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miércoles, 18 de abril de 2018

VIENTOS DE CUARESMA. Leonardo Padura


Hace pocas fechas aparecía por fin la última de las novelas de Leonardo Padura La transparencia del tiempo. Así que era la compañía perfecta para un viaje a La Habana, pero al ser novedad, su peso y tamaño no lo presentaban como la mejor de las compañías. Había pues que buscar alguno de sus anteriores trabajos y qué mejor que hacerlo con la segunda entrega del todavía teniente investigador Mario Conde (la primera había sido Pasado Perfecto), Vientos de cuaresma.
Con ella no solo volví a sumergirme en una novela policíaca con reminiscencias a Hammett, Chandler, Sciascia y Vázquez Montalbán, sino que de inmediato tuve ante mí la ciudad de La Habana. Con su hermosura y decrepitud, con su pasado y su presente y, por encima de todo, la nostalgia de cada uno de sus rincones.
Y es que Mario Conde recupera las más destacadas características de la novela negra, desde su propio personaje: desinhibido, vividor, desordenado, con las adicciones políticamente incorrectas que suponen el alcohol, el tabaco y, como no, el sexo. Hasta los escenarios por lo que se mueve y los personajes que poco a poco se van asomando y que adquieren un protagonismo que sirve siempre para que el propio Conde crezca a medida que se suman las páginas.
Amistad, música  (también el ron  el tabaco y las  mujeres ), y con la dosis de intriga necesaria para atrapar al lector ávido de historias interesantes y bien contadas, componen un trabajo bien hilvanado, con la presencia justa de cada uno de sus componentes. Sin olvidar, claro está, el apartado gastronómico que acerca al lector a la exquisitez de los platos, sin olvidar en ningún momento, la escasez y falta de suministro de algunos ingredientes, así como el racionamiento en la isla.
Padura no solo te acerca a La Habana Vieja, a sus personajes y sus circunstancias, sino que te introduce en el día a día de una ciudad con vida que se resiste a perder parte de su esencia. Su manejo del lenguaje, del ritmo narrativo y de cada uno de los personajes, hasta los que parecen menos representativos, le permitió crear una historia de grandes dimensiones, aunque su tamaño parezca decirnos lo contrario.
Conde, el Flaco Carlos, Josefina, Manolo, Karina y cada uno de los múltiples actores de Vientos de cuaresma son la antesala de lo que ha sido,  en parte es, Cuba, de sus ansias y sus desvaríos, de su pasado y su presente. No hay que olvidar que han pasado más de quince años desde su publicación, pero aún así es fácil descubrir que comparten el mismo aroma y la misma musicalidad, por no hablar del aire cálido del sur que sopla durante la primavera cubana y que, como todas las variaciones climáticas, afectan a los habitantes que las padecen.
Una novela de un escritor con mayúsculas (Premio Café Gijón 1995,  Premio Dashiell Hammett 2005, Premio Raymond Chandler 2009, Premio Nacional de Cuba 2012 y Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, entre otros) que no solo construye novelas, como Vientos de cuaresma, llenas de intriga y vitalidad, sino que perfecciona el arte de la escritura de tal manera que en ellas se descubren los más destacados componentes de la literatura en castellano.

jueves, 27 de febrero de 2014

LENNON. David Foenkinos



Mis primeros recuerdos musicales me devuelven a un viejo Renault amarillo y un radio-casette vetado para mis manos, una ranura horizontal intocable a la que únicamente las personas mayores podían acceder. En cuanto me gané el derecho a ser el acompañante del conductor empecé a poner cara a quienes me habían acompañado en mis viajes: Simon y Garfunkel, Nicola di Bari, Frank Sinatra y, por supuesto, Los Beatles.
La imagen de los cuatro músicos cruzando el paso de cebra en Abbey Road no me ha abandonado desde entonces, ni siquiera cuando otras portadas, ya de vinilo y de mi propiedad, cambiaban la imagen de Los Beatles. No puedo decir que sea un seguidor incondicional, pero su música no ha dejado de sonar  cerca de mi.
Así que descubrir que un libro que daba vida a John Lennon me parecía, cuanto menos, llamativo. Debo decir, antes que nada, que nunca sentí una preferencia por Lennon, incluso le miraba de reojo como culpable de la disolución de la banda (hasta hace bien poco apenas había prestado atención a sus canciones alejado de Los Beatles), así que tenía claro que no me podía sentir ofendido por nada de lo que sucediese en el libro.
Recordaba el buen sabor de boca que me había dejado La delicadeza, uno de esos libros que casi se leen sin querer y de los que su sola mención arquea la boca y aparece una especie de sonrisa, uno de esos libros de los que cabe decir "está bien", pero con la sinceridad de comprobar que el título es la mejor manera de definir su contenido. Así que volver a leer a Foenkinos no suponía ningún reto salvo el de comprobar qué había hecho con Lennon.
Y claro, un libro escrito en primera persona y dando voz al músico te mantiene la atención de la primera a la última página. Pero quizá lo mejor de todo radica en las primeras páginas del libro, antes de iniciarse las sesiones de psicoanálisis a las que se somete Lennon y de las que es fruto la narración, en la declaración de intenciones del escritor a la hora de darle voz al ex-beatles.
Una vez que redescubres que lo que tienes en tus manos es una obra de ficción sabes que vas a perdonar todos los desvaríos, los cambios de guión de una biografía de la que se ha escrito mucho.Así que desde esa primera sesión te dejas llevar como lector y viajas a los años 70 del siglo pasado, a hechos escuchados y vistos a posteriori, pero que forman parte de tu propia memoria. Y, lo que es más importante, logras penetrar en la mente de un personaje mítico, uno de los iconos de la juventud de aquellos años, y descubrir que apenas sí conocías unas cuantas cosas sobre él.
Sí, soy consciente de que lo leído es ficción (lo vuelvo a repetir), pero me da lo mismo, pues mientras he disfrutado de su lectura ha sido tan real como creíble. Claro que en más de una ocasión he "torcido el morro" y no me he sentido muy de acuerdo con las reflexiones de Lennon, pero si me paro a pensarlo es lo que me sucede cada vez que leo una biografía bien documentada, siempre me da la sensación que el biógrafo se ha dejado llevar, para bien o para mal.
Dice el propio autor que todos los hechos narrados son reales, que él ha jugado con sus pensamientos y su posible visión de los acontecimientos. Eso es, en resumen, lo que es el libro. Poco más se puede decir salvo que su lectura es agradable, cómoda y ágil.

domingo, 10 de noviembre de 2013

EL INVIERNO EN LISBOA. Antonio Muñoz Molina



A estas alturas es posible que pocos sean los lectores que no se han asomado al universo literario de Antonio Muñoz Molina, uno de los grandes escritores en lengua castellana de finales del siglo XX y principios del XXI. Autor de El jinete polaco, Los misterios de Madrid, El viento de la luna y Plenilunio, entre otros, ha obtenido recientemente el Premio Príncipe de Asturias; premio al que hay que sumar el Planeta en 1991, Premio de la Crítica en 1988, Premio Nacional de Literatura en los años 1988 y 1992.
Había disfrutado de muchas de sus novelas (incluso Ardor Guerrero me mostró la "mili" que yo no había hecho), pero tenía la deuda de hacerlo con El invierno en Lisboa, máxime cuando sus páginas me acompañaron en un viaje de ida y vuelta a la capital portuguesa sin que me atreviese a pasar de la primera página.
Cosa que agradezco, pues de haberlo hecho mis pies se habrían dirigido en pos del jazz, al que me sentía más cercano, en vez de hacerlo del fado, del que desconocía prácticamente todo, salvo quizá parte de su melancolía. Así que tengo que reconocer, ahora que por fin he leído la obra de Muñoz Molina, que sentí el lamento del fado gracias a no pasar de la primera página del libro. estoy seguro que de haberlo hecho habría buscado la también melancólica música del jazz lisboeta.
Quizá lo primero que me sorprendió fue descubrir que la lectura rápida y ágil que se me había antojado no era tal, y que me exigía un esfuerzo que, de inmediato, te ofrecía una satisfacción tan grande que te hacía aún más partícipe de la trama que en el libro se iba desarrollando.
Una trama sonora, que nadie dude que la música, el jazz, suena en cada una de sus páginas. De la misma manera que se ven envueltas en un abrazo donde el amor genera todo tipo de pasiones. Amor y música que se palpan más allá de lo que el narrador anónimo nos cuenta, que se sienten a sus anchas en los escenarios en que se desarrollan, en esos bares llenos de humo (en más de una ocasión uno siente que son sus ropas las que despiden el olor que genera la novela) y dibujados en blanco y negro.
Y es que, como bien refleja la contraportada del libro (qué bien no haberle prestado atención hasta una vez leído, o al menos qué bien olvidarme de las palabras allí escritas) nos encontramos con un homenaje al cine negro americano, hasta tal punto que uno como lector no se puede abstraer y lee y vive la novela siempre en estos matices. ¡Cómo no sentir la "Casablanca" de Bogart y Bergman!
Muñoz Molina nos ofrece un relato oral en el que el narrador nos contará unos hechos que él no ha vivido, sino los que otros le han contado, se convierte, desde esa primera página, en el interlocutor entre los protagonistas de la historia y el lector. Nos traslada la melancolía y la soledad de unos acontecimientos que antes que apurarnos, nos invitan a sumergirnos en ellos, a descubrir los entresijos de las relaciones entre sus protagonistas.
Tugurios sórdidos, llenos de humo, oscuros, donde las fisonomías que apenas se vislumbran logran atraparnos para vestirnos con gabardina y sombrero, eso sí, como dije antes, siempre en blanco y negro.
Una invitación a saborear una literatura de muchos quilates, en la que lo que más nos interesa es cómo su autor nos narra las cosas, hasta tal punto que lo que nos cuenta pasa a segundo plano. Claro que disfrutamos de la atmósfera de San Sebastián, Madrid y Lisboa (de sus locales), pero lo hacemos mucho más con la manera que tiene Antonio Muñoz Molina de trasladarnos allí y, lo que es más importante, de transportarnos a unos ambientes perfectamente definidos.