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domingo, 26 de abril de 2020

ESTUDIO EN NEGRO. José Carlos Somoza



Hacia mucho tiempo que ninguno de los libros de José Carlos Somoza habían pasado del montón de las "posibles lecturas" a "hoy comienzo la lectura", creo que fue La dama número 13 la última de sus historias que llenó mis noches, y mis pesadillas, de insomnio.
Cada obra que llegaba a mis manos me alertaba de esa posible lectura, pero ahí se quedaba, en el infructuoso deseo de que me atrapara. No desechaba su lectura, pero siempre quedaba relegada como si no quisiese enturbiar las buenas sensaciones que me había dejado su manera de narrar e implicar a lector.
Y esta vez sí, no sé explicar bien porqué, Estudio en negro superó la fase de indecisión y comencé su lectura con el miedo y el respeto de aquellas novelas de ambiente victoriano que se habían quedado en el limbo de las reseñables. O simplemente que se habían quedado eclipsadas por las de los grandes maestros, como competir con Charles Dickens, William Thakeray, Thomas Hardy, Anthony Trollope, Robert Louis Stevenson, Joseph Sheridan Le Fanu o Arthur Conan Doyle. Así que es muy difícil no emitir comparaciones, juicios de valor e imágenes impresas en la propia memoria, a la hora de acometer una lectura que te traslade a la Inglaterra del siglo XIX.
Sobre todo cuando uno comprueba, repito que no me gusta nada mirar la contraportada para que esta me influya -positiva o negativamente- en mi lectura, que uno de los protagonistas va a ser, nada más y nada menos, que un joven y aún inexperto doctor llamado Arthur Conan Doyle.
Con una más que llamativa prudencia comienzo una lectura que se antoja incierta, pero hay algo que, de inmediato logra que toda mi atención se centre en la historia que tengo entre manos, Atrás quedan todos los prejuicios, los temores, y me dejo embaucar por las palabras de la narradora, la enfermera Anne Mccarey. Palabras llenas de dudas, de congoja, pero con expresiones que me sitúan, de inmediato en ese Londres de la última década del siglo XIX primero y de Portsmouth después. Narrado en forma de crónica, el lector sera un espectador privilegiado de lo que la protagonista va viendo y sintiendo, sus dudas, miedos y recuerdos nos permiten observar con detalle cualquiera de los escenarios en que sucede la trama. No hacen falta descripciones farragosas, apenas unas pinceladas nos permiten descubrir lugares y personajes. Estos últimos, con apenas unos pocos detalles y su manera de actuar y hablar serian fácilmente identificables en una rueda de reconocimiento.
Una novela de misterio, pero que nos acerca a aspectos muy representativos de la época victoriana, desde el teatro, el hipnotismo, la teoría del magnetismo animal (mesmerismo) y al método deductivo de investigación que será fundamental en un personaje como Sherlock Holmes.
Además, hay en la novela algo oscuro, una neblina permanente que atrapa, que obliga al lector a seguir leyendo, a buscar respuestas a unas preguntas siquiera construidas. Algo distinto al misterio que envuelve a los personajes y su entorno. El autor crea esa atmósfera que oprime, que parece cortar el aliento, pero que a su vez no te permite apartarte del libro.
José Carlos Somoza no se conformará con construir una novela llena de misterio e intriga, donde el lector tendrá por momentos la sensación de estar siendo manipulado por acontecimientos y personajes, sino que se sumerge en la propia literatura para abordar el mundo del teatro inglés del siglo XIX y la importancia y trascendencia de un escritor, y su personaje, como es Arthur Conan Doyle

lunes, 12 de mayo de 2014

ESTUDIO EN ESCARLATA. Arthur Conan Doyle



Desde hace varios meses sentía el deseo de volver a leer una de las novelas de Conan Doyle en las que el protagonista es Sherlock Holmes. Los relatos suelen acompañarme con relativa frecuencia, pero quería volver a saborear la contundencia de uno de sus textos largos. Encima de los muchos libros que hay sobre mi mesa esperando ser leídos aparecía con insistencia El sabueso de los Baskerville, pero sin ser capaz de explicar la razón no llegué a pasar de la primera página.
No eran las páginas ajadas y amarillentas del ejemplar que me acompaña desde que tengo uso de razón, ni la sensación de haberlo leído repetidamente, había una necesidad en recuperar, paso a paso los movimientos de uno de los personajes más carismáticos de la literatura universal . Así que decidí empezar a releer a Conan Doyle por el principio, por el primero de sus libros: Estudio en escarlata. Y qué mejor forma de hacerlo que en la nueva edición ilustrada, como ya hizo con el título anterior, de Nórdica Libros, una editorial que logra mimar los textos clásicos dotándolos de una vitalidad que nos obliga a depositar nuestros ojos primero y nuestras manos  y mente después, sintiendo una tracción que solo es entendible cuando amamos los libros en sí mismos, por lo que son, representan y significan.
Con las ilustraciones de Fernando Vicente -búsquenlo en "Babelia", merece la pena- y la traducción de Esther Tusquets -de quien es también alguna de sus aventuras en la Editorial Rquer- Nórdica ha creado un libro fantástico que hace todos los honores a uno de los grandes genios de la novela policíaca.
Quizá lo más significativo de Estudio en escarlata es que logra impregnarnos del lenguaje tan personal y los modos narrativos de John H. Watson, sí, el Doctor Watson, pues será él quien nos cuente las aventuras de Sherlock Holmes con todo lujo de detalles. Será él quien, a modo de confesión casi personal y en voz baja, nos muestre quién es y cómo actúa el detective del 221 B de Baker Street, un narrador de lujo, presente en todos los escenarios y situaciones que describe.
Aunque sin duda lo mejor de esta primera entrega de sus aventuras (algunos relatos ya habían sido publicados en la prensa) es la presentación que de Sherlock Holmes y él mismo hace el Dr. Watson:

"Medía más de seis pies ochenta y era tan extremadamente delgado que parecía todavía más alto. Sus ojos eran agudos y penetrantes, salvo en los intervalos de sopor a los que he aludido; y su fina nariz aguileña confería a todo su semplante un aire vivaz y decidido. También su barbilla, prominente y cuadrada, revelaba a un hombre resuelto. Aunque sus manos estaban invariablemente manchadas de tinta y cubiertas de marcas causadas por productos químicos, Holmes poseía una extraordinaria delicadeza de tacto, como tuve ocasión de observar con frecuenca al verle manipular sus frágiles instrumentos de trabajo"

Por no mencionar las pautas del trabajo de "deducción" que al detective le gusta usar para desentrañar el crimen extraño que se les presenta y los juegos dialécticos con que adorna muchas de las explicaciones del propio Holmes.
Las descripciones, tanto de lugares como de cada uno de los personajes que van apareciendo, así como los diálogos a que somete a sus dos protagonistas principales hace que la narrativa de Conan Doyle, Sir Arthur Conan Doyle, logre envolvernos desde el inicio, creando una atmósfera londinense de la que es difícil escapar ( salvo en esa segunda parte en la que se nos traslada a suelo americano). Hasta tal punto ralentizamos la lectura todo lo posible, saboreando cada página, cada apreciación, cada palabra usada por el narrador para dejar volar nuestra imaginación hacia escenarios  fácilmente dibujados.
No voy a negar que frente al atractivo descomunal, casi hasta la adicción, de la primera parte ("Reimpresión de las memorias de John H. Watson, doctor en medicina y ex médico del ejército") hay un instante, tan solo uno, en que parece zozobrar la novela al inicio de la segunda parte ("El país de los santos"). No porqué esta no esté tan bien escrita como la primera, sino porque parece romper la dinámica, los escenarios e incluso los propios personajes.
De repente, cuando parece que estamos ante el clímax de la historia, cuando los personajes principales se asoman en toda su grandeza y la trama parece llegada a su fin, Conan Doyle nos paraliza con un final de capítulo brusco. Creemos llegar al final y aún queda la mitad del libro. Para nuestra sorpresa no solo cambiamos de escenario, sino incluso de continente y protagonistas, hasta tal punto que no resulta extraño que dudemos de qué es lo que estamos leyendo. De hecho debo reconocer que mi memoria había sido incapaz de retener esta parte de la historia, quitando ese segundo capítulo casi en su totalidad, incluso es más que posible que me imaginase una historia que nada tiene que ver con la primera parte.
Pero no hay duda que una vez superada la sorpresa, puesto en situación, el lector vuelve a dejarse seducir por el ritmo creciente de la narración de Conan Doyle, de esa historia que, poco a poco, se va perfilando de nuevo hasta que entendemos el porqué de ambas partes.
Una lectura entretenida, activa, sorprendente y ocurrente, como todas en las que Sherlock Holmes y, como no, el Dr. Watson, son protagonistas, sin el menor desperdicio y en la que los lectores somos parte fundamental de la propia historia narrada. Atentos a cada pista, a cada insinuación y detalle para resolver junto a nuestros protagonistas el crimen en que se ven envueltos.

miércoles, 22 de mayo de 2013

LAS HAZAÑAS DE SHERLOCK HOLMES. Adrian Conan Doyle y John Dickson Carr



No voy a negar que la profusión de imitadores o secuelas de Sherlock Holmes que durante estos últimos meses parece han invadido nuestros hogares casi han logrado sacarme de mis casillas. No sé, será que soy un nostálgico y me gusta respirar el ambiente del Londres Victoriano que despiden las novelas y relatos de Arthur Conan Doyle.
Pero hete aquí que un día descubro, casi sin buscarlo, pero amparado en el sello editorial de Valdemar, una obra desconocida para mi, y que en la firma aparecen los mismos apellidos del gran escritor inglés. No pude por menos que leer el prólogo e informarme que Adrian Conan Doyle era el hijo menor del escritor y que en connivencia con John Dickson Carr, escritor de novelas de misterio y gran seguidor de Sherlock Holmes, se habían embarcado, allá por los años cincuenta del siglo pasado, en escribir una serie de relatos lo más parecidos  a los escritos por Conan Doyle padre.
Los amplios conocimientos de ambos, las continuas correcciones y la veneración que sentían por el escritor, han logrado que los seis relatos que aparecen aquí se hayan reeditado continuamente desde entonces y sean considerados como los más cercanos a la pluma del propio Arthur Conan Doyle. La forma de expresarse, tanto Holmes como Watson, el uso de determinados apelativos, la elección de las tramas y la perfecta narración de cada uno de ellos logra que apenas te des cuenta de que los habitantes de Baker Street aparezcan creados por otras manos.
Intriga e insolencia, misterio y giros casi pedantes, Holmes y Watson, misterio y observación. Todo se mantiene como si en verdad la mano de Sir Arthur estuviese tras estas casi doscientas páginas.
Seis relatos que harán las delicias de los amantes del género, en especial aquellos que lo son de Sherlock Holmes, pues se mantiene toda la esencia, la estética y el ambiente que despiden. Además, y seguro que algunos se darán cuenta de inmediato, los relatos están basados en referencias que el propio Watson ofreció en la obra original, en aquellas  cuatro novelas y  cincuenta y seis historias cortas.
Unos relatos, o historias de pequeño tamaño, intensas, que parecen capítulos sacados de nuevo de la memoria del Doctor Watson y que se leen con soltura y atención, logrando que el lector tenga que desplegar todo el interés para que nada se escape, o al menos para lograr entender cada una de las frases y comentarios que lleva a cabo Sherlock Holmes.
No es Sir Arthur Conan Doyle, pero tras las primeras líneas de cada historia parece que carece de importancia, o al menos pasa a segundo plano.