013

¡MUUU! David Safier



No voy a intentar a estas alturas descubrir a David Safier, ni siquiera señalarle como el creador de un género propio. Pero lo cierto es que su trayectoria desde 2009 en nuestro país lo sitúa como un narrador prolífico. Maldito Karma nos descubrió un escritor en el que el sentido del humor iba mucho más allá de lo que estábamos acostumbrados, hilarante y sorprendente el libro logró que su siguiente novela, Jesús me quiere (2010), fuese esperada por un buen número de lectores.
Yo, mi, me, contigo (2011) y Una familia feliz (2012) no cosecharon el mismo reconocimiento, pero una legión de seguidores no perdía la ocasión de disfrutar de una novela de humor como eran ambas.
No voy a decir que Safier vuelve a sus orígenes, pero sí que vuelve a dar voz, y de que manera, a los animales. Vacas, perros y gatos circulan por las páginas del libro no solo entreteniendo en todo momento, arrancando sonrisas, e incluso risas desaforadas, sino que ofrece todo un catálogo de optimismo.
Sí, como es fácil de comprobar tanto en el título como en la portada, las protagonistas de esta historia son vacas. Lolle, Rabanito, Hilde y Susi, a las que acompaña el toro Champion y el gato Giacomo, nos ofrecen imágenes desternillantes y tremendamente elocuentes, hasta tal punto que seguro que quien cierra sus páginas y observa la portada espera que las vacas empiecen a hablar.
Con una prosa ágil y de una frescura destacable Safier nos introduce en una historia que no se conforma con hacernos reír, sino que logra también que seamos capaces de acercarnos a las reflexiones que se hacen las protagonistas. Sexo, religión, racismo y muchos otros temas se van sumando mientras somos testigos de las aventuras de las protagonistas, pero siempre sin abandonar, incluso en los momentos más tensos, la ironía y jocosidad que caracteriza al escritor alemán.
Gracias a los capítulos relativamente cortos, 66 en poco más de 300 páginas, la lectura logra esa agilidad y comodidad que suelen caracterizar a los libros que parecen acompañarte más allá de la propia lectura, hasta tal punto que ese capítulo más que vas a leer, se convierte con notable facilidad en tres o cuatro.
Canciones, chascarrillos y juegos de palabras aumentan la comicidad a extremos exagerados. Pocas veces unas pocas vacas han suscitado anécdotas y situaciones repletas de comicidad.
Un libro para pasar un buen rato, para pasar del asombro a la carcajada en apenas unos segundos, para descubrir cómo la imaginación y el sentido del humor pueden construir una novela entretenida, divertida  y, por encima de todo, llena de optimismo. Un placer de la primera a la última página.  

lunes, 14 de octubre de 2013

LO QUE ESCONDEN LAS ISLAS. Alfonso Vázquez



Hay libros que necesitan centenares de páginas para desarrollar una historia, y otros, en cambio, con  apenas 110 son capaces no solo de contar una historia, sino lograr que el lector se involucre en ella y saque, cuanto menos, una buena dosis de carcajadas.
Y es que si de algo se puede catalogar este libro, o este relato, como ustedes quieran, es de atrevido. O no es una osadía en los tiempos que corren lograr que el fantasma del propio Robert Louis Stevenson, el padre de La isla del tesoro, protagonice una historia junto a unos cuantos miembros de la fauna televisiva española.
Alfonso Vázquez consigue, desde la primera página, que el lector tome partido (no es nada difícil comprobando ambos bandos) y que los distintos escenarios, en especial el atolón de las islas Kiribati, aparezcan con total nitidez.
Con un lenguaje sencillo, en el que la ironía campa a sus anchas, el autor crea una narración ágil e inquietante, en la que lo surrealista de la situación se engrandece con las dosis necesarias de intriga por ver en qué acaba la cosa.
Un juego literario en el que los vencedores resultan los lectores y la literatura, ésta en su enfrentamiento con la llamada telebasura, y aquellos por el entretenimiento y humor que destila la novela. Y es que Alfonso Vázquez no trata de hacer moralina alguna, sino entretener a quienes acceden al libro. Cosa que consigue en todo momento, ya que está construido en su justa medida. Ni sobran ni faltan páginas, un mérito que no todos los escritores logran, y mucho menos quienes se aventuran en el exquisito mundo del relato.
El lector agradece el humor ocurrente, surrealista, pero también el que la historia nos cuente algo más que la simple anécdota. No estamos ante una novela construida a base de golpes u ocurrencias, al contrario, la trama y su realización es la que logra que en todo momento nos acompañe una sonrisa, cuando no una carcajada, y nos sintamos satisfechos de la lectura.
Fresco, ágil, ocurrente y muy, muy divertido, el relato nos permite pasar un buen rato además de incitarnos a la ensoñación por las idílicas islas de Samoa.

lunes, 12 de agosto de 2013

EL ENREDO DE LA BOLSA Y LA VIDA. Eduardo Mendoza



Hay días en los que se necesita una lectura estimulante, fresca, ágil y divertida. Una lectura que enganche y entretenga desde la primera frase y que penetre en ti de tal manera que sientas la necesidad de dejar todas las demás cosas para vivir la aventura que se dibuja en el libro.
Y aunque en muchas ocasiones nos cuesta encontrar esa novela que cumpla todos estos requisitos más vale la pena recuperar aquellos que se quedaron aparcados en algún momento (reconozco que voy guardando una serie de títulos para prestarles la atención que se merecen estando de vacaciones, cuando es más difícil que me interrumpan la lectura a la que me siento unido). 
Con Eduardo Mendoza tenía claro que la apuesta era segura, que la cuarta entrega de su "detective" sin nombre me iba a subyugar como ya lo habían hecho El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras. Que las aventuras, y desventuras, del ex-convicto, peluquero, investigador y un montón de cosas más, iba a lograr atraerme a su particular Barcelona, a esos escenarios tan cinematográficos envueltos en esa atmósfera de surrealismo que solo el autor sabe crear.
Por supuesto que no hay discurso nuevo, ni falta que hace, que todas las piezas que Mendoza ha ido creando siguen encajando de la misma manera, caótica, esperpéntica y críticamente, pero encajando, logrando que apenas sí podamos apartar la vista del libro para llevar a cabo las acciones más elementales para poder subsistir. Leyendo a Mendoza, y en especial las aventuras de este personaje (quien no lo conozca no debe perder un segundo en hacerlo), uno corre el peligro de sentirse como uno de los protagonistas de la película "El impero de los sentidos" de Nagisa Oshima, salvo que en vez de perder la noción del tiempo por culpa del amor, aquí se pierde por comprobar en qué acaban las correrías de nuestro protagonista y de todos aquellos que le rodean.
La maestría con que Mendoza maneja el ritmo de la narración, el dominio del personaje y los giros y juegos que este lleva a cabo en su labor de narrador no deja indiferente a nadie, sea o no ésta la primera de las novelas que se lean. La manera de expresarse y las situaciones en que se ven envueltos los diferentes personajes hacen las delicias del lector de tal manera que las sonrisas pasan a carcajadas con una facilidad que puede dejar a más de uno en evidencia al no poder esconderse ante una de las múltiples situaciones hilarantes que ocupan la novela.
Junto a la ironía que acompaña la mayor parte de las descripciones, hay mucha crítica a la situación en que se encuentra hoy Barcelona, ampliable al marco nacional y europeo, muchas puyas a personajes y actuaciones que hay conseguido sumirnos en la situación actual.
Pero sobre todo es un divertimento, con notables dosis de intriga para que acompañemos a los personajes a través de un caos que antes que cegar al lector, le va implicando más y más a medida que la novela avanza. 
Una novela ingeniosa, ocurrente y sumamente divertida, que logra que pateemos la ciudad en compañía de los seres más llamativos de la sociedad barcelonesa (incluyendo a algunos de notable posición).



jueves, 11 de julio de 2013

REVOLUCIÓN EN EL JARDÍN. Jorge Ibargüengoitia



Descubrí a Jorge Ibargüengoitia gracias a esta edición de Reino de Redonda, editorial osada, como su editor, que ha logrado que, casi desde sus inicios, cualquiera de su títulos se me antojasen verdaderas joyas incluso antes de abrirlos.
No sé si fue lo complejo de su apellido, al menos en un rápido intento de pronunciarlo, o esa especial atracción que los amantes de los libros tenemos ante las verdaderas maravillas. Y digo esto porque supuso un verdadero descubrimiento, una manera de narrar sorprendente y clarificadora, totalmente distinta  a lo conocido.
Ibargüengoitia logra hacer de la crónica una obra literaria con mayúsculas gracias a un tono desenfadado, irónico, que logra desde la primera línea hacer cómplice al lector y demostrar que los acontecimientos más comunes y banales tienen una destacada trascendencia bajo la pluma adecuada.
A través de cada uno de sus textos, y aquí se ofrece una antología que así lo demuestra, lo cotidiano no solo se convierte en noticia, sino que logra que el lector se interese por ella, incluso que disfrute y preste toda la atención.
La lucidez de la escritura del autor mexicano sigue hoy más que nunca vigente, clara y limpia, y con ese humor incitante se ve como la pizarra donde el maestro marca las pautas que debe seguir quien trata de aprender, o al menos de mejorar de una manera correcta.
Gracias a su escritura rápida y despejada de artificios y descripciones tediosas, logra que sus crónicas, siempre en primera persona, adquieran categoría de género propio, una especie de unión entre el relato y el texto periodístico, dotando a este último de un valor literario al que, por desgracia, es cada vez más difícil acceder.