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miércoles, 22 de abril de 2020

EL CLUB DE LOS GOURMETS. Junichiro Tanizaki



Junichiro Tanizaki es, desde hace muchos años, un escritor japonés que me tiene subyugado. Aunque reconozco que aún están a la espera de futuras lecturas varias de sus obras, otras se han ido sucediendo con notable satisfacción (ver La Llave en este blog), demostrándome como lector todo lo que atesora uno de los escritores japoneses más importantes del siglo XX. 
Para aquellos que les asuste la narrativa japonesa, la lentitud, la reflexión y el detallado reflejo del comportamiento humano que a veces, al lector occidental, nos  parece ralentiza en exceso la lectura van a encontrar, máxime en El club de los gourmets, en Tanizaki algo muy diferente. Una sátira irreverente, agridulce y, a pesar de los años transcurridos, publicado en 1919, muy actual.
En este cuento Tanizaki deja patente lo delicado de su pluma, la sencillez del inicio, que aunque con notables luces y sombras incita al lector en penetrar en un mundo que rápidamente se torna decadente, hasta que el relato se convierte en un espacio onírico, cercano al realismo mágico y en el que al lector-espectador le costará descubrir, al menos en una lectura rápida, qué es y qué no real.
Acompañado por las soberbias ilustraciones de Yoko Nakajima, el texto nos acerca a la búsqueda del placer a través de la gastronomía, con descripciones sugerentes llenas de metáforas que obligan al lector occidental a entrar en el doble juego de leer con detenimiento y saborear los platos que van apareciendo. 
El club de los gourmets, al contrario de lo que pasa con los cinco excéntricos miembros del mismo, invita a la lectura calma, con amplios descansos cada dos páginas, a saborear cada cambio sustancial de plato. Un relato lleno de aromas, de juegos de luces, de crítica, humor, desgarro e incomprensión, pero también de magia, de placer, de perfección y de irrealidad.



miércoles, 18 de abril de 2018

VIENTOS DE CUARESMA. Leonardo Padura


Hace pocas fechas aparecía por fin la última de las novelas de Leonardo Padura La transparencia del tiempo. Así que era la compañía perfecta para un viaje a La Habana, pero al ser novedad, su peso y tamaño no lo presentaban como la mejor de las compañías. Había pues que buscar alguno de sus anteriores trabajos y qué mejor que hacerlo con la segunda entrega del todavía teniente investigador Mario Conde (la primera había sido Pasado Perfecto), Vientos de cuaresma.
Con ella no solo volví a sumergirme en una novela policíaca con reminiscencias a Hammett, Chandler, Sciascia y Vázquez Montalbán, sino que de inmediato tuve ante mí la ciudad de La Habana. Con su hermosura y decrepitud, con su pasado y su presente y, por encima de todo, la nostalgia de cada uno de sus rincones.
Y es que Mario Conde recupera las más destacadas características de la novela negra, desde su propio personaje: desinhibido, vividor, desordenado, con las adicciones políticamente incorrectas que suponen el alcohol, el tabaco y, como no, el sexo. Hasta los escenarios por lo que se mueve y los personajes que poco a poco se van asomando y que adquieren un protagonismo que sirve siempre para que el propio Conde crezca a medida que se suman las páginas.
Amistad, música  (también el ron  el tabaco y las  mujeres ), y con la dosis de intriga necesaria para atrapar al lector ávido de historias interesantes y bien contadas, componen un trabajo bien hilvanado, con la presencia justa de cada uno de sus componentes. Sin olvidar, claro está, el apartado gastronómico que acerca al lector a la exquisitez de los platos, sin olvidar en ningún momento, la escasez y falta de suministro de algunos ingredientes, así como el racionamiento en la isla.
Padura no solo te acerca a La Habana Vieja, a sus personajes y sus circunstancias, sino que te introduce en el día a día de una ciudad con vida que se resiste a perder parte de su esencia. Su manejo del lenguaje, del ritmo narrativo y de cada uno de los personajes, hasta los que parecen menos representativos, le permitió crear una historia de grandes dimensiones, aunque su tamaño parezca decirnos lo contrario.
Conde, el Flaco Carlos, Josefina, Manolo, Karina y cada uno de los múltiples actores de Vientos de cuaresma son la antesala de lo que ha sido,  en parte es, Cuba, de sus ansias y sus desvaríos, de su pasado y su presente. No hay que olvidar que han pasado más de quince años desde su publicación, pero aún así es fácil descubrir que comparten el mismo aroma y la misma musicalidad, por no hablar del aire cálido del sur que sopla durante la primavera cubana y que, como todas las variaciones climáticas, afectan a los habitantes que las padecen.
Una novela de un escritor con mayúsculas (Premio Café Gijón 1995,  Premio Dashiell Hammett 2005, Premio Raymond Chandler 2009, Premio Nacional de Cuba 2012 y Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, entre otros) que no solo construye novelas, como Vientos de cuaresma, llenas de intriga y vitalidad, sino que perfecciona el arte de la escritura de tal manera que en ellas se descubren los más destacados componentes de la literatura en castellano.

martes, 20 de agosto de 2013

CHAUEN, COLORES Y SABORES. Rosa Ortega Canadell



Cuando me regalaron este libro, y sin mirar siquiera la portada, me dijeron como única referencia que me iba a gustar. Por el nombre de su autora conocía, por la misma persona que me entregaba el libro, su poemario Geometría de la soledad y poco más, salvo que era, o había sido, profesora de historia y había ejercido en Soria algunos años.
La portada, el título y el subtítulo lo decían todo, pretendían llevarme a la zona de Marruecos que no conozco. Sí, lo he visitado en varias ocasiones, pero siempre he evitado, no sé si consciente o inconscientemente, el norte, la región que más influencia ha recibido de España. De hecho estas líneas las he escrito en Marrakech, después de pasear sin rumbo por sus calles, de observar a sus habitantes y recorrer sus zocos después de dos años sin hacerlo.
El caso es que la autora, sin mayor pretensión que dar rienda suelta a la memoria y descubrir qué se mantiene en ella de sus recuerdos de infancia. Y el hecho es que lo que consigue, el título es acertado donde los haya, aunque cabría añadir los olores que también logran transmitir sus páginas.
Los colores y los sabores que inundan la memoria de Rosa Ortega quedan plasmados con maestría, dejando que sean las palabras las que dejen fluir los sentimientos, los acontecimientos más significativos de una infancia ya lejana. Y es que la autora no se conforma con describir Chauen, sus rincones, sus habitantes, sus colores... No, nos ofrece pinceladas de su propia esencia, de ese espíritu que no ha logrado apagar el paso del tiempo, la importancia del paso de las estaciones y la relevancia de cada una de ellas en la vida cotidiana.
El libro no es, lo que se agradece, un libro de memorias al uso, es un cuaderno que nos traslada a la época colonial, que  nos dibuja perfectamente el día a día de españoles y marroquíes, la mezcla de dos culturas en cada uno de los acontecimientos que se desarrollaban, por muy insignificantes que estos fueran.
Rosa Ortega nos describe más de treinta recetas de cocina en las que queda patente dicha mezcla, no solo porque ambas gastronomías poseen suficientes alicientes como para ser tenidas en cuenta, sino porque en la narración se descubre la fusión existente entre ambas.
En poco más de 140 páginas el lector conocerá cómo era la vida en las colonias, cómo se desarrollaba la existencia de una familia normal, la alimentación, el trabajo, la cultura, los estudios, las vacaciones y un sinfín de cosas más de una manera sencilla e ilustrativa.