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domingo, 7 de febrero de 2016

VERDADERA HISTORIA DE LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE TIBERIO GALÁN. Alfonso Bengoechea Miravalles



He seguido con detenimiento la trayectoria de Alfonso Bengoechea, en un principio como lector (al menos en buena parte) y luego como escritor y narrador. Historias del tío Picaliendres, El club de la pluma de ganso, El gato de Ofelia Uribe, El secreto del capitán Mendizábal y su participación en la obra colectiva De buena pluma fueron lecturas deliciosas en las que traté que el tiempo se fuese espaciando para no caer en la tentación de uniformar como un conjunto narrativo personal de su autor. De hecho la aportación a este último trabajo colectivo fue la base del presente libro con el título La máquina del tiempo de Tiberio Galán.
No voy a negar que lo que me esperaba era una especie de continuación, o incluso una historia paralela, pero para mi sorpresa se trataba de una revisión, de una ampliación de aquel relato breve. Había pues un riesgo añadido que parecía no importarle en absoluto al escritor, pero que en el lector podía despertar ciertas dudas o, al menos, en encontrase en terreno demasiado conocido que suavizase el impacto de la lectura.
Nada más lejos de la realidad, desde la primera frase el lector queda atrapado por una narración inteligente e ingeniosa de la que no puede desprenderse, sintiéndose uno más de los múltiples personajes que van poblando la novela.
Alfonso Bengoechea no solo construye una historia fabulosa y sumamente entretenida, sino que la dota de una vitalidad que parece traspasar los límites de la propia lectura. Tanto la construcción del espacio en que se mueven los personajes, como la aparición de cada uno de estos, conforman un universo propio del que parten múltiples historias no escritas. No solo descubrimos cuál es la verdadera historia de Tiberio Galán, sino la historia de un nutrido grupo de personajes con vida propia en un pueblo castellano de la posguerra española.
El autor maneja la ironía con una perfección tal que el lector pasará con una rapidez pasmosa del asombro a la sonrisa, descubriendo en cada párrafo un nuevo motivo para la sorpresa y para seguir leyendo. La propia lectura se hace cada vez más intensa y ágil, sobrevolando las páginas del libro como si cada uno de los capítulos tuviesen ya un hueco en la mente del lector y el único trabajo del escritor sea el tratar de ir aclarándolos. Y es que se produce casi desde las primeras páginas una fusión narrador-escritor que no desaparece en ningún  momento, al contrario, se va intensificando a medida que trascurre la historia. Eso sí, en el juego en el que ambos participan todos resultan ganadores, uno por que logra llevar al otro de la mano y el otro porque no deja de disfrutar en todo momento.
Alfonso Bengoechea no solo tiene una buena idea y es capaz de trasladarla en un libro, sino que cada palabra, cada línea, cada párrafo y cada capítulo están construidos en su justa medida, terminando por aclarar, si en algún momento existió la duda, el porqué de la revisión de un texto, de una historia antes escrita.
Una novela entretenida, inteligente y satisfactoria, que demuestra que el mundo literario que el autor esconde en su pluma, sea o no de ganso, debe salir con fluidez y permitir que su sarcasmo forme parte de todo buen lector que se precie. Y como trabajador infatigable acaba de regalarnos su última entrega: la última escapada del capitán Mendizabal.

domingo, 17 de mayo de 2015

EL ÚLTIMO CAPÍTULO. Javier Lizasoain Hernández



Hay libros que llegan a mis manos en extrañas circunstancias y que suponen un aliciente especial que me atrae de una manera inexplicable. No hay duda que El último capítulo es un libro de notable factura editorial, hecho con mimo y con el cariño de quien siente amor y pasión por el libro impreso, así que resulta atractivo una vez lo tienes entre manos y no puedes dejar de dar gracias al editor, Doce Calles, que se ha preocupado de hacerlo de esta manera. Pero que te comprometas a leerte el libro sin conocer ni el tema, ni el autor, ni el libro físico, es algo que solo se produce cuando hay algo que te da buenas vibraciones.
Por eso he querido que el tiempo enfriase muchos de los estímulos de la lectura y ponerme a escribir cuando esta estuviese lo suficientemente reposada, cuando los ecos de una cómoda, ágil y estupenda presentación, se hubiesen acallado del todo, cuando las voces femeninas que pueblan sus páginas se mantuviesen en mi memoria de manera convincente.
De Javier Lizasoain Hernández desconocía todo, salvo la amistad de quien me entregó el libro, así que al hilo de la lectura me sentí obligado a buscar algo de información sobre sus actividades. Profesor de instituto (menos mal que ya había leído el libro, si no me habrían asaltado las dudas de estar ante el fruto de una experiencia docente antes que la necesidad de escribir), licenciado y apasionado del arte y poco más (autor de un libro de Historia del Arte de segundo de bachillerato) que me permitiese conocer al creador de una novela tan arriesgada como elocuente.
De entrada hay que señalar que el atractivo principal, junto con el de quien me dio el libro, radicaba en centrar la novela en una de las joyas del arte español, la llamada "Capilla Sixtina" de Castilla, la ermita de San Baudelio de Casillas de Berlanga (basta echar un vistazo a la portada del libro para observar una de las escenas que ilustraban sus paredes). Pero lo que no podía esperar era que el autor (se que en estos tiempos de igualdad de géneros no debería señalarlo, pero aquí está) construyese la historia alrededor del mundo femenino. No conformándose con eso dará voz a tres mujeres, de tres generaciones distintas, abuela, madre y nieta, para que la historia se conforme en un canto coral que, cuanto menos, resulte creíble a los ojos de cualquier lector.
El autor no solo tiene oficio, en el buen sentido de la palabra, a la hora de conformar la historia narrada, sino que logra transmitirnos su pasión por las pinturas de la ermita, por los avatares que estas sufrieron a lo largo del siglo XX y nos invita a uno, o mejor dicho a varios viajes a través de la visión y la mente de Justina, Lucía y Marina. Viaje, viajes, historia e historias que se van abriendo a los ojos del lector con la fluidez necesaria para penetrar  en ellas como si formasen parte de nuestra memoria colectiva.
Comenzar a leer y sumergirse en un mundo lleno de incógnitas es todo uno, aunque como sucede con la propia ermita, con una puerta cerrada y un exterior sencillo, se van abriendo a la luz paredes e imágenes sorprendentes, escenas inimaginables y personajes increíbles. Javier logra crear una novela austera en el exterior para crear un espacio en el que se van abriendo caminos y pasillos, no todos se recorren de inmediato, algunos se aparcan para volver más tarde, algunos se visitan con deleite y otros se pisan como dentro de una ensoñación. De la mano de las tres protagonistas nos sentimos espectadores privilegiados no solo de sus experiencias, si no de la historia de muchos de los pueblos y ciudades de España.
Eso sí, hay un capítulo que merece la pena ser tenido en cuenta de manera especial, casi individual.  El capítulo II titulado "Y el hombre se hizo alma" es tan magnífico como arriesgado (hay quien diría incluso osado) y que constituye un apartado aparte. El maestro de San Baudelio nos traslada a un pasado mucho más lejano y a la manera de la mejor narración histórica nos recrea una imágenes casi cinematográficas, tan elocuentes que nos invita a cerrar los ojos y sumergirnos en una época de la que iremos recuperando imágenes a medida que avanzamos en la lectura.
Una novela de búsqueda, de lucha, en la que las pasiones se van abriendo con tal fuerza que nos impedirán abandonar el libro y que deseemos, junto con las protagonistas llenar los vacíos que se van abriendo en cada página.


jueves, 8 de mayo de 2014

EL CANTO DEL CUCO. Abel Hernández



Quizá lo más llamativo que tienen los libros de Abel Hernández sobre las Tierras Altas de Soria es que despiertan una pasión diferente según quien sea el lector, cada uno se decanta por un título diferente. Historias de la Alcarama, El caballo de cartón (Premio de la Crítica de Castilla y León) y Leyendas de la Alcarama completan ese amplio mosaico en el que la prosa de Abel Hernández desentraña el pasado y el presente de un lugar real que gracias a su pluma dibuja tintes casi míticos.
Antes de nada señalar que El canto del cuco es una lectura atípica, máxime cuando se compara con sus anteriores trabajos, en la que la frescura oculta la precisión de un trabajo mejor estructurado.Ser fruto del blog que da título al libro y en el que Abel despliega con maestría su oficio de periodista, el formidable manejo del lenguaje y su memoria para trasladarnos de nuevo al Sarnago de su infancia, tiene sus ventajas e inconvenientes.
Pos supuesto que no presenta una historia continuada y que al formar parte de las aportaciones semanales del blog, donde no olvidemos existe ese espacio entre texto y texto, existen reiteraciones que se hacen más destacadas al leerlas todas juntas. Pero Abel Hernández mantiene esas imágenes que su memoria atesora, imágenes que nos trasladan de inmediato a un universo desparecido, a unos escenarios que nada tienen que ver con la actualidad. Además, es este cuarto título, encontramos con que el autor contrapone presente y pasado, idealizando la "patria" perdida y logrando hacerla universal. Logra mostrar el espacio local de Sarnago, de Tierras Altas, para universalizarlo y acercar a los lectores a un paisaje y sus habitantes de manera que todos lo sentamos como propio.
Abel Hernández aporta, además, un vocabulario propio del espacio en que transitan sus palabras, un vocabulario a punto de extinguirse ya que muchas de sus palabras han perdido vigencia y sentido en nuestro siglo XXI. Es de agradecer el Glosario que aparece al final del libro, espero que no le suceda como a mi que lo descubrí casi al finalizar la lectura y tras hacer uso del diccionario un buen número de veces.
La memoria de la infancia, la ensoñación de unas imágenes sumamente evocadoras quedan impresas en la mente del lector hasta ser capaz de describir, con palabras distintas a las usadas por Abel, las calles, las casas y muchos de sus habitantes.
Hay nostalgia y posicionamiento, es una lástima que en el libro no aparezcan muchos de los diálogos que provoca el blog, pero es de imaginar los pros y contras de quienes acuden a su cita semanal. Nosotros nos conformamos con volver a Sarnago de nuevo a este año de 56 "días" y dejarnos llevar por la prosa cercana, sencilla y transparente de Abel Hernández.

jueves, 10 de octubre de 2013

EL GANDUL Y OTROS CUENTOS. Raimundo Lozano Vellosillo



Raimundo Lozano es de esos escritores de los que recibes lo que te esperas porque lo da todo en sus libros. Aunque habría que decir en sus relatos, pues a pesar de tener sobre sus espaldas unos cuantos poemarios son los relatos los que mejor le permiten expresarse. O al menos en los que más a gusto nos encontramos sus lectores.
Sencillos, clásicos y cercanos, a pesar de las distancias de tiempo y espacio que nos separan, los relatos de Raimundo nos descubren con enorme facilidad los personajes, acontecimientos y quehaceres de nuestros pueblos y ciudades. Tratados todos por igual, con una ternura que logra que nos sintamos aliviados en cada cuento a pesar del drama que en muchos de ellos se narran.
Y digo cuentos y no relatos, como bien indica el título del libro, porque el autor logra trasladarnos en cada uno, de manera individual a un universo que reconocemos más gracias a la memoria familiar que a la individual. Hay situaciones y hechos que parecen sonarnos, que nos da la sensación hemos vivido anteriormente, pero Raimundo Lozano logra darles los giros necesarios para que aquellos cobren vida de nuevo.
Un completo manejo del lenguaje y la narrativa nos acerca aún más a aquel universo campesino del que ya apenas queda nada. Y lo hace de la mejor manera, alimentándonos con gran cantidad de vocablos que están a punto de desaparecer y que se suman, de inmediato, a nuestro vocabulario.
Pero sin duda alguna quienes mejor representan al escritor son sus personajes, no solo porque cada uno de ellos nos cuenta, aunque su aparición sea muy breve, su vida y lo que les rodea, sino porque nos los presenta de tal manera que según vamos leyendo nos da la sensación de que les conocemos desde hace mucho tiempo. El Gandul, Evarista, Balbina, don Aurelio, don Primitivo y un montón de personajes más nos muestran en las páginas del libro cómo vivían y de qué, con qué soñaban y divertían y un montón de detalles más que nos permiten reconstruir aquel mundo no muy lejano en el tiempo pero del que parece nos separa una eternidad.
No sabría decir bien si es moraleja o no lo que Raimundo nos regala al final de casi todos los cuentos, pero sí las aclaraciones necesarias para que nuestra imaginación nos acerque a crear las situaciones narradas.

jueves, 4 de abril de 2013

SILVESTRITO. Avelino Hernández


Bueno, con un par de días de retraso, pero vamos a celebrar en el blog "El Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil". Y qué mejor forma de hacerlo que con uno de los mejores libros del género en literatura castellana.
Aunque qué voy a decir yo si soy una parte responsable de esta edición en la que las ilustraciones de Alberto Crespo han creado un Silvestrito con más vida y presencia.
Para muchos Silvestrito fue la primera lectura de Avelino Hernández, a la que, por supuesto han seguido muchas más, y en la que el protagonista nos acerca a la vida de su pueblo castellano, de Soria, de manera sencilla y atractiva.
Con una ternura increíble, un humor inteligente y la sencillez del lenguaje
Silvestrito nos muestra un mundo que se ha perdido, un mundo en el que la felicidad era posible sin muchas de las cosas que hoy en día acaparamos
Poco a poco se va granjeando nuestra simpatía hasta hacernos partícipes de cada uno de sus juegos, de sus encuentros, de las situaciones más normales y pintorescas de sus paisanos y aquellos que llegan al pueblo a romper la monotonía.
Pero sin duda alguna lo que mejor hace Avelino es hacernos creer que estamos ante un libro de literatura infantil y que los adultos accedemos a él más con curiosidad que con ganas de aprender. Y es que logra engalanarlo de esa guisa cuando buena parte del lenguaje nos devuelve a aquel ambiente de mediados del siglo XX y nos invita a todos a conocer y a vivir en ese medio rural.
Prosa sencilla y perfecto manejo del castellano, buena manera de descubrir vocablos rurales hoy en desuso, con notables dosis de humor que hacen que Silvestrito se convierta en uno de los personajes más entrañables de la literatura castellana.
Si tienes a una persona mayor cerca, déjale el libro y consigue que lo lea, verás el cambio que se va a producir en ella. Además, las imágenes de Alberto cuenta con objetos de uso cotidiano en el mundo rural.
Una verdadera joya que los más pequeños disfrutarán y los mayores comprobarán con asombro lo que la memoria guarda de la infancia.

lunes, 11 de marzo de 2013

OJOS QUE NO VEN. José A. González Sainz



Lo que más llama la atención de este libro es la meticulosidad en el uso del lenguaje, un lenguaje que no duda en acercarse al mundo que está describiendo, que busca la naturalidad antes que la pedantería, que pretende, únicamente, que el lector recorra los mismos pasos y espacios que los protagonistas; un lenguaje que evoluciona según lo hacen los distintos mundos que se describen, que trata de matizar los colores hasta el extremo, evitando que se pueda observar brochazo alguno.
González Sainz no se conforma con construir una historia, sino que crea a sus protagonistas porque cree en ellos, en la importancia de su trayectoria vital. Y además hace partícipe al lector, sabe que es este quien debe terminar  la historia, de dar importancia a los tipos que él describe, da lo mismo sus nombres, que se llamen Felipe, cualquiera de los Felipes, o Juan José o Asun, cada uno tiene su vida propia, como entresacada de las demás; claro que hay instantes en que estas vidas convergen, en que comparten un mismo universo, pero son los menos, porque cada cual, cada tipo, va evolucionando de manera distinta, a veces incluso retomando el inicio, recuperando el aire de nuevo. Y el lector lo sabe, es consciente desde el primer momento, y acompaña a cada uno de ellos de manera individual, porque no puede ser de otra manera, porque debe, y quiere, participar del juego que el autor pretende, descubrir a cada momento quien maneja la historia, o al menos, el hilo de la historia principal.
Y es que son estos tipos y la manera de narrar quien hace secundario el tema tratado, que resta importancia al contenido de la historia, aunque ésta se mantenga por si misma, que sea capaz de no necesitar nada más para llegar a lector de manera convincente y que incluso para muchos esto sea lo importante. Pero es que estamos ante una lección de narrativa, de narrativa con mayúsculas, pues desde el primer momento, esa página 13 en la que comienza la historia, Ojos que no ven se convierte en una fuente inagotable de perfecta literatura para el amante de la lectura. González Sainz sabe, como nadie, construir una historia, “engatusar” al lector (dicho sea de paso como alabanza), pues una vez que este comienza a leer le subyuga de tal manera que el texto avanza sin pausa, con delicadeza, no queriendo perder detalle alguno y prestando atención a cada palabra y cada signo de puntuación.
Pues merece también la pena hablar de los signos de puntuación, la destreza del autor a la hora de ubicarlos en los párrafos, incluso de hacer de estos una de las características principales de su narrativa. El autor logra que las frases se alarguen, se eternicen, lo que no significa que se hagan insufribles, al contrario, nos hemos acostumbrado tanto a las frases cortas, sencillas, que casi sentimos pavor hacia aquellas que tengan algo más que un sujeto, un verbo y un predicado. Y sin embargo encontramos en su prosa frases complejas que no se hacen eternas, ni siquiera aquellas que ocupan más de una docena de líneas, y que nos permiten acompasar la lectura, obligándonos  a seguir con ella, a disfrutar de todo, de los sustantivos, los verbos, los adjetivos, los adverbios, los signos de puntuación... todo se hace necesario, hasta tal punto que en cuanto se llega a la última página, la 154, hay como una tentación (que conste que no soy el único que lo ha sentido) a volver a aquella página 13 inicial. No sé si por comprobar que lo sucedido es real, dentro de la historia novelada, o simplemente por volver a disfrutar de la lectura.
Es cierto, no voy a negarlo ahora, que acabo de decir que la historia es secundaria. Secundaria por el trato que González Sainz ofrece a la literatura, por supuesto, pero está muy claro que el autor domina sobremanera el arte narrativo y construye una novela que, a pesar de su tamaño, se puede definir como grande. Con ello está claro que va emparejada una historia consistente, bien contada, creíble, que hace partícipe al lector, incluso sobrecogedora en muchas ocasiones; hasta tal punto que resulta inevitable no tomar partido, no fruncir el ceño, apretar los dientes y sucumbir ante el destino de los protagonistas. González Sainz es tan consciente que parece suavizarnos la historia hasta la página 30 en la que ya no hay vuelta atrás y los personajes entran en una espiral que deja sin respiración, que parece ahogar al lector, que siente la presión ajena como si fuese propia. Sin embargo hay una atracción casi enfermiza, no tanto por continuar la historia sino, como decía al principio, por seguir con la lectura, por no dejar el libro a pesar de que este parezca quemar.
La perfecta construcción de la historia, y del libro, es tal que en la página 81 nos dará tregua, una tregua en la que, a pesar de estar presentes todavía los acontecimientos anteriores, nos permitirá tomar aire y esperar con expectativa qué es lo que va a suceder a continuación.

martes, 5 de marzo de 2013

EL DÍA QUE SAÍDA LLEGÓ. Susana Gómez Redondo



Que mejor forma de pasar una tarde de lluvia que leer un libro en familia. Y que mejor forma de hacerlo que con uno infantil, un libro del que todos pueden disfrutar. Aquí tenemos una joya para los sentidos que nos demuestra que a cualquier edad podemos deleitarnos y aprender con los libros dedicados a los más pequeños.
Susana Gómez nos regala un texto lleno de tolerancia, amistad y pluralidad, un libro rebosante de ternura en el que cada palabra nos acerca más y más a la bondad que los niños atesoran como nadie.
Por si fuera poco, los dibujos de Sonja Wimmer engrandecen el texto de tal manera que una vez abierto el libro se hacen inseparables. Porque ambas nos cuentan la misma historia y la hacen real. Para los más pequeños porque las imágenes y las letras, sean en el idioma que sean, les muestran un universo propio del que son capaces de construir planetas nuevos y para los mayores porque nos permite desarrollar una parte de nuestros sentidos que, con demasiada frecuencia, se mantiene en un estado de hibernación.
Susana ha creado un cuento maravilloso a raíz de un hecho que se ha dado con mucha frecuencia en nuestro país en los últimos años, la llegada de una niña marroquí. Una llegada que despierta interrogantes entre los más pequeños, el primero y más importante para ellos, el que no sepa hablar, "que se le habían perdido todas las palabras". Y aquí es cuando la sensibilidad, la ilusión y la amistad florecen para lograr el entendimiento y la perfecta relación.
Un cuento bello en todos los sentidos, que parece destinado a permanecer siempre abierto en cada casa en que esté. Un juego entre letras, palabras y significados que hará las delicias de los más pequeños mientras les ofrecerá el tesoro de la hospitalidad.


viernes, 1 de marzo de 2013

CAMPODELAGUA. Avelino Hernández


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En estos tiempos de recortes, ajustes y limitaciones siempre es una buena noticia la aparición de emprendedores, de hombres y mujeres arriesgados a los que la pasión le lleva a acometer empresas que para otros son inexplicables. Y si encima dichos esfuerzos van encaminados hacia el mundo de la cultura, aún son vistos de manera más extraña.
Algo así ocurre en el mundo del libro, que pese a lo que muchos piensan existe fuera de las grandes empresas editoriales, y existe gracias al enorme esfuerzo de quienes pretenden siga siendo el vehículo de comunicación perfecto. Ediciones y reediciones que persiguen, nada más y nada menos, que el resto de las personas descubran lo mismo o parte de lo que han encontrado ellos.
Es el caso de Nuevos Rumbos, una pequeña editorial familiar, que aborda, en esta ocasión uno de los libros agotados desde hace muchos años de Avelino Hernández CAMPODELAGUA.
Un libro que nos sumerge en un universo mítico a la altura, pese a las pegas que puedan poner ciertos iluminados literarios, de Macondo o Celama. Un universo que subyuga de tal manera que cada palabra, cada párrafo, cada página conforman una experiencia única. Logrando mezclar, como solo logran hacerlo los grandes escritores castellanos, belleza y drama en la misma línea y mostrando, a medida que pasan las páginas, la belleza del lenguaje castellano hoy tan minusvalorado.
Y es que la prosa de Avelino logra, en esta narración (y pese a que en él dejase Campodelagua un regusto amargo), saltar las barreras castellanas para dibujar un entorno reconocible en todos los espacios, marcando lo que luego será esa prosa impactante, adulta y fabulosa en títulos como “Una casa en la orilla de un río”, “Los hijos de Jonás” y “La señora Lubomisrka regresa a Polonia”.
Será el segundo de dichos títulos “Los hijos de Jonás” una recuperación perfecta, más que una continuación, de Campodelagua, compartiendo personajes, escenarios e incluso escenas, en ese afán del autor de Valdegeña de completar aquello que dejó sin rematar.
En esta edición, además de un diseño y gusto exquisito del propio libro,  ambas obras se complementan para que el lector obtenga el máximo de perspectiva y se haga partícipe del mundo que crea Avelino. 

         Lo publiqué en Heraldo de Soria el 19 de Julio de 2012, coincidiendo con  su      presentación.
                                                                             
                                                                         

domingo, 3 de febrero de 2013

NUANE, Olga Latorre



No todos los días tengo la suerte de que llegue a mis manos la publicación de una amiga, menos de un texto que nos acerque tanto a nuestro pasado.  Y no por una menudencia, sino por un libro juvenil, un libro que tras muchos años ve la luz y que demuestra que su autora, Olga Latorre, sigue en una lucha constante por conseguir sus muchos objetivos.
Nuane, que así se titula el libro, nos acerca al mundo de Numancia en el 133 antes de nuestra era. Y por lo tanto permite que todo tipo de lector, ventaja de la literatura juvenil, acceda a sus páginas y viva una aventura desbordante desde la primera a la última página.
Recorrer el camino de quienes pudieron ser nuestros antepasados -al menos sí nuestra historia- de una manera cómoda y profundamente clara, de tal manera que el lector no solo descubre los diferentes acontecimientos sucedidos en la ciudad celtíbera de la mano de la niña de 12 años que da título al libro, sino que puede sentir cómo vivían los habitantes de Numancia.
Y es que Olga no ha dejado pasar detalle que permita reconocer los escenarios y las gentes que la poblaron. Casas, vestidos, ajuares, alimentos, armas y adornos aparecen tan bien reflejados que uno no puede evitar cerrar los ojos y situarse en ese espacio privilegiado donde se produce la historia.
Por si fuera poco la autora ha creado un personaje carismático, Nuane, que desde el inicio se hace acompañar, y querer, por el lector para conocer el asedio a que los romanos sometieron a Numancia.
El dominio del lenguaje, la autenticidad histórica, la perfecta recreación de lo cotidiano y la fuerza narrativa, logra que esta “novela histórica” se convierta en un verdadero regalo para los lectores, en especial para los jóvenes que aprenderán, casi sin darse cuenta, de todo lo sucedido en la ciudad. No es, pues, de extrañar que sea una editorial de ámbito nacional, Edebé, quien haya apostado por la edición del libro.
Gracias Olga por un libro que leerán todos los miembros de la familia y que viene a llenar un hueco en la literatura soriana, en espacial la juvenil, tan huérfana de autores y “héroes” (o “heroínas”).