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sábado, 13 de junio de 2020

EL RETORNO. Tahar Ben Jelloun



Una de las cosas buenas que tuvo el confinamiento inicial, el primer mes, para aquellos que amamos la lectura y no sentimos el azote de la enfermedad en nuestras casas, fue el disponer de tiempo suficiente para recuperar aquellos libros que se quedaron congelados en las estanterías. Aquellos libros que han tenido que esperar su momento atrapados entre el flujo constante de las novedades editoriales y la relectura de los clásicos.
Entre esos libros "olvidados", aunque siempre presentes, estaba El retorno de Tahar Ben Jelloun, autor de obras tan impactantes como El libro de arena y La noche sagrada que me acercaron a algunos de los problemas de la sociedad en el mundo árabe. Sus numerosas novelas y el impacto entre los lectores han hecho de él el escritor francófono más traducido del mundo (ganó el Premio Goncourt en 1987 con La noche sagrada).
El retorno es la historia del desarraigo, de quien tras una vida en Francia, en el momento en que le llega la jubilación, añora como nunca el Marruecos que le vio nacer y crecer. Mohamed es un buen musulmán, que cumple las normas básicas del islam (sigue teniendo presentes las palabras de su padre cuando era niño: "Escucha, hijo, puedes saltarte las oraciones. Lo esencial del islam es ser limpio, respetar a tus padres y profesores y no mentir, no robar, ..."), respeta a todos y no hace daño a nadie, en especial a los débiles y los pobres.
Por eso no entiende porqué sus hijos se han alejado de sus costumbres, se declaran franceses y tienen en Marruecos únicamente el espacio en que pasaban sus vacaciones de verano siendo niños.
Con una prosa sencilla y serena Ben Jelloun nos ofrece un relato intimista que nos acerca a la cultura, la religión y la tradición del país del Magreb. Por supuesto que en todo momento hay un tono crítico que posiciona al lector en la disyuntiva de acercarse al protagonista o al autor. Y es que en todo momento existe una doble sensación de realidad, la que uno tienen formada, se acerque o aleje a la del autor, y la que recibe a través de las palabras de Mohamed (a pesar de llevar toda una vida en Francia jamás ha solicitado la nacionalidad francesa y se mantiene como un emigrante marroquí).
El retorno nos habla de emigración, de racismo, de religión y ruptura, pero también lo hace de identidad, de creencias y de fe, de vida, al fin y al cabo. Y lo hace de tal manera que es difícil desprenderse del aroma que despiden sus palabras, de ese tono confidencial con que nos va transmitiendo los pensamientos de Mohamed. A todo ello ayuda, no hay duda, la diferencia de discursos según la persona que los narre: en primera persona a la hora de mostrar los recuerdos y la nostalgia y en tercera cuando la narración se vuelve objetiva.
A lo largo de las páginas se hacen presentes los aspectos más íntimos de la existencia, preguntas sin respuesta y miedos se que se van dibujando con soltura y dinamismo, pero sin olvidar la distancia que separa a la sociedad de Marruecos de la europea (no hay que olvidar que el propio Ben Jelloun, nacido en Fez en 1944, siempre ha dicho que hay dos cosas que no soporta de su país de origen, la falta de serenidad y la corrupción). El autor señala la situación de las mujeres en el mundo árabe marroquí, la importancia de la religión y la tradición y la importancia de la casa y la familia; pero también de aquellos que se aprovechan del Estado, de quienes no encuentran equilibrio entre el pasado y el presente y de quienes reniegan de sus orígenes.
A lo largo de poco más de ciento noventa páginas Ben Jelloun nos muestra el problema del desarraigo, pero también la magia y la poesía de Marruecos.

viernes, 15 de mayo de 2020

MIS ÚLTIMOS 10 MINUTOS Y 38 SEGUNDOS EN ESTE EXTRAÑO MUNDO. Elif Shafak



No soy un experto en literatura turca, pero el atractivo que tiene la ciudad de Estambul, hace que esté atento a novedades que tengan que ver con el país otomano. Cada día son más los autores y títulos que nos acercan a la Turquía actual, tanto en ficción como en narrativa. Y muchos son también los autores cuyas raíces les permiten conocer a la perfección la cultura, la sociedad y la religión turca, pero con la distancia suficiente como para poder ahondar en los problemas particulares que poseen.
Sí, Elif Shafak es francesa con padres de origen turco, pero no será la primera vez, y me aventuro que tampoco la última,  que la ciudad del Bósforo sea el escenario de una de sus novelas. De hecho su narrativa muestra una crítica a la sociedad turca que ya le ha llevado incluso a los tribunales "por insultar al pueblo turco", tal y como sucedió con La bastarda de Estambul en la que reconocía el genocidio armenio, contradiciendo la versión oficial del gobierno turco que sigue negándolo.
En esta ocasión, jugando con el tiempo en que el cerebro se mantiene activo tras la muerte del cuerpo (así, al menos, se nos explica en el libro), Elif Shafak da voz a los sin voz. Serán la protagonista y sus cinco amigos quienes representen a los seres que han sido abandonados por sus familias y la sociedad por ser distintos, por encontrarse al margen de ellos. Halan, mujer transexual; Humeyra, fugitiva; Jamila, emigrante ilegal somalí; Zaynab, con enanismo; y Sinan, con una doble vida difícil de justificar. Y, por supuesto Tequila Leila, la principal protagonista, una prostituta de Estambul y cuyo cadáver yace en la basura.
Serán los últimos instantes de su vida, o mejor dicho de su conciencia, en los que quedará reflejada su vida. Recuerdos llenos de lirismo, sensoriales, en los que se puede sentir lo más exótico de un país a caballo entre Asia y Europa. Tradiciones, supersticiones, religión y gastronomía llevan al lector a un extraño universo en el que se mezclan, de manera sobresaliente, esos recuerdos y la realidad de una mente que va apagándose a ritmo de reloj.
Elif Shafak nos transmite el relato personal, íntimo, de Leila, dibujando una síntesis de su vida, de su visión de esta y de todo lo que componía su memoria.
Si en esa primera parte será la familia el eje alrededor del cual gira la narración, será la amistad, los cinco amigos antes mencionados, la que centre el relato. Un relato que se convertirá en el latir interno de la ciudad, de Estambul, pero también de una sociedad y de los individuos que la componen. Será esa individualidad, la que identifica a unas personas "distintas", la que trasladará la importancia que para ellas tiene la amistad.
Posee un ritmo firme, seguro y con el atrevimiento necesario para reflejar no solo los acontecimientos de la historia narrada, sino para hacerlo de una manera especial, para que el lector se posicione y sienta el valor de quienes defienden la amistad con honestidad.

lunes, 4 de mayo de 2020

UN PLAN SANGRIENTO. EL CASO DE RODERICK MACRAE. Graeme Macrae Burnet


Hay veces que mis lectores se extrañan de que un libro que ellos consideran notable, e incluso sobresaliente, no me lo haya leído. Sí, es cierto que los libreros no somos capaces  de leernos todos los libros que hay en el mercado, ni siquiera lo que tenemos en las estanterías de nuestra librería. Pero también es cierto que las señales y recomendaciones que nos hacen nuestros lectores rara vez caen en saco roto y más pronto que tarde el libro en cuestión ocupa nuestro tiempo de lectura.
Por supuesto que algunos de esos libros debieron coger al lector en cuestión en algún momento de debilidad, porque de otra forma y conociéndole, no es entendible su defensa a ultranza, pero también que un buen número de ellos se convierten en un gran descubrimiento que nos acompañará a lo largo de nuestra vida. De hecho, cierro los ojos, y se me ocurren muchos libros que gracias a esas recomendaciones siguen presentes en la librería después de muchos años y ganando adeptos semana tras semana.
Con Un plan sangriento ocurrió lo descrito, uno de mis mejores lectores (perdónenme el posesivo, pero la unión entre el librero y el lector es algo reseñable en estos tiempos en los que la relación personal está en suspenso) dejó en libro frente a mí y me dijo que sí, que tenía que leerme el libro, que no me iba a dejar indiferente (habíamos comentado no muchos días antes la buena pinta que tenía).
El caso es que lo aparté, dispuesto leerlo de inmediato, mas como sucede a menudo, quedo solapado por otros títulos, aunque sin abandonar el espacio dedicado a las lecturas próximas. Y debo reconocer que, una vez iniciada su lectura, quedé prendado de la historia de Roderick y de los demás habitantes  de Culdui, en el corazón de la Escocia más profunda.
Graeme Macrae Burnet utiliza la fórmula del documento encontrado para crear una historia heredada. Aunque es común, es de resaltar los moldes que rompe, las circunstancias y las peculiaridades que posee, desde la herencia genética entre el escritor y el autor del texto, hasta el motivo por el que es escrito, sin olvidar la particularidad de estar escrito de manera notable a pesar de ser el hijo de un aparcero. Todo ello perfectamente explicado, como autentificando cada una de las partes que componen el libro.
De complicada etiquetación, no me entra en la cabeza situarlo dentro de la novela negra o género similar. Sí, claro que tiene unas importantes dosis de intriga que te hacen, además, querer seguir leyendo para comprobar en qué acaba el libro, pero el mérito de Macrae Burnet es, primero lograr que nos situemos en la Escocia del siglo XIX, más en concreto en 1869, y luego que prestemos atención al desarrollo judicial del proceso.
Con una amplia documentación etnográfica y social, el autor logra trasmitir la situación de la Aldea de Culdui, en Ross- shire, el sometimiento a las tierras y al señor su propietario, las supersticiones, la religión, la situación humana y un ambiente opresivo y gris que logra atenazar más al lector que a sus protagonistas.
Serán estos, los personajes, los que transmitan el estado en que se encuentran, su lucha por la supervivencia, por arrancar a la tierra el sustento necesario: la dureza de una vida que, incluso a los habitantes de otras regiones de Escocia, se percibe opresiva. El relato de Roderick Macrae es, cuanto menos,  una novela en si misma, que nos permite observar, a través de sus palabras, y paso tras paso, los avatares de su familia en particular y de su comunidad en general.
Una novela grandiosa, que crece a medida que avanzan sus páginas, elaborada de manera minuciosa, prestando atención hasta el mínimo detalle. Si cada una de sus partes tiene una gran importancia, es cuando todas se entretejen cuando crean una historia con mayúsculas, una narración en la que no es necesario cerrar los ojos para sentirla, basta dejarse llevar por las palabras para sentir cada uno de los espacios, de los acontecimientos y de los silencios a que invita a lo largo de sus más de trescientas cincuenta páginas.

martes, 28 de abril de 2015

CAMPO ROJO. Ángel Gracia



No sé si Ángel Gracia ha tratado de desmontar la infancia como esa "patria feliz" a la que solemos acudir para dibujar con múltiples tonos nuestro recuerdo, pero lo que sí tengo claro es que ha sabido crear un retrato real, duro y cruel de los años de la pre-adolescencia.
Una novela impactante, que desde el inicio deja bien claro que no estamos ante una narrativa al uso, con una atmósfera opresiva que, inexplicablemente, nos atrapa, que nos atrae con una fuerza desconocida. Un viaje a la infancia y sus demonios, esos momentos oscuros de los que pocos, por mucho que nos neguemos, se pueden escapar. 
Sí, claro que nos sitúa en un escenario concreto, en una ciudad concreta, la Zaragoza de los años 80 del siglo pasado, pero de inmediato parece dar un giro de ciento ochenta grados y mostrarnos un espacio diferente, un espacio conocido, con rostros y voces que se han mantenido presentes en nuestra memoria. Somos nosotros, y aquellos que crecieron con nosotros, los que protagonizan cada una de las escenas narradas por el autor. Ponemos cara a cada uno de los personajes, incluso llega un momento en que adecuamos el mote al que se mantiene impreso en nuestra mente.
Pero, sin duda alguna, lo peor de todo es la dificultad de situarnos nosotros en la acción, de acertar en nuestro  verdadero papel en la novela. Sí, claro que en un inicio nos posicionamos en el lugar del narrador, pero al poco descubrimos como nos metamorfoseamos en cada uno de los demás, sus actitudes, sus palabras y sus silencios nos delatan. Somos, al fin y al cabo, todos en uno, bien porque en su momentos pasamos por todos los papeles, o bien porque nos creamos entonces esa coraza que logró que aventurásemos haber sido cada uno de ellos.
Según el autor la novela no es solo fruto de su memoria -nunca hay que olvidar que estamos ante un elemento de ficción narrativa-, sino de la memoria de todos aquellos que le rodean. Y son todos aquellos los que conforman un universo propio en el que se van apareciendo nuestros fantasmas, seguro que cada lector interpreta cada situación de forma distinta, aunque en todo momento somos conscientes de cuando se quiebra la justicia, cuando los abusos, los atropellos colocan a cada uno en su sitio. Y, por mucho que podamos negarlo, nuestro deseo de estar en un lado u otro de la línea está siempre claro, máxime cuando nuestra integridad está en juego.
 Más que el relato de la infancia, el reflejo de unas vivencias más o menos verídicas, Ángel Gracia logra crear una novela con notables tintes políticos y sociales, donde no solo prima la propia supervivencia, sino la lucha por el poder y donde ubicarse para que este no haga daño.
Una novela sin descanso, incluso las breves alusiones campestres, que parecen idealizar el espacio del mundo rural ajeno al urbano, esconden los miedos que azotan al niño, y por ende al ser humano, incluso cuando no se están sufriendo.
Una novela despiadada, donde la desolación se adueña incluso de los momentos de descanso, un mundo hostil que impide exista un espacio mental en el que refugiarse. Pero también una novela que usa el lenguaje en su justa medida, que señala espacios y sensaciones, que transforma a la perfección la propia experiencia y existencia del lector.

Otras obras del autor:
Valhondo (2003); Libro de los ibores (2005); Destino y trazo: en bici por Aragón (2009) y Arar (2010). 

miércoles, 18 de junio de 2014

SANSAMBA. Isabel Franc y Susanna Martín



Es posible que conocer la región de Casamance, de donde procede Baala, uno de nuestros protagonistas, haya influido en la forma de leer este cómic. Comprobar como es la realidad de una zona en la que el agua, la luz, las medicinas y la mayor parte de las necesidades básicas que a nosotros se nos antojan imprescindibles, no solo hace que te plantees tu propia forma de vida, sino que descubres el porqué de esa "huida" hacia Europa de muchos de sus africanos.
La experiencia de Alicia (Susana Martín) nos ofrece una historia necesaria para los tiempos que corren, para comprender la situación de aquellos que dejaron todo, pero todo de verdad, para aventurarse en un espacio totalmente desconocido y lograr así salir adelante y, a ser posible, ayudar a los que dejaron atrás, a sobrevivir. Una historia acertada en los diálogos, precisa en las descripciones y que gracias a la maestría de Isabel Franc vislumbramos como si estuviese sucediendo, como así es, delante de nuestras narices.
Por supuesto que estamos ante un libro que describe un problema social del que formamos parte, pero el reflejarlo por medio de esta novela gráfica consigue que nos sintamos protagonistas, que observemos el problema casi en primera persona aunque no sean nuestras carnes las que reciban los golpes.
Soy consciente de la dificultad que existe a la hora de comentar un cómic, una novela gráfica o un libro en el que la imagen, si no más, es igual de importante que el texto, un libro en el que dichas imágenes no son un mero acompañamiento a las palabras. Pero también que los trazos de Isabel, basta comprobar los gestos de Baala y Alicia en la portada, son tan elocuentes que logran transmitir el estado de ánimo del lector, de conseguir que pasemos de la tristeza a la euforia, y al contrario, en apenas un par de páginas.
Todo el libro es un regalo para el alma, pero hay escenas que quedan marcadas, no son duras ni dramáticas, al contrario, su sencillez, lo que se expresa más allá de las palabras, e incluso de las imágenes, te obligan a enmarcarlas y tenerlas colgadas en las paredes de tu mente para que en ningún momento se te olvide la situación que ha logrado generarlas.
Es posible que muchos ni siquiera presten a un libro de este tipo, pero está claro que quienes se sientan traídos por él van a encontrar muchas de las respuestas a sus preguntas, invitándoles a la reflexión y proporcionando un arma para enfrentarse a una de las peores lacras de  nuestra sociedad, la indiferencia a los que consideramos diferentes.
Los capítulos 6 y 7, esos "apuntes" tan magníficamente llevados al papel, no solo autentifican la historia que estamos leyendo y viviendo, sino que consiguen que abandonemos la ensoñación, si esta se ha producido en algún momento, para poner los pies en el suelo y descubrir ese otro mundo del que desconocemos casi todo.
Un soberbio trabajo que conjuga todos los valores de una novela gráfica, que hace que el lector se incapaz de abandonarla hasta ver cómo suceden los acontecimientos. Atrapa y obliga a contener la respiración sin estridencia, señalando paso a paso los caminos de una epopeya personal que, por desgracia, es demasiado frecuente en nuestro entorno.
¡Enhorabuena a la autoras por compartir una experiencia dotándola de una ternura y una emoción que impregna al lector de principio a fin!

miércoles, 17 de abril de 2013

LAS LÁGRIMAS DE SAN LORENZO. Julio Llamazares



Ocho años sin novela son muchos años para un escritor, o mejor dicho, a un lector se le hacen muy largos ocho años sin una novela de su escritor. Desde El cielo de Madrid (2005) Julio Llamazares no había publicado novela alguna (aunque sí un libro de narrativa de viajes y "arte", Las Rosas de Piedra en 2008) y regresa con una nueva que vuelve a señalarnos al cielo como escenario privilegiado.
Pero, sin duda alguna, lo mejor de todo es que volvemos a tener al escritor de La lluvia amarilla, al narrador que logra acercarnos a un texto donde casi lo que menos nos importa es de qué va el libro. Y es que Llamazares tiene esa forma de escribir, esa manera de transportarnos a su propio universo narrativo, que todo lo demás pasa a segundo plano, lo importante es cómo escribe y no lo que nos cuenta.
Comprobamos cómo en todo momento la palabra que ocupa cada uno de los espacios es la correcta, como si cada una de ellas estuviese en el lugar adecuado siempre, demostrando la capacidad que el autor posee de crear la propia narración.
Sí, es cierto que el paso del tiempo y la soledad son el eje fundamental de la historia que estamos leyendo, de una historia de la que formamos parte desde "El verano comenzaba cuando llegaban los veraneantes..." y no nos abandona a lo largo de cada una de sus casi doscientas páginas. Pero también es cierto que a cada párrafo tenemos la tentación de frenar la lectura, que no dejarla, para situarnos en un estado de ensoñación en el que únicamente seamos nosotros los protagonistas. Incluso que forcemos esa búsqueda de las raíces infantiles y juveniles que parece perseguir a quien ejerce de narrador en el libro.
Hay mucho de lirismo, de literatura sonora -no sabría decir si es porque asoma el gran poeta que Julio Llamazares lleva dentro, o porque su prosa exige una dedicación poética continua-, de esa lectura que deleita con cada palabra, con cada frase, con cada párrafo. Lo que se traduce en una lectura pausada, relajada, en la que el lector parece ralentizarse en el falso convencimiento de que así el libro durará más, en ese deseo de que la historia se eternice.

martes, 9 de abril de 2013

TODO ESTÁ PERDONADO. Rafael Reig



¿Se imaginan un Madrid navegable? ¿Y el malecón del Prado, Puerto Atocha o la isla de Cibeles? Pues todo eso es lo que se puede encontrar en esta novela de Rafael Reig. Al menos eso es lo que a mi me llamó la atención (bueno eso y un buen lector que me dijo estaba encantado con la prosa del autor).
Y es que debo reconocer que parte de la culpa de leer el libro la tuvo la portada, esas aguas que hacen de Madrid una nueva Venecia. Si encima tiene aire de novela negra y olor a fútbol, pues uno queda prendado de inmediato.
Claro que cuando se abre el libro y se comienza a leer descubrimos que no solo se cumplen las expectativas, sino que estas se ven ampliadas por una manera de narrar brillante y original, una novela muy bien escrita que desborda imaginación y ese punto de desconcierto que los lectores siempre agradecemos.
Sí, no lo voy a negar, estamos ante un libro de difícil clasificación, pues  tiene, como dije antes, esa atmósfera de novela negra, pero también una buena parte de ciencia ficción y no poco de sátira de una sociedad fácilmente reconocible.
Estamos ante una novela ambiciosa, en la que encontramos varios narradores que en vez de confundir aumentan el placer de su lectura, narradores que van cambiando a medida que la novela avanza y que logra fortalecer la narrativa corrosiva de Rafael Reig.
Pero sin duda lo mejor es que estamos ante una novela sorprendente, ocurrente, en la que las situaciones cambian hasta tal punto que uno llega un momento que no sabe bien lo que está leyendo (lo que no impide disfrutar, ni mucho menos, de la lectura). Y es que lo que se inicia como una novela negra, policíaca, termina siendo una sátira de la España del último medio siglo, una metáfora de situaciones conocidas y reconocibles bajo el manejo de una pluma soberbia, en la que el lector se ve obligado a imaginar las más descabelladas ocurrencias.
No quiero dar pistas, pero que sea una hostia consagrada (con perdón), envasada y obtenida en una máquina expendedora sea la posible causante de una muerte ya indica de qué tipo de lectura estamos hablando.
Un verdadero disfrute para quien pretenda acercarse a algo diferente, pero, eso sí, bien escrito. 

domingo, 31 de marzo de 2013

CALLE DE LOS LADRONES. Mathias Énard



Descubrí a Mathias Enard cuando me propuso, a través de su libro Habladles de batallas, de reyes y elefantes, volver a Estambul, a la Constantinopla de mayo de 1506, en compañia del pintor Miguel Ángel. Encontré un escritor brillante, que tenía bien claro lo que pretendía a la hora de escribir y, lo que es más importante, a la hora de pensar en el lector. Sus apenas 180 páginas me encantaron y me atraparon en una segunda lectura, más pausada y sosegada, que me demostraba que había encontrado ese narrador con el carisma suficiente para seguirle la pista. 
Han pasado dos años y, casi sin percatarme, he leído su nueva novela. Una narración vital, en la que, como en la anterior, el viaje acompañará a su protagonista y será una ciudad mediterránea donde se centre la historia. Estambul dará paso ahora a Tánger, en un primer momento, y Barcelona, después. Y el genio de Miguel Ángel Buonarroti cederá el testigo a Lajdar, un joven marroquí que nos indicará el camino por la calles de ambas ciudades a través de un viaje iniciático del que seremos testigos principales.
Hay mucho de juventud, de actualidad, de choque cultural; el joven protagonista conocerá de primera mano el fundamentalismo islámico mientras cantos de sirena le señalan cómo es el mundo occidental de la Europa del siglo XXI. Pero en su mente, y en su experiencia, se sentirán los distintos momentos de la llamada primavera árabe (las nuevas tecnologías le harán partícipe de lo sucedido en Túnez, Egipto, Siria o el mismo Marruecos), mientras no será ajeno a los movimientos de los "indignados" en España.
Enard construye una historia humana, donde los protagonistas van evolucionando bajo la influencia de sus circunstancias, una historia de amor y violencia en la que la pérdida de la inocencia será la puerta que hay que traspasar para ser testigo de lo que acontece.
Quizá lo más significativo, además de las vivencias de Lajdar, es que estamos ante una novela de difícil clasificación: hay mucho de novela negra, de aventuras y novela de iniciación. La intriga, el misterio que parece esconderse en la página siguiente crea esa atmósfera que nos sitúa en la primera de esas clasificaciones; las peripecias por las que pasa el protagonista son, a todas luces, componentes principales de la novela de aventuras; y ese viaje iniciático, de crecimiento personal, que recorre Lajdar, hace, junto con el multiculturalismo, una opción que el lector baraja desde las primeras páginas.
Hay además repetidas referencias a la literatura, desde la novela negra que lo acompaña durante buena parte de su vida, hasta esa literatura de viaje que nos aporta nombres como Paul Bowles, William Burroughs o Ibn Battuta. Pues será ese viaje el que actuará como el motor literario para que la novela cobre trascendencia a medida que se van sumando sus páginas.
Pero lo más significativo, además de que sea Lajdar quien nos hable en primera persona, es su evolución personal -y con él la de la narración-, desde un inicio lleno de picaresca que atrae al lector a ese universo exótico que a veces simbolizan ciertas ciudades de Marruecos y buena parte de hedonismo que parece caracterizarle, para convertirse posteriormente en una tragedia personal significativa. No tanto por la pérdida de sueños, sino por la resignación que trasmiten sus palabras (esa especie de pérdida de juventud que también transmite el final extraño de la llamada Primavera Árabe y los movimientos "indignados" de España) y la sensación de sentirse un apátrida.

domingo, 24 de marzo de 2013

BRÚJULAS QUE BUSCAN SONRISAS PERDIDAS. Albert Espinosa



Reconozco que no he leído ninguna de las obras anteriores de Espinosa, que a pesar de ojear un poco por encima algunas de sus páginas no lograron llamarme la atención como para sumergirme en su lectura. Por supuesto que disfrutaba de su éxito y me alegraba de que tuviese esa gran legión de seguidores (hasta esta semana no sabía que era también él responsable de una serie de televisión, o al menos del guión de buena parte de sus capítulos).
El caso es que en esta ocasión abrí la primera página del libro y comencé a leer mientras en mi cabeza resonaba esa idea, no siempre real, de que algo tiene que tener para que enganche y apasione a tanta gente. Por mi profesión he aprendido a valorar, creo que en su justa medida, que hay libros  muy buenos para ciertos lectores y a los que a otros -por prepotencia, orgullo o simplemente por creer estar por encima de los demás- les resultan indiferentes.
Y hete aquí que, una vez superada la extrañeza que provoca la profusión de puntos suspensivos que tanto usa el autor (he comprobado que no es nada nuevo en él),  las páginas se sucedieron con velocidad y lograba acompañar al protagonista, a los protagonistas, con la facilidad de quien apenas se percata de que está leyendo.
Y es que no es solo la escritura sencilla y fluida la que me ha permitido leer con rapidez, de penetrar en las diferentes historias que se solapan, sino esa capacidad que posee Espinosa para narrar una novela que parece no querer decir nada, pero que descubres, casi en cada página, que reivindica un montón de cosas.
Una novela de emociones, de verdades, de sinceridad y, sobre todo, de segundas oportunidades. Una novela que parece avanzar siempre en sentido recto, directo, dejando que el lector rellene esos caminos secundarios por los cuales no se circula. Puede que sea también el sentido de esos puntos suspensivos, el invitar al lector a que los rellene con su propia experiencia. Una novela que invita a pensar, de ahí esa etiqueta de difícil explicación en una novela.
Seguro que buena parte del éxito de la narrativa de Albert Espinosa radique en esa mano que tiende al lector, en permitirle que tome sus propias decisiones en la lectura, pero también que cada una de las imágenes que aparecen reflejadas parezcan transportadas a la propia vida del lector. Como si este hubiese vivido parte de lo narrado aunque con ligeras variaciones.
Una lectura sincera, sin subterfugios, que cuenta lo que tiene que contar sin dar vueltas y más vueltas. No es una novela familiar, aunque hay tentación de decirlo así, mas sí está cargada de las emociones necesarias como para dotar a la propia familia (más que la que aparece narrada) de un capítulo aparte aún sin escribir. Una novela que logra que, al menos mientras dura la lectura, la mente vague en pos de cómo entender la propia vida y la de quienes nos rodean.  
Si todo esto no te ha convencido tengo que decirte que hay algo que define, aunque cueste creerlo apenas llevas unas páginas leídas, este libro de Albert espinosa: es una novela optimista, que logra despejar los nubarrones de la propia historia que se narra, para mostrar la claridad de un espacio limpio y claro.

martes, 19 de marzo de 2013

MATAR AL PADRE. Amélie Nothomb



A pesar de lo que pueda parecer no existe ninguna relación, al menos conscientemente, entre hablar de este libro y el día de hoy. Es cierto que llevaba varios días encima de mi mesilla, pero fue anoche cuando acabó de seducirme. Y no es por su imagen en la portada,  pues es algo a lo que ya estoy acostumbrado.
Tengo que reconocer que llevaba mucho tiempo sin leer a Amélie Nothomb (no puedo considerarme lector de sus obras pues únicamente he leído Higiene del asesino y Antichrista), a pesar de que sus obras pasaban por mis manos con demasiada frecuencia. Llegué a pensar que muchos de sus libros se recuperaban en nuestro país después del notable éxito de alguna de sus obras, pero no, estamos ante una escritora prolífica, que publica más de un título al año. Así que es fácil entender que tenga varios libros pendientes de leer.
Pero ha sido este, el último publicado, el que me ha vuelto a ofrecer la gran escritora que es, el perfecto dominio del lenguaje, de la trama, de los personajes. Hasta tal punto que parece que estés leyendo una novela sencilla, casi demasiado sencilla. Eso sí, hasta que las páginas empiezan a sumarse, hasta que la trama, esa trama sencilla, comienza a descubrir juegos ocultos y el lector trastabilla un poco y debe poner todos los sentidos al servicio de la lectura. Y entonces se convierte en una escritura inteligente, meditada y, en más de una ocasión sorprendente.
Es quizás, esa enorme facilidad para narrar, la que logra que el lector apenas aparte la vista del libro, que la historia transcurra como en una imagen cinematográfica. Pues poco parece importar que los hechos se sucedan, que los años pasen, todo parece pertenecer a un mismo plano.
Oirán que el libro habla del mundo de la magia, es cierto cuando dos de los protagonistas son mago y aprendiz (la tercera es la mujer del primero y ejerce como madre del segundo), pero más parece la excusa necesaria, que la verdadera temática del libro.
Un libro en el que lo más importante son las relaciones humanas, el perfecto reflejo psicológico de cada uno de los personajes. Esa relación a tres bandas, en la que no es ajeno ni el mito de Edipo, que nos va situando cada vez en un plano diferente.
Una lectura agradable. incluso en el drama, en la que todo está en su sitio y nada parece sobrar, en la que el lector se sitúa detrás de esa cámara imaginaria que permite observar lo que sucede con cada uno de los tres protagonistas. Convirtiendo, además, la lectura en un verdadero juego en el que el lector no es mero espectador, sino partícipe necesario para que se desarrolle completamente.

lunes, 11 de marzo de 2013

OJOS QUE NO VEN. José A. González Sainz



Lo que más llama la atención de este libro es la meticulosidad en el uso del lenguaje, un lenguaje que no duda en acercarse al mundo que está describiendo, que busca la naturalidad antes que la pedantería, que pretende, únicamente, que el lector recorra los mismos pasos y espacios que los protagonistas; un lenguaje que evoluciona según lo hacen los distintos mundos que se describen, que trata de matizar los colores hasta el extremo, evitando que se pueda observar brochazo alguno.
González Sainz no se conforma con construir una historia, sino que crea a sus protagonistas porque cree en ellos, en la importancia de su trayectoria vital. Y además hace partícipe al lector, sabe que es este quien debe terminar  la historia, de dar importancia a los tipos que él describe, da lo mismo sus nombres, que se llamen Felipe, cualquiera de los Felipes, o Juan José o Asun, cada uno tiene su vida propia, como entresacada de las demás; claro que hay instantes en que estas vidas convergen, en que comparten un mismo universo, pero son los menos, porque cada cual, cada tipo, va evolucionando de manera distinta, a veces incluso retomando el inicio, recuperando el aire de nuevo. Y el lector lo sabe, es consciente desde el primer momento, y acompaña a cada uno de ellos de manera individual, porque no puede ser de otra manera, porque debe, y quiere, participar del juego que el autor pretende, descubrir a cada momento quien maneja la historia, o al menos, el hilo de la historia principal.
Y es que son estos tipos y la manera de narrar quien hace secundario el tema tratado, que resta importancia al contenido de la historia, aunque ésta se mantenga por si misma, que sea capaz de no necesitar nada más para llegar a lector de manera convincente y que incluso para muchos esto sea lo importante. Pero es que estamos ante una lección de narrativa, de narrativa con mayúsculas, pues desde el primer momento, esa página 13 en la que comienza la historia, Ojos que no ven se convierte en una fuente inagotable de perfecta literatura para el amante de la lectura. González Sainz sabe, como nadie, construir una historia, “engatusar” al lector (dicho sea de paso como alabanza), pues una vez que este comienza a leer le subyuga de tal manera que el texto avanza sin pausa, con delicadeza, no queriendo perder detalle alguno y prestando atención a cada palabra y cada signo de puntuación.
Pues merece también la pena hablar de los signos de puntuación, la destreza del autor a la hora de ubicarlos en los párrafos, incluso de hacer de estos una de las características principales de su narrativa. El autor logra que las frases se alarguen, se eternicen, lo que no significa que se hagan insufribles, al contrario, nos hemos acostumbrado tanto a las frases cortas, sencillas, que casi sentimos pavor hacia aquellas que tengan algo más que un sujeto, un verbo y un predicado. Y sin embargo encontramos en su prosa frases complejas que no se hacen eternas, ni siquiera aquellas que ocupan más de una docena de líneas, y que nos permiten acompasar la lectura, obligándonos  a seguir con ella, a disfrutar de todo, de los sustantivos, los verbos, los adjetivos, los adverbios, los signos de puntuación... todo se hace necesario, hasta tal punto que en cuanto se llega a la última página, la 154, hay como una tentación (que conste que no soy el único que lo ha sentido) a volver a aquella página 13 inicial. No sé si por comprobar que lo sucedido es real, dentro de la historia novelada, o simplemente por volver a disfrutar de la lectura.
Es cierto, no voy a negarlo ahora, que acabo de decir que la historia es secundaria. Secundaria por el trato que González Sainz ofrece a la literatura, por supuesto, pero está muy claro que el autor domina sobremanera el arte narrativo y construye una novela que, a pesar de su tamaño, se puede definir como grande. Con ello está claro que va emparejada una historia consistente, bien contada, creíble, que hace partícipe al lector, incluso sobrecogedora en muchas ocasiones; hasta tal punto que resulta inevitable no tomar partido, no fruncir el ceño, apretar los dientes y sucumbir ante el destino de los protagonistas. González Sainz es tan consciente que parece suavizarnos la historia hasta la página 30 en la que ya no hay vuelta atrás y los personajes entran en una espiral que deja sin respiración, que parece ahogar al lector, que siente la presión ajena como si fuese propia. Sin embargo hay una atracción casi enfermiza, no tanto por continuar la historia sino, como decía al principio, por seguir con la lectura, por no dejar el libro a pesar de que este parezca quemar.
La perfecta construcción de la historia, y del libro, es tal que en la página 81 nos dará tregua, una tregua en la que, a pesar de estar presentes todavía los acontecimientos anteriores, nos permitirá tomar aire y esperar con expectativa qué es lo que va a suceder a continuación.

domingo, 10 de marzo de 2013

LAS POSEÍDAS. Betina González



No sé exactamente cómo decirlo, pero un premio que tenga como miembros del jurado a Juan Marsé, Almudena Grandes, Fernando Aramburu, Juan Gabriel Vásquez y Beatriz de Moura, no solo me merece el mejor de los respetos, sino que me incita, y mucho, a leer qué es lo que ha llamado la atención de estos escritores.
Así que por fuerza la lectura de Las poseídas corría el peligro de generar demasiadas expectativas y  convertirse en un libro tedioso que hiciese que en mi cabeza volviese a parecer la machacona frase de "no escarmientas".
Es cierto que en la primera página suenan las alarmas al comprobar en los diálogos (no me había molestado en leer la contraportada, cosa que aconsejo para evitar construir malentendidos) que las protagonistas hablaban el castellano usado en Argentina. Que nadie me malinterprete, no tengo nada en contra de ello, al contrario, me parece mucho más musical y sonoro que el usado en buena parte de la Península, pero estarán conmigo que si es difícil a veces seguirlo de oído (pónganse a ver la película "El secreto de sus ojos" y comprobarán lo que cuesta adaptarse), mucho más lo es al leer, sobre todo porque nuestra cabeza se despista al comprobar que las tildes están en otro sitio.
Pero todo ello se disipa una vez culminado el primer diálogo, el segundo no llega hasta la página 54 y ya estamos metidos en situación, y comienza la descripción, en primera persona de la protagonista:  López.
No existen en nuestro idioma muchas novelas actuales para adultos que hablen de adolescentes, como si el pasar dicha etapa de la vida nos hubiese inmunizado para siempre. Es cierto que en algunas los protagonistas sí lo son en algún momento, pero no toda la novela. Las poseídas es una novela de adolescentes, una novela de iniciación, incluso de rebeldía.
Las jóvenes protagonistas, que lo son y basta echar un vistazo a la portada para comprobarlo, dibujan su incorformismo de diversas maneras, y aunque su actitud desafiante y el despertar sexual parecen dirigir la novela, será  el comprobar el horror de la dictadura que ellos no vivieron el  verdadero punto de partida de su pérdida de inocencia. Ni siquiera el hablar de un colegio católico femenino de la década de los ochenta en Argentina difumina el shock que parece azotar a toda una generación.
Con una escritura envolvente y original, la autora no solo pone de manifiesto el dominio de la narración, sino que es capaz de escribir una historia que absorbe a todo tipo de lectores. Es, además, una perfecta combinación de géneros, con  una prosa limpia y clara, incluso cuando son las propias adolescentes las que hablan.
Una historia realista, con los peligros que ello conlleva, construida de manera notable y de la que parece no puedas despegarte, pues  las protagonistas y los hechos narrados atrapan de igual manera.
Por cierto, el premio otorgado por el jurado mencionado al principio es el Tusquets de Novela.

lunes, 18 de febrero de 2013

LA CENA. Herman Koch



Este es uno de esos libros de los que es mejor no saber nada, de cogerlo entre tus manos sin leer antes de qué va. Así, como me ha ocurrido a mi, se convierte en una sorpresa, donde la trama se va creando a medida que se lee el libro, cobrando cada vez más importancia. Y lo  que parece que es una lectura sin mucha trascendencia -eso sí escrito de tal manera que te sitúas en la piel de Paul, el protagonista, desde la primera línea y llegas incluso a sentirte presente en cada uno  de los escenarios que se reflejan gracias a la perfecta caracterización tanto de personajes como de situaciones-, se convierte en una historia inquietante en la que no puedes sentirte indiferente.
Con un  ritmo creciente "La cena" cambia de registros a medida que la narración avanza, llegando a posicionarte con personajes a los que luego rechazarás, entrando de lleno en el juego al que te invita, sin ser consciente de ello, el escritor.
Diseñada a modo del banquete que da título al libro, la historia que se nos narra, además de ser impactante, nos envuelve de tal manera que invita a la autocrítica, a la posibilidad de ese posicionamiento antes mencionado y en la se pasa de la risa, o de la sonrisa, gracias a las descripciones, al asombro y la sorpresa.
Una novela que traspasa los límites del libro para ubicarse en un plano tan cercano a la realidad que muchos de sus momentos parecen ser vividos en primera persona, haciéndonos plantear un buen número de preguntas. Puede que guste o no, pero seguro que a nadie le dejará indiferente.