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sábado, 13 de junio de 2020

EL RETORNO. Tahar Ben Jelloun



Una de las cosas buenas que tuvo el confinamiento inicial, el primer mes, para aquellos que amamos la lectura y no sentimos el azote de la enfermedad en nuestras casas, fue el disponer de tiempo suficiente para recuperar aquellos libros que se quedaron congelados en las estanterías. Aquellos libros que han tenido que esperar su momento atrapados entre el flujo constante de las novedades editoriales y la relectura de los clásicos.
Entre esos libros "olvidados", aunque siempre presentes, estaba El retorno de Tahar Ben Jelloun, autor de obras tan impactantes como El libro de arena y La noche sagrada que me acercaron a algunos de los problemas de la sociedad en el mundo árabe. Sus numerosas novelas y el impacto entre los lectores han hecho de él el escritor francófono más traducido del mundo (ganó el Premio Goncourt en 1987 con La noche sagrada).
El retorno es la historia del desarraigo, de quien tras una vida en Francia, en el momento en que le llega la jubilación, añora como nunca el Marruecos que le vio nacer y crecer. Mohamed es un buen musulmán, que cumple las normas básicas del islam (sigue teniendo presentes las palabras de su padre cuando era niño: "Escucha, hijo, puedes saltarte las oraciones. Lo esencial del islam es ser limpio, respetar a tus padres y profesores y no mentir, no robar, ..."), respeta a todos y no hace daño a nadie, en especial a los débiles y los pobres.
Por eso no entiende porqué sus hijos se han alejado de sus costumbres, se declaran franceses y tienen en Marruecos únicamente el espacio en que pasaban sus vacaciones de verano siendo niños.
Con una prosa sencilla y serena Ben Jelloun nos ofrece un relato intimista que nos acerca a la cultura, la religión y la tradición del país del Magreb. Por supuesto que en todo momento hay un tono crítico que posiciona al lector en la disyuntiva de acercarse al protagonista o al autor. Y es que en todo momento existe una doble sensación de realidad, la que uno tienen formada, se acerque o aleje a la del autor, y la que recibe a través de las palabras de Mohamed (a pesar de llevar toda una vida en Francia jamás ha solicitado la nacionalidad francesa y se mantiene como un emigrante marroquí).
El retorno nos habla de emigración, de racismo, de religión y ruptura, pero también lo hace de identidad, de creencias y de fe, de vida, al fin y al cabo. Y lo hace de tal manera que es difícil desprenderse del aroma que despiden sus palabras, de ese tono confidencial con que nos va transmitiendo los pensamientos de Mohamed. A todo ello ayuda, no hay duda, la diferencia de discursos según la persona que los narre: en primera persona a la hora de mostrar los recuerdos y la nostalgia y en tercera cuando la narración se vuelve objetiva.
A lo largo de las páginas se hacen presentes los aspectos más íntimos de la existencia, preguntas sin respuesta y miedos se que se van dibujando con soltura y dinamismo, pero sin olvidar la distancia que separa a la sociedad de Marruecos de la europea (no hay que olvidar que el propio Ben Jelloun, nacido en Fez en 1944, siempre ha dicho que hay dos cosas que no soporta de su país de origen, la falta de serenidad y la corrupción). El autor señala la situación de las mujeres en el mundo árabe marroquí, la importancia de la religión y la tradición y la importancia de la casa y la familia; pero también de aquellos que se aprovechan del Estado, de quienes no encuentran equilibrio entre el pasado y el presente y de quienes reniegan de sus orígenes.
A lo largo de poco más de ciento noventa páginas Ben Jelloun nos muestra el problema del desarraigo, pero también la magia y la poesía de Marruecos.

sábado, 3 de marzo de 2018

PEQUEÑO PAÍS. Gael Faye


Hace mucho tiempo que dejé de señalar en los libros, de subrayar y poner notas al margen, no por afán de mantener el libro lo más intacto posible, sino para evitar predisponerme a ideas en una posterior lectura. Es cierto que no puedo evitar tomar notas de aquellas frases o ideas que me llaman la atención, pero en muchas ocasiones la búsqueda de aquel detalle me obliga a leer más de un capítulo para evitar que mis palabras no se ajusten de manera completa a las propias palabras de autor, o en su caso del traductor.
Pero claro, qué sucede cuando las frases se van agolpando a medida que pasan las páginas, cuando las ideas preconcebidas se diluyen con una rapidez pasmosa, cuando las risas dan paso al llanto contenido y cuando múltiples emociones hacen que las imperfecciones del mundo que crees conocer son simples anécdotas con las realidades de otros mundos.
Pues sencillamente que todo en ti se convulsiona y que descubres lo que la lectura de un buen libro puede repercutir en tu manera de ver el mundo, tu mundo y el de aquellos que ni siquiera conocerás nunca.
La "biografía" novelada, o los recuerdos de la infancia, de un rapero puede ser alentadora, intrigante, máxime cuando procede del continente africano. No tanto por su fama o la de sus letras (mi ignorancia en este sentido es supina), ni siquiera por contar con el galardón del Goncourt des Lycéens, sino porque la mayor parte de los aspectos de la historia reciente de países como Ruanda o Burindi me eran desconocidos.
Soy consciente, y lo era también a la hora de comenzar la lectura, de que los libros que usan la mirada de un niño para narrar cualquiera de los aspectos de la experiencia difieren mucho a la de los adultos y que a pesar de la señalada frescura en muchas ocasiones produce relatos simples y edulcorados que apenas se cierra el libro desaparecen de la memoria del lector. Pero en esta ocasión hay una advertencia clara al inicio del relato cuando su protagonista, instalado de manera permanente  en Francia y con cuya nacionalidad siempre ha contado, nos señala la obsesión por volver al país de su infancia, a esa aprensiva necesidad de recuperar sonidos, olores, sensaciones...
Así que de inmediato Gaby, la voz que nos relatará aquellos capítulos de la infancia, comienza a hablarnos de lo que conoce, de lo que vive a su alrededor, pero también la herencia de los recuerdos que su familia, la reconstrucción de un pasado que a él se le antoja cercano, pero que no ha sentido en sus carnes.
Quizá lo más llamativo, lo que se aleja de relatos de este tipo, es que no se sumerge en los aspectos más grises de la población, se centra en una clase media urbana, con un mestizaje cultural destacable - su padre es francés y su madre ruandesa y tutsi -, una clase ajena al África que el turismo se ha preocupado de recuperar, la del animismo, los baobab, las tribus... Estamos hablando de una población que se nutre de las dos culturas, la africana y la europea, y que se encuentra en un lugar elevado de la escala social.
Pero aquella mirad infantil, la que parece ajena al dolor de los conflictos que se suceden a su alrededor, demuestra que no deja de ser consciente de todo lo que ha sucedido y va a suceder. De manera que el relato infantil de amistad, armonía, juegos y crecimiento personal, se convierte de manera brusca en actor y testigo de lo que sucede tanto en Ruanda como en Burundi. Dando paso a una novela dura, desgarradora, donde la crudeza de las descripciones queda suavizada por la neutralidad a la hora de contar lo más doloroso.
Gaël Faye se ha convertido en la voz de dos países sin apenas tradición literaria, explicando con sencillez y total naturalidad acontecimientos que parecen muy lejanos desde el prisma europeo, pero que nos pueden dar un toque de atención sobre una situación que nos parece normal, pero que es, como así lo refiere en varias ocasiones el autor, algo anómalo: la guerra no es algo común a África, es una anomalía que hay que conocer para evitar y solucionar.
Sí, estamos ante una lectura fresca, con una prosa que atrapa y que te ofrece en pequeñas dosis la historia convulsa de fines del siglo XX en Ruanda y Burundi. Pero sin duda alguna, lo más significativo, es que está llena de sorpresas, de perlas que te van a acompañar durante mucho tiempo y que te va a hacer pensar y poner los ojos y la mente en la gravedad de los conflictos y, por encima de todo, en los seres humanos que las sufren.

domingo, 11 de enero de 2015

A QUÉ ESPERAN LOS MONOS... Yasmina Khadra



Cualquier anuncio de una nueva novela de Yasmina Khadra suelo recibirlo con la alegría de una agradable lectura, aunque con la incógnita de si esta seguirá estando a la altura de las anteriores. No puedo evitar sentir ese miedo a que se rompa el encanto de aquellos autores que siempre me han ofrecido una buena obra, por eso no suele resultar extraño que sus nuevos trabajos pasen meses apilados esperando el momento oportuno para ser leídos.
La espera esta vez no ha sido larga, había algo en la novela que me atraía con un magnetismo especial, no sé si el título o la sensación de volver a leer una novela de intriga con tintes policíacos. Sí, desde las primeras páginas uno se siente sumergido en una historia llena de misterio, de esas que atrapan y se van desgranando con lentitud, exiguiéndote una paciencia que consigue que la lectura se acompase con imágenes claras y concisas del entorno en que suceden los acontecimientos. Pero hay algo que la hace diferente, que te demuestra que Yasmina Khadra (pseudónimo de Mohamed Moulessehoul) escribe de forma diferente, que sus libros siempre aportan algo más que un simple entretenimiento.
A qué esperan los monos... como prácticamente todas sus novelas anteriores tiene mucho de denuncia. Sí, claro que es una novela de ficción y tan bien escrita que el lector queda atrapado desde el inicio, pero antes que señalarla como novela negra, género al que parece pertenecer, sería más fácil enclavarla dentro del género de la novela política ya que a lo largo de sus páginas el autor dedica sus esfuerzos en denunciar la corrupción existente en Argelia. Una corrupción que parece atrapar todo el sistema del país norteafricano y que abarca los ámbitos más variopintos como el económico, el político, e incluso el religioso.
Con la precisión que le caracteriza Khadra convierte cada página en un fresco en el que aparece dibujada una parte de la sociedad argelina, construyendo una historia tan real que hay momentos en los que parece estés leyendo una noticia veraz, hasta tal punto que pasas la página esperando descubrir una entrevista que aclare lo que hasta el momento ha sucedido. Logra, además, crear la tensión suficiente para que toda tu atención se centre en lo que en ese momento se está narrando, aunque sin poder evitar que cientos de imágenes aparezcan en tu mente intentando completar el puzzle cuyas piezas van apareciendo tras cada palabra.
Una novela inquietante, de lectura ágil y con sorprendentes giros que ponen a prueba la pericia del lector para atar los cabos a la misma velocidad con que son narrados. Una lectura para mirar a ambos lados y comprobar que todo está como tú lo imaginabas antes de ponerte a leer.

Otras obras de Yasmina Khadra:
Morituri (1997), Los corderos del señor (1998), Doble blanco (1998), El otoño de las quimeras (1998), Lo que sueñan los lobos (1999), El escritor (2001), Las golondrinas de Kabul (2002), Trilogía de Argel (2002), La prima K (2003), La parte del muerto (2004), El atentado (2005), Las sirenas de Bagdad (2006), Lo que el día le debe a la noche (2008), La ecuación de la vida (2012), Los ángeles mueren por nuestras heridas (2013).

martes, 5 de febrero de 2013

LA ECUACIÓN DE LA VIDA. Yasmina Khadra


Quizá no fue la lectura mejor elegida de mi vida, pues leer este libro en plena África Negra tiene sus riesgos. No tanto por la portada, que tuve cuidado de tapar (no por nada, pero siempre tienes respeto a ciertas imágenes), sino por su contenido.
Y es que Khadra nos muestra en esta ocasión a dos cooperantes secuestrados por piratas cerca de la costa de Somalia y las penalidades que padecerán. Una experiencia dramática narrada de manera cruda y que no deja de impactar gracias a la perfecta narración y puesta en situación, llegando a obligar a cerrar el libro por unas imágenes que, al menos durante la lectura, se hacen tan reales como dolorosas.
Pero quizá lo que mejor logra el autor es mostrar la diferencia existente entre el llamado primer mundo, Alemania en concreto, y el África profunda y llena de conflictos armados. Todo ello gracias a una narración directa, en la que los personajes van evolucionando a medida que transcurre la historia.
Aún así, el autor consigue realizar un verdadero canto a África, una llamada a la esperanza en los momentos y lugares más difíciles, así como el afán de superación de todo el género humano.
Una novela que corta la respiración y de la que apenas te puedes desprender a lo largo de la lectura, pasando las páginas a una velocidad vertiginosa como si de una novela de intriga se tratara. Hay quien puede notar lagunas, incluso licencias literarias, pero aún así la gestión de toda la historia se hace creíble y, sobre todo, permite mostrar una situación que en muchas ocasiones apenas sí somos conscientes salvo por ciertas noticias de vez en cuando.
A pesar de narrar una historia lineal, hay giros dentro de la novela que sorprenden y agudizan, aún más si cabe, la sensación de opresión que se busca en la lectura, sobre todo cuando se narran los momentos más intensos y dramáticos.