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martes, 11 de agosto de 2020

EL KOALA ASESINO. RELATOS HUMORÍSTICOS DE LA AUSTRALIA PROFUNDA. Kenneth Cook




Cada vez que encuentro un libro con pretensiones de humorístico no puedo por menos que echarle un vistazo y comprobar si dichas pretensiones se corresponden con la realidad. Con demasiada frecuencia descubro que no sé qué entienden por humor los editores para atreverse a usar esa palabra en alguna de las partes visibles del libro. Incluso en más de una ocasión la palabra "delirante" debería haber sido cambiada por "insufrible" o "deprimente", pero está claro que no todos sentimos los libros y su lectura de la misma forma.
No voy a negar que Australia queda para mi muy lejos, y salvo algún documental, un par de películas (algunas vistas en la juventud y que ahora no aguanto ni cinco minutos) y referencias de algunos de mis paisanos que buscaron en las antípodas el lugar donde crear una nueva vida, apenas tengo más referencias que los tópicos que he ido creando a su alrededor. Sí, Marcus Zusak, el autor de La ladrona de libros, es australiano, pero la historia sucede en nuestro continente; lo mismo que buena parte de las novelas de Colllen McCullough, en especial la saga Señores de Roma. Aunque de la escritora australiana es fácil recordar, al menos por su versión televisiva, la obra El pájaro canta hasta morir (El pájaro espino), que sí se sitúa en tierras australianas.
Por supuesto que el título El koala asesino ya de por sí despierta cierta curiosidad, o al menos así me lo pareció a mí. Aunque el subtítulo de relatos humorísticos de la Australia profunda me hacían desconfiar. Comencé la lectura con más reparos de lo acostumbrado, aunque la imagen de portada, del koala con cara de pocos amigos y la singularidad de todo lo que representaba me obligaba a imaginar, cuanto menos, una lectura diferente.
Lo primero que hay que tener en cuenta es quién es, o mejor dicho, quién era Kenneth Cook. Un periodista y presentador de televisión, escritor y guionista, pero, por encima de todo un aventurero que recorrió Australia de cabo a rabo. Fruto de esos viajes, de la búsqueda de nuevos retos y espacios desconocidos son los quince relatos que conforman este libro. Un libro cuyo nexo común es el encuentro con los más variopintos animales, muchos de ellos exclusivos del continente australiano, y la destreza, o falta de ella, para salir indemne de ellos.
Llenos de ingenio y con un humor desbordante el autor nos traslada a los rincones más dispares de Australia y nos hace primero sorprendernos por su intrepidez y audacia (hay quien lo definiría como inconsciencia), y luego por la comicidad de los hechos que narra.Y es que Kenneth Cook es todo lo más alejado a un aventurero que nos podemos imaginar: con sobrepeso, torpeza excesiva, amante de la cerveza y demás líquidos alcohólicos, con una ausencia llamativa de moreno, vago desde su infancia y un verdadero imán para los problemas. Así que con esas características ¿qué le podía salir mal en su encuentro con cocodrilos hambrientos, serpientes venenosas, cerdos furiosos, camellos enloquecidos y gatos alocados? Todo o nada, según se mire, pues siempre, de la manera más increíble e inimaginable, logra salir con vida, que no indemne.
Sin duda alguna lo mejor que desprende este libro de relatos es que, además de las sonrisas que despierta,  cuando el relato leído parece insuperable, el siguiente logra sorprendernos más y lograr que dicha sonrisa se trasmute en risa, cuando no en carcajadas.
Un libro ocurrente, divertido y entretenido, que atrapa en todos sus relatos y que logra que cada uno se convierta en una verdadera historia por separado. Por supuesto que tras la lectura te quedan pocas ganas de conocer al protagonista, pero sí de seguir leyendo sus disparatadas aventuras. Esto es fácil gracias a sus otros dos libros de relatos El lagarto astronauta y El canguro alcohólico.

domingo, 31 de mayo de 2020

SAN, EL LIBRO DE LOS MILAGROS. Manuel Astur



Acercarte a un escritor desconocido suele llevar emparejado un riesgo, por experiencia merece la pena, sobre todo cuando el acercamiento es intuitivo y no atraído por una campaña publicitaria de la que no eres consciente. Por mi profesión conocía la existencia de Manuel Astur por su primera novela Quince días para acabar el mundo, a la que no pude evitar echar un vistazo, pero faltó ese impulso que sí me ha dado "el libro de los milagros".
Desde la primera página descubrimos que el mundo de Manuel Astur es diferente, que te va exigir algo más que la mera concentración de los libros que cuesta entender, te va a exigir abrir tu mente, librarte de ideas preconcebidas y someterte al mandato de las palabras: "Somos las primeras palabras. Somos los que fuimos y los recién llegados. Somos la fiesta y la jornada de trabajo y somos el aburrimiento".
Así, con esas palabras empieza un texto arrebatador, fluido, vibrante, pero que no para de dar vueltas, de dibujar caminos que se bifurcan a cada recodo y que recuerdan que la literatura es maravillosa.
Y esto es  porque el autor construye un relato arriesgado, arriesgado y agresivo, del que el lector se siente confuso y atrapado. Primero porque a pesar de saber de qué va el libro, serían necesarias muchas páginas para explicar todo su desarrollo, para comentar algo sobre él sin darte cuenta de que hay muchas más cosas que se han obviado. Y segundo por que Manuel Astur escribe muy bien, sabe combinar con una maestría insospechada los diferentes registros de la narración, convirtiendo el texto en una suerte de lectura apasionada.
Sí, el protagonista es Marcelino, Lino para el lector, y lleva tras de sí la carga de un universo familiar y personal nada desdeñable, una carga que se ve acrecentada por la situación del entorno rural que bien refleja el autor. Pero hay más, muchas cosas más. Desde la pluralidad de los narradores que hacen tan ardua como bella la lectura, hasta los saltos temporales que antes que frenar el interés por seguir leyendo, acrecienta el deseo de conocer y participar en esa especie de juego narrativo en que se convierte la novela.
Y hay, por encima de todo, mucho de mítico, de tragedia, de leyendas y creencias rurales. Pero visto esto no como algo negativo, sino todo lo contrario, como el rescoldo de la riqueza que atesoran los pueblos para mantener su propia esencia, la de sus tradiciones, miedos y formas de vida. Porque también hay mucho de costumbrismo, de esa visión antropológica que nos muestra, a través de un pequeño agujero un mundo que nos es a la vez cercano y ajeno.
De tal forma que en muchas ocasiones más que leer parece que se está escuchando, a modo de susurro, diferentes cuentos al amor de una lumbre. El lector se convierte en el testigo privilegiado de una cultura del saber y el vivir, de la brutalidad de un entorno y unas formas de vida que parecen ajenas y, sin embargo, están justo a nuestro lado.
Manuel Astur necesita apenas ciento setenta páginas para construir una vida, un drama rural, un canto a la naturaleza (Reserva Natural del Neva), un universo propio y dar la sensación de que el lector lo tenía atesorado en su memoria como si lo narrado formase parte de uno mismo.
Una novela eterna, mágica, donde la realidad parece leyenda y donde lo mítico se hace tan presente como la vida. Pasado y presente se dan la mano en la construcción de una parte de nosotros mismos.




viernes, 17 de abril de 2020

UN VIEJO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR. Luis Sepúlveda



   Leer las noticias estos días de confinamiento tienen el peligro de sentir el dolor por las cifras que se barajan, por los números que parecen hacernos inmunes ante la pérdida de vidas humanas y la tragedia que eso significa. Y cuando los números dan paso a los nombres no podemos por menos que recordar lo que han significado para nosotros.
Descubrí a Luis Sepúlveda gracias a que mi madre dejó, creo que a propósito, Un viejo que leía novelas de amor sobre mi mesilla, con la sana intención de curarme mi falta de atención hacia los escritores sudamericanos que no se apellidasen García Márquez.
Y no solo lo consiguió, sino que me abrió la puerta a un escritor fantástico, con una fuerza narrativa tan propia como subyugante, tan divertida como sugerente y tan limpia que uno no puede dejar de dar gracias por poder leerlos. Cuando luego descubrí que en algunos institutos era lectura obligatoria, como también lo era en otros Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, recuperé la fe en los profesores de literatura (reconozco que yo los tuve muy buenos).
Si hay algo que admiro de los escritores, de algunos escritores, es que sean capaces de escribir novelas, en el amplio sentido de la palabra, sin tener que estirar y estirar la historia, de contar de manera muy sencilla las cosas; de conseguir con breves pinceladas que los lectores seamos capaces de reconocer los lugares y personajes que hacen la historia.
Luis Sepúlveda ha conseguido eso y mucho más, pues ha logrado también que nos divirtamos con la novela, que tomemos conciencia de muchas cosas y, lo que es más importante, nos posicionemos en qué lugar queremos ocupar.
Así que no he podido por menos hoy que echar mano en la estantería de la vida de Antonio José Bolívar Proaño. He conocido como fue su mujer, Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo, al doctor Rubicundo Loachamín, a los indios shuar (mal llamados jíbaros) y otros vivos y muertos que completan una historia sugerente, verde amazónica, tierna y divertida, muy divertida. La lectura, relectura de Un viejo que leía novelas de amor  es ágil  y un deleite para los sentidos, un verdadero cúmulo de sensaciones que te obligan a leer despacio, saboreando cada frase, admirando la manera en que Luis Sepúlveda es capaz de comunicar, de lograr trasladarte a El Idilio y sus cercanías, su selva, sus ríos, su vida, sus gentes...
Y debo reconocer que la pena se ha trasmutado en placer por vivir de nuevo esta historia, de viajar, sentir la humedad, el calor, la vida.
GRACIAS LUIS.

viernes, 30 de marzo de 2018

LOS DIECISÉIS ÁRBOLES DEL SOMME. Lars Mytting



Lars Mytting logró en 2016, con “El libro de la madera”, demostrar que era un escritor y ensayista sobresaliente. De la nada construyó un libro que ha llegado en nuestro país a cotas inimaginables, teniendo en cuenta su escasa publicidad, convirtiéndose a lo largo del pasado año en uno de los libros más destacados de no ficción. No resulta pues extraño que su última novela LOS DIECISÉIS ÁRBOLES DEL SOMME  despertara el interés de cientos de lectores y que las buenas críticas se vayan sumando a la par que el aplauso de los lectores (obtuvo el Premio de los Libreros de Noruega). No solo estamos ante una novela brillante, escrita con una notable sensibilidad y maestría narrativa, sino que nos envuelve de tal manera que es más que probable que a partir de su lectura muchas cosas puedan verse de otra manera. Intensa y llena de encanto, la novela atrapa y nos sumerge en un universo del que no se desea salir, hasta tal punto que quizá lo más desagradable de su lectura sea abandonarla una vez finalizada esta.
Mytting consigue, con destacada maestría, acercarnos a la naturaleza y la tierra, hacernos conscientes de aquellas cosas que nos vinculan con ellas. Sí, de nuevo encontramos la fuerza de los árboles, de esa tierra que nos atrapa y nos mantiene vivos y que es capaz de cicatrizar cualquiera de nuestras múltiples heridas.
Pero quizá lo más significativo en la prosa del escritor noruego, además de recrear con notable soltura el escenario natural en que se mueve el personaje principal, es el manejo de la trama, de los tiempos en que se recrea la historia. Y lo hace aportándonos, en pequeñas, muy pequeñas dosis, lo justo para sigamos indagando en la lectura en el ardiente deseo de saber algo más, de llenar los vacíos que el propio protagonista intenta completar.
Una novela de historia y naturaleza, de búsqueda personal y familiar, de acercamiento al espacio que ocupa la memoria de los que se fueron. Hay pérdida sí, pero como el inicio de una historia de la que apenas se conocen los primeros enunciados.
Mytting nos abre la puerta a un mundo lleno de enigmas y lo hace de una manera sencilla, sin sobresaltos, en la que el lector va a ir tomando partido como un espectador que no puede evitar situarse en uno u otro lado del escenario.

martes, 12 de marzo de 2013

LOS PÁJAROS DE AUSCHWITZ. Arno Surminski



Debo reconocer que hubo un tiempo en que cualquier episodio de la II Guerra Mundial me llamaba tanto la atención que era capaz de dejar lo que estaba leyendo para dedicar todos mis esfuerzos a dicha lectura. Batallas, memorias, novelas y biografías me suponían una fuente inagotable de entretenimiento y, por qué no, de continuo aprendizaje. No recuerdo bien cuando el interés decayó, creo recordar que fue motivado más por algún tipo de moda que por pérdida de atractivo.
Pero como siempre hay algunos libros que llaman la atención sin saber porqué, cogí Los pájaros de Auschwitz casi con el convencimiento de que iba a ser una buena lectura. Eso sí, temía que la alegoría de pájaros y campo de concentración tuviese algo que ver con el libro y la atracción se convirtiese en rechazo.
Y no, no existe ninguna segunda intención en el título, ni esconde este algún tipo de mensaje oculto. Simplemente estamos ante una novela basada en un hecho concreto y real. Con un personaje y un acontecimiento que sucedió en el campo de concentración que da nombre al libro, un ornitólogo y un trabajo: "Observaciones sobre la fauna ornitológica de Auschwitz".
El autor tiene el detalle de cambiar el nombre de los protagonistas, de Niethammer y Grebackis por Marek y Grote, para construir un relato sólido en el que lo que sucede en el campo de concentración ocupa un segundo plano. 
Una historia periférica que mediante dos personajes principales logra situarnos, como lectores, al filo de una navaja, pues hay momentos en los que lograremos olvidarnos de la situación real de estos y los demás habitantes del campo, para sumergirnos de repente en la dureza de la realidad (aunque ambas sean realidades) en un lugar donde no a nadie se le esconde lo que sucede. 
Junto a gorriones, garzas reales, petirrojos, ruiseñores y pinzones, encontramos barracones, alambradas,  la horca y los hornos crematorios. La crueldad y el horror están ahí, no se despegan, pero se usan de manera periférica, casi de forma sutil. Arno Suminski crea una narración distante, en la que los dos protagonistas, aunque manteniendo la distancia, parecen ajenos a lo que sucede. Por suerte el escritor no cae en falsa sensiblería e impide cierta camaradería que haría perder crédito a la propia historia.
Una novela de muy diversas lecturas, inquietante para el lector del siglo XXI  que no puede evitar ver más allá de lo que cuenta el libro, imágenes sobrecogedores que no están entre sus páginas. Desasosiego al percibir que se da importancia a unas cosas, siempre los pájaros, y a otras no...