QUÉ LEO HOY:

QUÉ LEO HOY: Sugerencias, debate, crítica, opinión...
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de julio de 2020

RIÑA DE GATOS. MADRID 1936. Eduardo Mendoza



Qué mejor manera de celebrar este atípico Día del Libro en pleno mes de julio que recuperar una espléndida lectura diez años después y saborearla de una manera mucho más sosegada y pausada. 
Siempre tengo presente que un libro con el que he disfrutado debe tener, al menos en la mente, una segunda lectura, no buscando una revisión del momento que supuso la primera, sino con la idea de que hubo detalles que se pudieron escapar cuando aquella se realizó de manera casi convulsiva. No voy a negar que Riña de gatos supuso para mí un cúmulo de sensaciones y, por lo tanto, una situación que no se da con demasiada frecuencia: haber disfrutado con el autor momentos inolvidables. Tener la suerte de compartir el acto de presentación de la novela, Premio Planeta en 2010, y la posterior complicidad de un autor por el que sentía una profunda admiración, descubrir su talla como persona y, sobre todo, el cariño que nos demostró a los dos libreros, Pilar y yo, dejando lo protocolario para admitirnos en una conversación en la que demostraba no solo sus amplios conocimientos, sino también su humildad.
Cómo no coger con frenesí el libro en la soledad del hotel, cuando aún no se habían apagado los ecos de la velada, y sumergirme en el mundo sensorial que el autor dibujaba alrededor del Madrid de marzo de 1936. Y descubrir al mejor Mendoza, a su sarcasmo e ironía, al desparpajo a la hora de hacer de narrador de unos acontecimientos llenos de humor, de sorpresas, equívocos e historia.
Sentir la excentricidad de unos personajes barojianos, de unas calles y un ambiente que deja entrever los graves acontecimientos que iban a producirse unos meses más tarde. Pero también disfrutar de una historia, ser partícipe de unos acontecimientos llenos de acción y enredo, descubrir cómo mi mente, a medida que se sumaban las páginas, dibujaba con enorme claridad lo que el propio narrador me iba contando casi como en un susurro.
Pasar de la admiración a la sonrisa, del asombro a la carcajada, de los juegos literarios de nombres y situaciones a la búsqueda del siguiente paso de los protagonistas. Acompañar a Anthony por las calles de aquel Madrid, de sus actores y tratar de advertirle, de avisarle como si fuese un confidente, de las consecuencias de unos actos cada vez más sorprendentes, pero siempre creíbles.
Mendoza construye una novela llena de ingenio, con giros y sorpresas en cada página, una comedia llena de vida y que permite, por momentos, mostrar buena parte del artesonado de una ciudad en un momento fácilmente reconocible. Hay mucho de costumbrismo y narrativa popular, el autor logra dar vida a personajes de distinta índole, dotando a cada uno de una importancia tal que todos parecen, amén de imprescindibles, tan reales como excéntricos.
Pero sin duda alguna el mayor logro del autor es, además de construir una historia tan perfectamente perfilada como rematada, alejarse de cualquier atisbo de aleccionamiento; el narrador realiza su función con pulcritud, logrando en todo momento la acertada recreación de un Madrid que va a sentir en sus propias calles el terror de una guerra.
José Antonio Primo de Rivera, Sánchez Mazas, Fernández de la Cuesta, Franco, Molo o Queipo de Llano asomarán con mayor o menor prestancia en las páginas de un libro que nos acerca al costumbrismo de la narrativa popular. Un mundo hecho narrativa, lleno de enredos, a caballo entre la novela policíaca y la de espías, una tragicomedia que no deja indiferente al lector y que, durante muchas de sus páginas formará parte de la misma como un espectador de lujo.

sábado, 13 de junio de 2020

EL RETORNO. Tahar Ben Jelloun



Una de las cosas buenas que tuvo el confinamiento inicial, el primer mes, para aquellos que amamos la lectura y no sentimos el azote de la enfermedad en nuestras casas, fue el disponer de tiempo suficiente para recuperar aquellos libros que se quedaron congelados en las estanterías. Aquellos libros que han tenido que esperar su momento atrapados entre el flujo constante de las novedades editoriales y la relectura de los clásicos.
Entre esos libros "olvidados", aunque siempre presentes, estaba El retorno de Tahar Ben Jelloun, autor de obras tan impactantes como El libro de arena y La noche sagrada que me acercaron a algunos de los problemas de la sociedad en el mundo árabe. Sus numerosas novelas y el impacto entre los lectores han hecho de él el escritor francófono más traducido del mundo (ganó el Premio Goncourt en 1987 con La noche sagrada).
El retorno es la historia del desarraigo, de quien tras una vida en Francia, en el momento en que le llega la jubilación, añora como nunca el Marruecos que le vio nacer y crecer. Mohamed es un buen musulmán, que cumple las normas básicas del islam (sigue teniendo presentes las palabras de su padre cuando era niño: "Escucha, hijo, puedes saltarte las oraciones. Lo esencial del islam es ser limpio, respetar a tus padres y profesores y no mentir, no robar, ..."), respeta a todos y no hace daño a nadie, en especial a los débiles y los pobres.
Por eso no entiende porqué sus hijos se han alejado de sus costumbres, se declaran franceses y tienen en Marruecos únicamente el espacio en que pasaban sus vacaciones de verano siendo niños.
Con una prosa sencilla y serena Ben Jelloun nos ofrece un relato intimista que nos acerca a la cultura, la religión y la tradición del país del Magreb. Por supuesto que en todo momento hay un tono crítico que posiciona al lector en la disyuntiva de acercarse al protagonista o al autor. Y es que en todo momento existe una doble sensación de realidad, la que uno tienen formada, se acerque o aleje a la del autor, y la que recibe a través de las palabras de Mohamed (a pesar de llevar toda una vida en Francia jamás ha solicitado la nacionalidad francesa y se mantiene como un emigrante marroquí).
El retorno nos habla de emigración, de racismo, de religión y ruptura, pero también lo hace de identidad, de creencias y de fe, de vida, al fin y al cabo. Y lo hace de tal manera que es difícil desprenderse del aroma que despiden sus palabras, de ese tono confidencial con que nos va transmitiendo los pensamientos de Mohamed. A todo ello ayuda, no hay duda, la diferencia de discursos según la persona que los narre: en primera persona a la hora de mostrar los recuerdos y la nostalgia y en tercera cuando la narración se vuelve objetiva.
A lo largo de las páginas se hacen presentes los aspectos más íntimos de la existencia, preguntas sin respuesta y miedos se que se van dibujando con soltura y dinamismo, pero sin olvidar la distancia que separa a la sociedad de Marruecos de la europea (no hay que olvidar que el propio Ben Jelloun, nacido en Fez en 1944, siempre ha dicho que hay dos cosas que no soporta de su país de origen, la falta de serenidad y la corrupción). El autor señala la situación de las mujeres en el mundo árabe marroquí, la importancia de la religión y la tradición y la importancia de la casa y la familia; pero también de aquellos que se aprovechan del Estado, de quienes no encuentran equilibrio entre el pasado y el presente y de quienes reniegan de sus orígenes.
A lo largo de poco más de ciento noventa páginas Ben Jelloun nos muestra el problema del desarraigo, pero también la magia y la poesía de Marruecos.

domingo, 31 de mayo de 2020

SAN, EL LIBRO DE LOS MILAGROS. Manuel Astur



Acercarte a un escritor desconocido suele llevar emparejado un riesgo, por experiencia merece la pena, sobre todo cuando el acercamiento es intuitivo y no atraído por una campaña publicitaria de la que no eres consciente. Por mi profesión conocía la existencia de Manuel Astur por su primera novela Quince días para acabar el mundo, a la que no pude evitar echar un vistazo, pero faltó ese impulso que sí me ha dado "el libro de los milagros".
Desde la primera página descubrimos que el mundo de Manuel Astur es diferente, que te va exigir algo más que la mera concentración de los libros que cuesta entender, te va a exigir abrir tu mente, librarte de ideas preconcebidas y someterte al mandato de las palabras: "Somos las primeras palabras. Somos los que fuimos y los recién llegados. Somos la fiesta y la jornada de trabajo y somos el aburrimiento".
Así, con esas palabras empieza un texto arrebatador, fluido, vibrante, pero que no para de dar vueltas, de dibujar caminos que se bifurcan a cada recodo y que recuerdan que la literatura es maravillosa.
Y esto es  porque el autor construye un relato arriesgado, arriesgado y agresivo, del que el lector se siente confuso y atrapado. Primero porque a pesar de saber de qué va el libro, serían necesarias muchas páginas para explicar todo su desarrollo, para comentar algo sobre él sin darte cuenta de que hay muchas más cosas que se han obviado. Y segundo por que Manuel Astur escribe muy bien, sabe combinar con una maestría insospechada los diferentes registros de la narración, convirtiendo el texto en una suerte de lectura apasionada.
Sí, el protagonista es Marcelino, Lino para el lector, y lleva tras de sí la carga de un universo familiar y personal nada desdeñable, una carga que se ve acrecentada por la situación del entorno rural que bien refleja el autor. Pero hay más, muchas cosas más. Desde la pluralidad de los narradores que hacen tan ardua como bella la lectura, hasta los saltos temporales que antes que frenar el interés por seguir leyendo, acrecienta el deseo de conocer y participar en esa especie de juego narrativo en que se convierte la novela.
Y hay, por encima de todo, mucho de mítico, de tragedia, de leyendas y creencias rurales. Pero visto esto no como algo negativo, sino todo lo contrario, como el rescoldo de la riqueza que atesoran los pueblos para mantener su propia esencia, la de sus tradiciones, miedos y formas de vida. Porque también hay mucho de costumbrismo, de esa visión antropológica que nos muestra, a través de un pequeño agujero un mundo que nos es a la vez cercano y ajeno.
De tal forma que en muchas ocasiones más que leer parece que se está escuchando, a modo de susurro, diferentes cuentos al amor de una lumbre. El lector se convierte en el testigo privilegiado de una cultura del saber y el vivir, de la brutalidad de un entorno y unas formas de vida que parecen ajenas y, sin embargo, están justo a nuestro lado.
Manuel Astur necesita apenas ciento setenta páginas para construir una vida, un drama rural, un canto a la naturaleza (Reserva Natural del Neva), un universo propio y dar la sensación de que el lector lo tenía atesorado en su memoria como si lo narrado formase parte de uno mismo.
Una novela eterna, mágica, donde la realidad parece leyenda y donde lo mítico se hace tan presente como la vida. Pasado y presente se dan la mano en la construcción de una parte de nosotros mismos.




lunes, 4 de mayo de 2020

UN PLAN SANGRIENTO. EL CASO DE RODERICK MACRAE. Graeme Macrae Burnet


Hay veces que mis lectores se extrañan de que un libro que ellos consideran notable, e incluso sobresaliente, no me lo haya leído. Sí, es cierto que los libreros no somos capaces  de leernos todos los libros que hay en el mercado, ni siquiera lo que tenemos en las estanterías de nuestra librería. Pero también es cierto que las señales y recomendaciones que nos hacen nuestros lectores rara vez caen en saco roto y más pronto que tarde el libro en cuestión ocupa nuestro tiempo de lectura.
Por supuesto que algunos de esos libros debieron coger al lector en cuestión en algún momento de debilidad, porque de otra forma y conociéndole, no es entendible su defensa a ultranza, pero también que un buen número de ellos se convierten en un gran descubrimiento que nos acompañará a lo largo de nuestra vida. De hecho, cierro los ojos, y se me ocurren muchos libros que gracias a esas recomendaciones siguen presentes en la librería después de muchos años y ganando adeptos semana tras semana.
Con Un plan sangriento ocurrió lo descrito, uno de mis mejores lectores (perdónenme el posesivo, pero la unión entre el librero y el lector es algo reseñable en estos tiempos en los que la relación personal está en suspenso) dejó en libro frente a mí y me dijo que sí, que tenía que leerme el libro, que no me iba a dejar indiferente (habíamos comentado no muchos días antes la buena pinta que tenía).
El caso es que lo aparté, dispuesto leerlo de inmediato, mas como sucede a menudo, quedo solapado por otros títulos, aunque sin abandonar el espacio dedicado a las lecturas próximas. Y debo reconocer que, una vez iniciada su lectura, quedé prendado de la historia de Roderick y de los demás habitantes  de Culdui, en el corazón de la Escocia más profunda.
Graeme Macrae Burnet utiliza la fórmula del documento encontrado para crear una historia heredada. Aunque es común, es de resaltar los moldes que rompe, las circunstancias y las peculiaridades que posee, desde la herencia genética entre el escritor y el autor del texto, hasta el motivo por el que es escrito, sin olvidar la particularidad de estar escrito de manera notable a pesar de ser el hijo de un aparcero. Todo ello perfectamente explicado, como autentificando cada una de las partes que componen el libro.
De complicada etiquetación, no me entra en la cabeza situarlo dentro de la novela negra o género similar. Sí, claro que tiene unas importantes dosis de intriga que te hacen, además, querer seguir leyendo para comprobar en qué acaba el libro, pero el mérito de Macrae Burnet es, primero lograr que nos situemos en la Escocia del siglo XIX, más en concreto en 1869, y luego que prestemos atención al desarrollo judicial del proceso.
Con una amplia documentación etnográfica y social, el autor logra trasmitir la situación de la Aldea de Culdui, en Ross- shire, el sometimiento a las tierras y al señor su propietario, las supersticiones, la religión, la situación humana y un ambiente opresivo y gris que logra atenazar más al lector que a sus protagonistas.
Serán estos, los personajes, los que transmitan el estado en que se encuentran, su lucha por la supervivencia, por arrancar a la tierra el sustento necesario: la dureza de una vida que, incluso a los habitantes de otras regiones de Escocia, se percibe opresiva. El relato de Roderick Macrae es, cuanto menos,  una novela en si misma, que nos permite observar, a través de sus palabras, y paso tras paso, los avatares de su familia en particular y de su comunidad en general.
Una novela grandiosa, que crece a medida que avanzan sus páginas, elaborada de manera minuciosa, prestando atención hasta el mínimo detalle. Si cada una de sus partes tiene una gran importancia, es cuando todas se entretejen cuando crean una historia con mayúsculas, una narración en la que no es necesario cerrar los ojos para sentirla, basta dejarse llevar por las palabras para sentir cada uno de los espacios, de los acontecimientos y de los silencios a que invita a lo largo de sus más de trescientas cincuenta páginas.

miércoles, 29 de abril de 2020

LOS COMBATIENTES. Cristina Morales



Descubrí a Cristina Morales gracias a muchos lectores que me recomendaban con insistencia su Lectura fácil. Bien por el aval del Premio Herralde, por las buenas sensaciones que el libro despertaba, o por la atracción que este provocó entre los lectores, no tardó en sobresalir entre los miles de volúmenes con que nos azotan a los libreros primero, y a los amantes de los libros después. Muchas fueron las voces que encumbraron a su autora como el símbolo de una generación, o al menos como la defensa de unos ideales concretos, pero muchas más, curtidas en mil lecturas, encontraron, por fin, una narradora distinta, radical y valiente.
Su libro encontró un espacio, o dos, o tres, en las librerías, hasta tal punto que se convirtió en esa alegría que muy de vez en cuando encontramos los libreros. Por si fuera poco, el reconocimiento de lectores y libreros se amplió con el Premio de la Crítica del años siguiente.
Así que cuando Anagrama recupera su primera novela muchos buscamos si no el origen, sí el pasado de una escritora diferente. Publicada en 2013 y ganadora del Premio Injuve 2012, Los combatientes es un libro que rompe al lector, incendiario, que revuelve y remueve, que provoca pasiones y recuerdos, momentos y movimientos. Un libro diferente, fresco e inteligente, con una narrativa tan original como peligrosa para muchas conciencias, activa y crítica.
Cristina Morales construye una novela llena de trampas, que incita a echar la vista atrás repetidamente, tanto en la lectura del libro como en el pasado del lector, para recuperar espacios, imágenes y frases con un ideario significativo para quien las recibe.
Con un notable dominio del lenguaje la autora logra que el lector dude continuamente tanto de las palabras escritas, como de las imaginadas. La forma de construir la narración acrecienta, aún más si cabe, esa posible confusión, pues no se sabe si tenemos entre manos un libro de ficción, un ensayo o, incluso, la representación de una obra de teatro.
La actitud crítica ante la política, la precariedad laboral, la economía, la violencia machista, la incoherencia de la izquierda, entre otros, que refleja el libro no es solo "postureo", sino que se posiciona en todo momento, implorando al compromiso, el inconformismo y la rebeldía, el placer de conocimiento... El libro como crítica, pero también como provocación y definición de una manera propia de enfrentarse a lo que señala como injusticia.

viernes, 17 de abril de 2020

UN VIEJO QUE LEÍA NOVELAS DE AMOR. Luis Sepúlveda



   Leer las noticias estos días de confinamiento tienen el peligro de sentir el dolor por las cifras que se barajan, por los números que parecen hacernos inmunes ante la pérdida de vidas humanas y la tragedia que eso significa. Y cuando los números dan paso a los nombres no podemos por menos que recordar lo que han significado para nosotros.
Descubrí a Luis Sepúlveda gracias a que mi madre dejó, creo que a propósito, Un viejo que leía novelas de amor sobre mi mesilla, con la sana intención de curarme mi falta de atención hacia los escritores sudamericanos que no se apellidasen García Márquez.
Y no solo lo consiguió, sino que me abrió la puerta a un escritor fantástico, con una fuerza narrativa tan propia como subyugante, tan divertida como sugerente y tan limpia que uno no puede dejar de dar gracias por poder leerlos. Cuando luego descubrí que en algunos institutos era lectura obligatoria, como también lo era en otros Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, recuperé la fe en los profesores de literatura (reconozco que yo los tuve muy buenos).
Si hay algo que admiro de los escritores, de algunos escritores, es que sean capaces de escribir novelas, en el amplio sentido de la palabra, sin tener que estirar y estirar la historia, de contar de manera muy sencilla las cosas; de conseguir con breves pinceladas que los lectores seamos capaces de reconocer los lugares y personajes que hacen la historia.
Luis Sepúlveda ha conseguido eso y mucho más, pues ha logrado también que nos divirtamos con la novela, que tomemos conciencia de muchas cosas y, lo que es más importante, nos posicionemos en qué lugar queremos ocupar.
Así que no he podido por menos hoy que echar mano en la estantería de la vida de Antonio José Bolívar Proaño. He conocido como fue su mujer, Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo, al doctor Rubicundo Loachamín, a los indios shuar (mal llamados jíbaros) y otros vivos y muertos que completan una historia sugerente, verde amazónica, tierna y divertida, muy divertida. La lectura, relectura de Un viejo que leía novelas de amor  es ágil  y un deleite para los sentidos, un verdadero cúmulo de sensaciones que te obligan a leer despacio, saboreando cada frase, admirando la manera en que Luis Sepúlveda es capaz de comunicar, de lograr trasladarte a El Idilio y sus cercanías, su selva, sus ríos, su vida, sus gentes...
Y debo reconocer que la pena se ha trasmutado en placer por vivir de nuevo esta historia, de viajar, sentir la humedad, el calor, la vida.
GRACIAS LUIS.

domingo, 12 de abril de 2020

LA LIBRERÍA DE MONSIEUR PICQUIER. Marc Roger



Son muchos los libros que, en especial en los últimos años, se refugian en la literatura, la lectura, o incluso en el mismo libro, para construir una historia. Basta acercarse a cualquier librería - en estos días virtual, por supuesto-, para comprobar al menos una docena de títulos que escogen este camino para crear una historia.
Y por supuesto, lo reconozco, que a casi todos ellos les presto una atención especial. Comienzo su lectura solo por el hecho de acercarse al mundo del libro de una forma distinta. Sí, es cierto que no todos cumplen las expectativas iniciales y son varios los que duermen en las estanterías esperando un nuevo intento de lectura. Pero también hay otros que atrapan desde el inicio, desde sus primeras páginas. Sabes que tiene algo especial en cuanto descubres que la historia, los personajes, la forma de narrar o de construir el libro muestran una conexión especial.
Algo así sucedió con La librería de monsieur Picquier, pues ya desde su comienzo, desde las tres primeras páginas que componen en primer capítulo, el narrador te atrapa; no sabes muy bien si por el desparpajo, la capacidad de asombro o la inexperiencia de sus dieciocho años, o por que intuyes que la relación de este, Grégoire, y monsieur Picquier tiene algo especial, algo lleno de magia. No, no se asuste nadie por el uso de la palabra "magia"; no, no hay nada de extraordinario, de fantástico o irreal, al contrario, todo lo que Marc Roger nos cuenta es tan real que roza lo extraordinario (es cierto: la realidad supera siempre la ficción).
La librería de monsieur Picquier es una novela de iniciación, de búsqueda y crecimiento, pero sin alardes iluminadores, ni de autoayuda. Estamos, simplemente, ante una historia de encuentro y aportación mutua, en la que un anciano librero se convertirá en guía y director de un joven auxiliar en la residencia de ancianos en que uno vive y el otro trabaja.
Una lectura llena de belleza y sensibilidad, que trata sin ambages la muerte como parte de la vida, pero que, por encima de todo, habla de la amistad, de la felicidad y, como no, de la literatura. Y es que como dice el octogenario librero: "un día sin haber leído es un día perdido", y no solo eso es mostrar todo lo que la lectura puede aportar, tanto a quien la lleva a cabo como quienes se pueden beneficiar de ella. Y es que Grégoire, sin acierto en los estudios y trabajando en la cocina de la residencia, descubre gracias a su mentor el tesoro que hay dentro de los libros, convirtiéndose en lector para el librero, con parkinson y glaucoma, y todos los demás habitantes de la residencia.
Desde El guardián entre el centeno hasta Juego de tronos, pasando por Maupassant, Whitman, Kerouac y Genet, entre otros, el lector participará junto a los protagonistas en un juego lleno de ternura y realidad, de bondad y senectud, de humor y sobriedad.
"Pauca Meade" (lo poco que me queda) es la consigna del viejo librero que tras vender su librería seleccionará 3.000 libros, una décima parte, para que le acompañen en su retiro y sean el vínculo con la literatura que nunca va a abandonar. Y la fuente de la que  manará una historia que emociona al lector y permite, al menos durante un tiempo, reencontrarse con todo lo bueno que tiene la humanidad.

miércoles, 1 de abril de 2020

LA BATALLA DE OCCIDENTE. Éric Vuillard



Hace seis años -iba a poner tres, pero está visto el tiempo vuela sin que apenas nos percatemos-, las librerías se llenaron de decenas y decenas de libros que nos acercaban, con múltiples matices, a la I Guerra Mundial. Un conflicto menos conocido que la que se desarrolló posteriormente entre 1939-1945 y de la cual parecíamos tener demasiadas heridas en Europa. No sabría decir si muchas de esas heridas cicatrizaron o, al menos, encontraron manera de supurar menos, pero es cierto que muchos llenamos muchas de las lagunas que sobre aquellos terribles años teníamos en nuestra mente. Investigaciones, ensayos e incluso novelas ofrecieron diferentes perfiles de la llamada Gran Guerra que se desarrolló en Europa, principalmente, entre el 28 de julio de 1914 y el 11 de noviembre de 1918.
Poco a poco fueron espaciándose las publicaciones dando paso a nuevas celebraciones que recordaban los acontecimientos de la segunda década del siglo XX. Aún así el inesperado interés por la I Guerra Mundial ha permitido que siguiesen apareciendo trabajos que en nuestro país permanecían inéditos, tanto de creación como de investigación, con acontecimientos situados alrededor del acontecimiento bélico.
Dados los antecedentes de Éric Vuillard y su atenta mirada a los distintos conflictos en la historia de Europa, a nadie le extrañó que pusiese sus ojos en La batalla de Occidente y reflejara, a su manera, el conflicto que acabó con la vida de más de 20 millones de personas entre combatientes, población civil y quienes perdieron la vida por culpa del hambre posterior.
No puedo presumir de ser quien descubrió a Vuillard en España, al contrario, la recomendación continuada de muchos de mis lectores de El orden del día me hizo acercarme a sus páginas y descubrir un escritor diferente. Un escritor que no necesitaba un gran tratado para narrar, de una manera distinta y atractiva, momentos puntuales de la historia. A través de poco más de 140 páginas acercó al lector al ascenso de Hitler al poder por medio de pequeños detalles que con una inusitada sencillez, al menos eso le parece al lector que no se preocupa de la profunda y completa documentación necesaria para hacerlo, logra que este visualice tanto el momento histórico como los pasos dados para obtener el resultado final.
El éxito arrollador, venía avalado por el Premio Goncourt 2017, que supuso en nuestro país nos permitió la edición de 14 de julio, un libro en el que narraba, con una pasión desbordante, el día en que se produjo la toma de la Bastilla. Con una precisión milimétrica y con una narración casi cinematográfica el lector acompañaba a los sublevados y sentía en primera persona los que sucedía en Francia.
Y, como no podía ser de otra manera, Tusquets recupera ahora la obra de Vuillard La batalla de Occidente, acercándonos al conflicto de la Gran Guerra. En esta ocasión el protagonista es sustituido por lo colectivo y por ciertos personajes que se convierten en el hilo argumental en cada uno de los 13 capítulos que conforman el libro. Cada apunte se convierte en una pincelada particular cuya lectura conjunta permite al lector no solo situarse en la generalidad del conflicto, sino hacerse una idea perfecta del porqué sucedieron muchas cosas difícilmente explicables de otra manera.
Vuillard maneja sobremanera ese tipo de narración que parece te cuenta cosas sin importancia, como si estuviese fabulando sobre algo, recuerda a aquel profesor que te enseñaba como sin pretenderlo, como si cada case, en este caso cada capítulo, fuese una confidencia que habría que comentar en voz baja. Y es que el autor parece susurrarte en todo momento, adquiriendo una fuerza impresionante si el texto se lee en voz alta, como si su escritura fuese más adecuada para ser escuchada que para ser leída.
Porque los textos, los libros de Éric Vuillard hay que leerlos con detenimiento, con mimo, saboreando cada frase y cada párrafo como si en cada uno de ellos estuviese la clave de entender el siguiente. El escritor francés es, sin lugar a dudas, uno de los mejores representantes actuales de esa narrativa a caballo entre la realidad y la ficción; no es un historiador, pero compone sus textos con hechos, personajes y acontecimientos históricos. No se conforma con mostrar una idea que nos traslade a unos hechos concretos, expresa esa idea y la desarrolla para que seamos capaces de imaginar e interpretar los distintos acontecimientos. Sin duda alguna una lectura que abre la mente e incita a rebuscar y leer sobre los momentos puntales que deja entrever.




lunes, 30 de marzo de 2020

FÁBRICA DE PRODIGIOS. Pablo Andrés Escapa



Hay libros que llegan a ti como por arte de magia y otros que repiten los ecos de lecturas pasadas y no olvidadas. Con Fábrica de prodigios suceden ambas cosas, pues si bien es cierto que llegó a mis manos sin apenas percatarme por la vorágine de las novedades editoriales prefiesta del Libro del año pasado, también me recordaba las buenas sensaciones de Mientras nieva sobre el mar (2007), su anterior libro de relatos (ver en este mismo blog). 
Varios meses en medio de la montaña de libros por leer, una larga espera, hasta que el libro se abre y me presenta el primero de los tres relatos largos (o incluso, novelas cortas) "Pájaro de barbería". Y me atrapa, me emociona la belleza de la prosa, el lenguaje no solo bien cuidado, sino perfecto, trabajado, hasta tal punto que la lectura se convierte en radiante, en un verdadero disfrute para los sentidos, serena y absolutamente relajante, como si recibiese un masaje alrededor de la cabeza.
Pablo Andrés Escapa recupera la mejor tradición de los contadores de cuentos, el filandón leonés que por herencia genética y lectora ha sabido recoger o el trasnocho soriano que recupera la literatura oral, y transmite al lector esa perplejidad necesaria para que el relato, la historia que está leyendo sea creíble a pesar de la importante dosis de fantasía que rezuman. Y todo desde un punto de vista urbano, no rural.
Pocos títulos se acercan a la realidad de su contenido, logrando un guiño con quien termina el libro y descubre los "prodigios" que se han gestado en las 250 páginas que lo componen. Y se percata, a su vez, del trabajo de artesanía que ha supuesto escribirlo, de esa "fábrica" que con constancia a pulido hasta el extremo cada uno de los textos, cada uno de los párrafos y cada una de las frases.
Pablo Andrés Escapa maneja con una inusual maestría la prosa poética para acortar los límites de lo real y lo irreal. Logrando reflejar en cada uno de sus textos la ambigüedad de un mundo con amplias raíces cervantinas.
En el segundo de los relatos, "Continuidad de la musa" el autor nos acerca aún más si cabe al mundo poético que tan bien maneja, con una narración divertida y llena de imaginación. Mientras que en "Diablo consentido" nos traslada a un universo propio desconcertante y lleno de enigmas que al lector implicará en un juego del que saldrá fortalecida la propia narración.
Tres novelas inquietantes, de lectura placentera, llenas de giros y sorpresas que se van solapando a medida que se van paladeando cada una de las páginas de este libro que logró, además en reconocimiento de la crítica que le concedió el XVIII Premio de la Crítica de Castilla y León.

sábado, 28 de marzo de 2020

KM 123. Andrea Camilleri


Hace 11 meses recorría Sicilia en un viaje que bien se podía interpretar como el de la búsqueda de Andrea Camilleri y su Vigata. El rastro del creador de Montalbano estaba presente en muchos de los escenarios recorridos y las imágenes de muchas lecturas iban apareciendo a medida que se sumaban los kilómetros. El carrusel de las confusiones (La giostra degli scambi) se me convirtió en mi compañero de viaje -aunque habría que decir compañeros, pues tanto la traducción al español como el original en italiano me llevaban de la mano por las carreteras de la isla-, intentando descubrir en cada pueblo, en cada calle y en cada rostro lo que el maestro agrigentino me había enseñado en sus muchos libros.
Camilleri ya estaba enfermo, tenía 93 años, pero acababa de llegar, apenas un mes antes, a las librerías su última novela: Km 123. Como fueron varios los libros protagonizados por Montalbano los comprados, este último título quedó a la espera.
Una espera que no se retrasó mucho, pues pocos meses después, tres para ser exactos, la Editorial Destino lo editaba en España, lo que lo convertía en una especie de homenaje al escritor.
No, el Km 123 no se refiere a ninguna carretera siciliana, sino al kilómetro mencionado de la Vía Aurelia de Roma y en el que Camilleri despliega toda su maestría como escritor y guionista. Hasta tal punto que esta novela de enredos, este rompecabezas de lectura fácil y dinámica, se puede leer de una sentada, casi sin pestañear.
Pero hay algo que te frena, que te obliga a leer con más parsimonia, saboreando cada detalle, cada frase, cada personaje que narra su propia visión, intentando que nada se te escape y seas capaz de entender los juegos de palabras y el doble sentido de muchas de ellas. Eso sí, junto a la intriga que produce el puzle de la propia historia, está la perfecta ironía, casi cinematográfica, que despide cada una de sus páginas y esa sensación de estar junto al escritor y no saber, si éste se ríe de ti o contigo.
Una narración inteligente, capaz de dar la vuelta a los acontecimientos con cambiar el timbre de la voz. Y es que son muchas las voces que nos "cuentan" la historia, tantas como personajes que la componen, dibujando tantas escenas como cada uno es capaz de madurar con sus palabras, sin necesidad de narrador que trate de jugar con el lector.
Camilleri vuelve a mostrarnos el mejor camino para leer, el juego inteligente que forman sus palabras y con ellas una trama ingeniosa y divertida. Con una sonrisa en los labios y el asombro marcado en el rostro es fácil de imaginar el espíritu del escritor siciliano que, no conformándose con la novela escrita y trabajada (aunque parezca una narración corta, o incluso un relato, denota la maestría de quien pule y enluce el texto, exprimiendo la literatura para que lo superfluo no llegue al lector), sino que aporta, con un fantástico epílogo, un alegato en favor de la novela negra.
"Defensa de un color" es un homenaje de Camilleri a la novela policíaca que en Italia están asociadas al "giallo" (amarillo), ya que el editor Mondadori, ya en 1929, creó una colección dedicada al género. Un texto en el que despliega una profunda admiración por todos aquellos que, a lo largo de la hitoria de la literatura, han regado con sus textos llenos de misterio e intriga.

miércoles, 23 de mayo de 2018

LA MUJER DEL PELO ROJO. Orhan Pamuk




Orhan Pamuk es, junto con Gabriel García Márquez, Mark Twain y Avelino Hernández, uno de mis escritores preferidos. Así que cada nueva novela suya que llega a mis manos es cogida con verdadero deleite, hasta tal punto que soy consciente de qué poco me importa el tema del que trate y sí la manera en cómo lo hace.
No voy a negar que primero me atrapó Turquía y luego su escritor, que acudí a él y sus textos en la búsqueda de una mayor información o conocimiento de su esencia. Y tampoco que encontré en sus palabras aquello que difícilmente podía obtener con ensayos ajenos al propio país otomano. De hecho gracias a declaraciones suyas, además de lo que dicen sus libros, he descubierto las luces y sombras de Turquía.
No recuerdo bien si mi primera lectura fue El libro negro o Me llamo Rojo, pero sí que una sucedió a la otra y poco a poco todos sus libros han ido sumándose a las estanterías de mi biblioteca tras leerlas todas con la precisión y el disfrute que cada una de ellas requería en su momento (junto a ellas hay también alguna en su idioma original, el turco, que, por motivos obvios, no han sido leídas, pero si observadas a la par que su traducción al castellano). Incluso alguna de ellas, cosa muy poco frecuente, mantienen notas personales a pie de página y subrayados de párrafos que aún después de varios años siguen llamándome la atención.
La mujer del pelo rojo tiene mucho de simbolismo, es verdad, y la continua reflexión sobre el destino y la fatalidad que a este suele estar emparejada en la literatura clásica (tanto la griega como la persa) puede, en algún momento de la lectura, lastrar la agilidad que muchos lectores demandan. Pero también que demuestra el dominio que el escritor tiene sobre la narración, la creación de unos personajes, en especial Cem, el protagonista principal, y el retrato de un país como Turquía.
Pamuk juega con los tiempos y con los acontecimientos que se van produciendo; de hecho, estos estarán presentes a lo largo de toda la lectura. Atrapa al lector en una primera parte entrañable en la que Cem narra los acontecimientos de su adolescencia y lo hace de manera sencilla, sin grandes aspavientos, como si todo se contagiase de las altas temperaturas veraniegas. Describe, con una precisión envidiable, la evolución personal del protagonista en el paso de la adolescencia a la etapa adulta, permitiendo que con sus pensamientos y sus acciones muestre los vaivenes de esa etapa de la vida. La relación entre el joven aprendiz y Mahmut Usta, su maestro pocero indica, bien a las claras, una de las principales inquietudes de Pamuk, la posición de su país entre Oriente y Occidente, el puente que significa entre Europa y Asia. La visión de uno y otro en sus conversaciones, su propia relación y los juegos narrativos de los momentos de descanso, son la antesala de los pensamientos y búsquedas de protagonista ya en su etapa adulta y triunfadora, al menos en el mundo de los negocios.
Con una prosa tan elegante como fluida Pamuk nos cuenta una historia (hay muchas que se entrelazan a medida que se suman los personajes), que muestra la evolución de los últimos cuarenta años de Turquía, pero también la actualidad de los mitos milenarios, la fuerza del amor y la trascendencia de cada uno de nuestros actos.
Una buena novela para acceder al universo literario de Orhan Pamuk, que hará las delicias tanto de quienes hayan seguido su trayectoria como de aquellos que se adentren por primera vez en su narrativa.

martes, 10 de mayo de 2016

ANDARÁS PERDIDO POR EL MUNDO. Óscar Esquivias


He dejado intencionadamente que el tiempo reposase la lectura del último libro de relatos, o de cuentos, de Óscar Esquivias por la necesidad de que muchos de ellos se asentasen y evitar así perder la sensación de unidad que los envuelve. Y también, por qué no decirlo, para impedir que jugase en desventaja frente a las exquisitas lecturas de la trilogía Inquietud en el Paraíso, La ciudad del Gran Rey y Viene la noche.
No hace muchos días, cuando me pidieron recomendación sobre con qué empezar a leer a Esquivias no dudé un instante en señalar la mencionada trilogía, a pesar de observar en el narrador burgalés cierto inconformismo. Tenía demasiada cercana la lectura del libro de cuentos, aun así seguía imponiéndose  aquella lectura que comenzó en el 2005.
Pero ha pasado un mes y al volver a coger el libro he descubierto que tenía presentes en mi memoria la totalidad de los relatos y que muchos de ellos se habían engrandecido de manera sorprendente. Es como si el tiempo se hubiese ocupado de señalarme el camino por el que transitan los personajes del libro. Un camino que queda ya señalado con las palabras del Génesis en la cita que precede a los catorce relatos que componen el libro.
Sí, claro que hay un sentimiento de desamparo a lo largo de los diferentes relatos, la sombra de Caín es aquí alargada, pero no por actos truculentos, si no por lo atormentado de su situación tras el ataque a Abel. Pero la bondad narrativa de Esquivias logra que el drama quede suavizado hasta tal punto que en más de una ocasión sea el humor el que matiza la situación, huyendo de la dramatización de manera elegante y precisa.
Y es que la prosa del autor burgalés es así, elegante y precisa, consiguiendo que cada uno de los relatos se convierta en una historia completa, que cuente con exactitud lo necesario para que al lector no se le escape ni un solo argumento para sentirse observador de lujo de los acontecimientos. Los personajes comparten el desamparo, son seres desubicados, no así el lector que con enorme comodidad participa en cada uno de los escenarios, ya sean estos en Burgos, Madrid, Londres, California o África.
Óscar Esquivias hace de lo cotidiano, de lo más cercano y reconocible, un argumento certero para ver con detenimiento las relaciones con los demás de los protagonistas de cada uno de los relatos. Será esa cotidianidad la que más logre empatizar con el lector, sintiéndose uno más entre los párrafos del relato.
Hay también relatos que nos trasladan a otros escenarios diferentes, aunque también reconocibles, escenarios y personajes que parecen romper con la distancia el ritmo de los anteriores, distancia que desaparece casi desde la primera línea gracias al estilo excelente de Esquivias. Todos los relatos son atractivos, aunque seguro que cada lector tendrá sus favoritos, tanto por su musicalidad (no se nos debe escapar la importancia de la música en el escritor tal y como se puede observar en muchos de los relatos-cuentos) como por el realismo de su narración. Por mi parte no puedo evitar acercarme a aquellos que parecen formar parte de la memoria del escritor, los relatos más cercanos y en los que hay mucho de complicidad, aunque bien puede deberse al logro del escritor por atraparme en su mundo literario.




viernes, 29 de mayo de 2015

EL LECTOR DEL TREN DE LAS 6.27. Jean-Paul Didierlaurent



De vez en cuando, muy de ven en cuando, sientes que tienes ante ti un libro especial, un libro distinto que va a significar mucho más que un entretenimiento. No hace falta empezar a leerlo para que algo inexplicable te recorra y tengas la sensación de que ese pequeño reducto de palabras te va a llenar de manera singular. Ni siquiera, como es el caso, tienes la necesidad de observar la portada escondida tras la molesta y cada vez más insufrible banda que le colocan las editoriales para llamar la atención del lector.
Y es que en esta ocasión no hacía falta reclamo alguno, no presté siquiera un segundo a las palabras que, en la portada, trataban de mostrar el interior del libro. No hacía falta, ni siquiera descubrir el rostro completo del personaje que aparecía en la portada que, como ya he dicho, permanecía semioculto tras la banda roja.
No sabría explicar si era su reducido número de páginas (195) o que en el título apareciese la palabra "lector". Sigo, incluso después de su lectura, sin lograr explicarme, así que difícilmente lograría trasladarlo aquí, que mágica atracción me llevó a coger el libro y situarlo, sin ningún pudor, encima de todos los que había elegido para leer, llegando incluso a aparcar algunos que estaban a punto de acabarse.
Empezar a leer y sumergirme en una mundo emocionante fue todo uno. Notar como mi respiración se espaciaba, con esa lentitud y relajación que ofrece la paz y saberse partícipe de un universo en el que cada palabra es un mundo y en el que cada acontecimiento, por muy cotidiano que parezca, va a producir en mí sensaciones inesperadas instantes antes.
Reconozco que el juego de palabras que nos introducen al personaje principal, Gibrando Viñol, trató en vano de confundirme, de querer hacerme creer que estaba ante uno de esos libro en los que el humor y los dobles sentidos solo eran aptos para los lectores de la vecina Francia. No, había algo más, había que superar ese capítulo primero (apenas tres páginas y media) para penetrar de lleno en la historia, aunque para ser sincero ese capítulo inicial demostraba que el autor sabía lo que hacía y dejaba entrever una historia llena de posibilidades.
Y de repente, casi sin percatarme, el protagonista me enfrenta directamente con La Cosa, con la Zerstor 500, una máquina trituradora de libros de la Sociedad de Tratamiento y Reciclaje Natural. Y se abre ante mí todo el universo de Viñol, de su trabajo, de sus alegrías y miedos, de esos personajes que parecen nacer de la nada para cobrar una importancia de inmediato. Con apenas unas leves pinceladas el narrador nos presenta cada uno de los personajes que pueblan la novela y somos los lectores los que los creamos, imaginando, además, un futuro ajeno a las páginas que estamos leyendo.
Kpwalski, Brunner, Grinbert, Carminetti Rouget de Lisle, las hermanas Delecote o Julie tienen, cada uno de ellos tiene la fuerza suficiente como para crear un relato individual que nada tiene que ver con el libro que tenemos entre manos y que nos invitan a emocionarnos con historias vividas como lectores.
Con un lenguaje sencillo, descripciones acertadas y precisas Didierlaurent nos incita a una lectura fluida, cómoda, que ahonda, más si cabe, en el amor por los libros y la lectura: Consiguiendo que nos emocionemos con la sencillez de las cosas más elementales y sencillas, pero sin tener miedo a acercarnos a los temas más profundos. Un lenguaje que atrapa y logra que mantengamos la atención desde la primera a la última página.
El autor logra transportarnos a un universo paralelo en el que un París y unos personajes tristes y anodinos nos muestran la belleza, el amor y la humanidad, hasta tal punto que una vez acabada la página 195 hay una tentación casi irresistible de volver al inicio, de vivir de nuevo, esta vez con mayor lentitud, cada una de las páginas en que Guibrando Guiñol es protagonista.
Un libro tierno, amable, que logra que las aletas de la nariz se ensanchen presas de la emoción que solo aportan las grandes historias. Jean-Paul Didierlaurent nos ha abierto la puerta a un mundo y unos personajes que permanecen presentes y vivos más allá de lo que acontece en la novela.

domingo, 15 de febrero de 2015

NOTICIAS FELICES EN AVIONES DE PAPEL. Juan Marsé



Juan Marsé es uno de esos escritores que parecer estar tocados con la varita mágica de la credibilidad. Cualquier texto por él firmado tiene la garantía suficiente como para ser leído casi con la certeza de estar ante una lectura con mayúsculas. Con él no basta su trayectoria, sobresaliente y deslumbrante, para saber que vamos a encontrar esa parcela literaria que nos haga disfrutar como lectores.
Es cierto que las 88 páginas que componen este libro harán que en muchas ocasiones pensemos en él como una novela breve, pero tanto su narrativa, su formato, como su diseño hacen que lo sintamos como una novela que no permanecerá al margen en la trayectoria de su autor, olvidándonos de inmediato de su tamaño.
Marsé vuelve a crear su novela alrededor de la figura de un joven de 15 años, de un adolescente dispuesto a descubrir y aprender todo lo que el mundo le tiene dispuesto. Esa etapa de formación que identificamos de inmediato y en la que no nos cuesta nada sucumbir por formar parte de ella.
Sí, hablamos de la Barcelona de los años 80, de esa ciudad casi mítica que ya parece nada tener en común con la actual. Y será esa ciudad, sus calles y edificios, las gentes que la poblaban la que se mantiene tan viva en la memoria colectiva la que se presenta ante nosotros lectores y hacen innecesarias mayores descripciones que las realzadas. Juan Marsé no ve necesidad en mostrar más de lo necesario, parece prescindir de lo superfluo para centrarse en la historia de los personajes, en Bruno y la señora Pauli, pero también en el padre, la madre y los "amigos" de aquel.
La prosa precisa de Marsé logra narrar con facilidad lo que parece difícil, mostrar con total serenidad una historia común que encierra distintas historias nada comunes. Juega con el lector a través de esas pequeñas vidas que van completando una trama que esconde en su seno algo más que las relaciones personales entre los protagonistas.
Claro que el autor juega con la memoria como parte esencial de su narrativa, pero en este caso abandona la memoria de la burguesía para fijar su atención en la que se encuentra a pie de calle, dibujando escenas magníficas con los tonos más esenciales. Y lo hace consiguiendo que el lector se sienta, en todo momento, cómodo, que no fije sus ojos en escenarios ajenos y dolorosos, sino que se sienta ese observador privilegiado que sigue los pasos de los personajes una vez que la voz del narrador ha abandonado el libro.
Además Noticias felices en aviones de papel es uno de esos libros que llaman la atención tanto por su diseño como por su formato. Con la exquisitez de la ilustradora María Hergueta, quien gracias a unas líneas claras y concisas ofrece unas imágenes llenas de frescura y notables dosis de fantasía que poco a poco envolverán el libro. Un libro realmente bello que engrandece cualquier biblioteca personal.

lunes, 26 de enero de 2015

LA AUTOPISTA DEL SUR. Julio Cortázar



Resulta paradójico sudar la gota gorda en un atasco mientras en la calle las temperaturas apenas alcanzan los cero grados. Pero esa es una de las características de la buena literatura, que es capaz de trasladarte completamente mientras estás leyendo. Y es que Julio Cortázar es de esos narradores que consiguen que seas uno más de los personajes de su historia.
La recuperación de relatos que está llevando a cabo la Editorial Nórdica es tan encomiable que solo suscitan palabras de agradecimiento, sobre todo entre aquellos lectores que gracias a ella redescubrimos continuamente a autores a los que hace mucho tiempo tenemos atados en las estanterías de nuestras bibliotecas. ¡Cómo leer este relato y no acudir de inmediato al libro del que forma parte Todos los fuegos el fuego para vivir nuevas vidas en otros tantos relatos!
Con esa prosa tan original e innovadora, con esa maestría de construir un relato, logra, con una historia que parece de antemano intrascendente, crear un universo propio, un escenario mucho más amplio que lo que parece suceder en las apenas setenta páginas del relato. Cortázar consigue que un simple embotellamiento en la autopista entre Fointainebleau y París se convierta en una historia con mayúsculas, una historia en la que los personajes se escapan de las páginas del libro a pesar de que apenas unas breves palabras se ocupan de su descripción.
Sí, claro que se trata de un cuento, más que un relato, pero un cuento en el que suceden, o al menos así lo parece, muchas más cosas de las que se narran. Incluso ese calor, esas altas temperaturas con que se inicia, darán paso a otras que obligarán a los protagonistas a buscar refugio en los vehículos, en los "autos" de distintas marcas, y a recurrir a las escasas prendas que en un mes de agosto llevan en el coche. Escenas que se van dibujando, como fotogramas, según nos cuenta el narrador que en tercera persona nos lleva de un coche a otro, de unos conductores y acompañantes a otros, mostrándonos historias personales que agrandamos más allá de las notas que aparecen en el texto.
Cortázar crea una sociedad en miniatura, una comunidad en la que todos cobran un protagonismo casi imprescindible y en la que cada detalle es importante para que el siguiente también lo sea. Y hay magia, esa magia que solo el autor sabe transmitir, dotando de importancia a hechos que en otro relato casi serían insustanciales.
Un relato breve pero intenso, en el que el lector se convierte en un espectador de lujo que debe buscar con rapidez el nuevo "auto" al que dedica sus explicaciones el narrador, en el que las páginas se pasan con avidez para descubrir en que acaba la "aventura a la que se ven sometidos los protagonistas.

Otras obras del autor:
La otra orilla (1945), Bestiario (1951), Final del juego (1956), Las armas secretas (1959), Los premios (1960),  Historias de cronopios y de famas (1962), Rayuela (1963), Todos los fuegos el fuego (1966), La  vuelta al día en ochenta mundos (1967), 62 modelos para amar (1968), Libro de Manuel (1973), Octaedro (1976), Alguien anda por ahí (1977), Un tal Lucas (1979), Queremos tanto a Glenda (1980), Deshoras (1982), Divertimento (1986), El examen (1986), Diario de Andrés Fava (1986)


miércoles, 17 de diciembre de 2014

EL FINAL DE SANCHO PANZA Y OTRAS SUERTES. Andrés Trapiello



No voy a decir que soy un apasionado del Quijote, conozco a varios que sí lo son y sus conocimientos sobre la obra de Cervantes en nada se parecen a los míos. Pero sí que me gusta su lectura de vez en cuando, leer el libro como lo que es, una novela de aventuras. Y hacerlo, además, sin seguir un orden concreto, simplemente abrir al azar un capítulo y comenzar su lectura como si esta fuese independiente. De hecho suelo marcar con una señal cada vez que leo un capítulo para comprobar cuántas veces lo he leído, así algunos tienen seis marcas mientras otros apenas indican dos lecturas.
La idea no es mía, no recuerdo bien quién me la enseñó hace muchos años, pero la he ejercido durante muchas noches de insomnio y debo reconocer que tiene un efecto perfecto, hasta tal punto que se ha convertido en esa lectura de la que no te cansas por muchas veces que acudas a ella.
Así que cuando Andrés Trapiello osó aventurarse en relatar los sucesos que acaecieron tras el fin de la novela, recogí el guante con la duda de si era o no buena idea intentar narrar lo que sucedía tras la muerte del Ingenioso Hidalgo. Para mi sorpresa todo olía a Cervantes, prosa, ritmo, actores, escenarios me volvían a mostrar las historias ya vividas, pero había algo más, ahora se se engrandecían algunos de los sucesos que ya conocía con nuevos y variados puntos de vista. Trapiello había conseguido revivir a los principales personajes sin apartarse nada del espíritu de su creador, con nuevas y singulares revelaciones sobre lo que acontece con los principales personajes una vez muerto Don Quijote.
Y ahora, cuando ya se habían quedado dormidos los ecos de aquella lectura, no así los creados por Cervantes que aún acompañan algunas noches, Trapiello nos regala otra nueva aventura en la que el recuerdo antiguo se convierte en una nueva ensoñación y una nueva aventura.
Pues son aventuras y divertimento lo que nos ofrece El final de Sancho Panza y otras suertes. Aventura por que seguimos el sendero que nos marca el escudero Sancho Panza, la sobrina Antonia, el ama Quiteria y el bachiller Sansón Carrasco. Y divertimento por que Sancho no cejará en el empeño de sacarnos una sonrisa, y si cabe alguna carcajada, de llenar de humor una lectura ágil y tan perfectamente encajada que demuestra bien a las claras la calidad literaria de Trapiello.
Sí, se vuelven a contar sucesos en los que Don Quijote fue el protagonista, acontecimientos conocidos o imaginados, ciertos o no, pero de los que en todo momentos somos conscientes que forman parte de la propia vida de Don Quijote. Pero hay algo más, a la prosa clásica, cervantina, que nos traslada a la lectura original, se le ha añadido la precisión de la modernidad, los guiños y juegos de quienes nos sentimos conocedores de un pasado, de una aventuras que se fortalecen ahora gracias a la memoria de quienes las vivieron y quienes las leímos.
Una novela adictiva, natural, en la que entramos con el pie derecho desde la primera frase y continuamos con el disfrute de ser nosotros mismos parte de la propia aventura, de una historia que parece no va a acabar nunca, por mucho el título nos quiera demostrar lo contrario. Trapiello lo ha vuelto a hacer, ha logrado que nos sintamos de nuevo compañeros de Sancho y su singular compañía.

jueves, 4 de diciembre de 2014

CUENTOS DEL RAMAL DEL NORTE. Raúl Rubio Escudero



Aunque soy muy desconfiado con las promociones y estoy más que escamado con la publicidad, suelo tener muy en cuenta a los lectores con criterio cuando estos me hablan de sus lecturas. Así que en cuanto Gonzalo me recomendó que empezase el libro de Raúl Rubio por el tercero de los relatos que lo componen, no dudé en hacerle caso. Sobre todo cuando nunca he tenido claro el criterio que llevan los autores o los editores (que en este caso es los mismo) a la hora de ordenar los relatos.
Pero como decía comencé a leer Cuentos del Ramal del Norte por el tercero de los relatos: "Matías Antolín". Y no solo logró engancharme, sino que cuando terminé de leer los dos primeros volví a releer, casi sin darme cuenta, los otros cinco relatos.
Raúl Rubio no solo escribe bien, manejando el lenguaje con esa precisión que parece ha perdido importancia, sino que permite que los profanos sobre el Canal de Castilla tengamos la sensación de formar parte de él, como si la distancia física y temporal de los hechos y lugares que se narran no existiese. El autor sabe ajustar con acierto las descripciones de escenarios y personajes, dotando a estos de una fuerza tal que no dejan de acompañarnos en las lecturas siguientes. Julián, Salvador, Manuel De la Gándara, Carlos Lemaur, el propio Vicente Antolín y un buen número más de personajes recorren las páginas del libro con el espíritu de una novela, hasta tal punto que cuando la cierras tienes más sensación de haber leído una novela que un libro de relatos. Que los hechos sucedan en tiempos diferentes y que los personajes sean otros carecen de importancia, pasan tan desapercibidos que solo dándole más de una vuelta te percatas de que no todo pertenece a la misma historia, ¿o sí? lo mismo da.
El autor nos introduce en la propia dinámica del Canal, de sus barcas y esclusas, invitándonos a formar parte de una historia que es nuestra desde el momento que leemos más de una página. Ya no hay vuelta atrás, no hay descanso cuando el relato finaliza, hay que seguir leyendo y viviendo, o mejor sobreviviendo en las duras aguas del Canal.
Raúl es preciso, como dije anteriormente, pero es algo más, ya que en sus palabras se esconde la misma esencia del Canal y, lo que es más importante, de quienes construyeron y vivieron en él, logrando que dicha esencia hable por sus palabras y gestos, permitiendo que al cerrar los ojos los espacios físicos se configuren con una facilidad pasmosa, como si en nuestra propia memoria anidasen dormidos los recuerdos del pasado.
Todo ello con la naturalidad que hace de la narración un verdadero disfrute, sin mayor pretensión que contar una historia, con lo que logra que esta se aparezca ante el lector sin altibajos, sin brusquedades violentas que adulteren la lectura. En todo momento el libro consigue transmitirnos el latir del Canal.
Un libro para saborear, para disfrutar de la lectura, para dejarse llevar y sentir una visión muy diferente de la Castilla a la que estamos acostumbrados a vivir. Un libro que consigue que al leer su última página nos invada una paz inexplicable, la sensación de formar parte de una historia sencilla y dura, pero llena de humanidad. Un libro que sin más pretensión que contar una o varias historias y que ha logrado que la memoria colectiva se de la mano en forma de muy buena literatura. 

domingo, 14 de septiembre de 2014

EL FOGONERO. Franz Kafka



Llevaba mucho tiempo sin leer a Kafka, salvo las múltiples citas usadas por escritores a modo de introducción, así que la llegada hace unos meses de la nueva edición de Nórdica hizo que de inmediato la separase para recuperar la prosa del autor checo. Sin embargo nuevos libros fueron tapando las poco más de 80 páginas del relato y quedó relegado para una noche de tormentoso insomnio.
Y como si de un ejercicio de relajación se tratara, desde la primera página, ha logrado aislarme completamente de todo. Ya no siento el calor sofocante, las idas y venidas del trabajo incompleto, los ruidos estridentes del verano. Todo se permuta por el ambiente creado por Kafka, llego a sentir la sensación salada del mar, a escuchar los sonidos metálicos del barco que ha llevado a Karl Robmann de Europa a América. Con ligeras pinceladas el autor logra que forme parte del escenario en que transitan los personajes, consiguiendo incluso que tome partido, que me alinee junto al protagonista para defender la injusticia cometida contra el fogonero que da título al libro.
Y es que ya desde el principio descubro todas esos aspectos que caracterizan a Franz Kafka: la búsqueda de la identidad, el irremediable e irredente destino, la crítica ante las injusticias propias de la autoridad, la fuerza de la opresión y esa continua sensación de estar viviendo dentro de un sueño. Incluso el sentimiento de ser un juguete en manos del destino se hace patente desde el momento que Robmann toma partido y decide defender ante el capitán del barco a ese hombre maltratado que encarna el fogonero.
No voy a negar que durante la lectura se cernía sobre mi la sombra de una lectura reconocible, como si fuese una historia ya conocida (descubro después que este relato formaba parte de la novela inacabada de Kafka y que luego se publicó como El desaparecido, aunque nosotros la conocemos como América, de la que conforma su primer capítulo), como si nada nuevo me pudiese ofrecer. Pero también es cierto que el ambiente opresivo, onírico, que logra crear el autor va más allá de la memoria y me sepulta bajo las atentas y distraídas miradas de los personajes que tratan de juzgar la situación. Unos y otros me obligan a tomar partido sí, pero me hacen dudar de mis convicciones ¿y si el fogonero no tuviera razón? ¿y si su superior no comete injusticia alguna y simplemente cumple con su deber ante quien no lo hace?.
Serán esas dudas las que autentifiquen el relato, las que lograrán dotarlo de una fuerza que parece escaparse del propio libro, las que den voz incluso a aquellos que no abren la boca y simplemente cruzan una mirada con el narrador. Será la Voz de Robmann, sus dudas, sus inquietudes, las que nos atenacen y nos alerten, sin que ello nos incomode un ápice para seguir leyendo, al contrario, será la lectura la que nos permita ampliar el escenario, como si un zoom imaginario nos permitiese ver toda la escena desde la distancia, observando los rostros, los gestos de todos aquellos que intervienen en ella.
Para colmo las ilustraciones de Max pondrán cara a cada uno de los personajes, recreando los escenarios en que se mueven, logrando suavizar con sus trazos el ambiente tenso y cerrado, permitiendo que nos centremos en los diálogos, en los silencios y las miradas. 

viernes, 30 de mayo de 2014

UN VIAJE A LA INDIA. Gonçalo M. Tavares



Llevo años posponiendo un viaje a la India, así que no se me ocurría mejor manera de hacerlo que a través de un libro. Y cuál es mi sorpresa cuando descubro que el osado escritor, un portugués del que desconocía casi todo, había hecho el "viaje" en verso de Lisboa a la India. Tardé unos segundos en volver a la realidad (tuve que asegurarme, hojeando al azar varias de sus páginas, que no era una especie de introducción lo que estaba versificado), alguien se arriesgaba, en pleno siglo XXI a narrar una epopeya de esta manera tan peculiar y, lo que era más impactante, lo hacía en una editorial como Seix Barral.
No pude evitar buscar en la solapa quién era el autor del libro y tras descubrir en la contraportada lo que de él dijo José Saramago: "Ganará en Premio Nobel en menos de treinta años. Estoy convencido. No tiene derecho a escribir tan bien con sólo treinta y cinco años. Dan ganas de pegarle.", me lancé a la que esperaba iba a ser una nueva aventura literaria.
Y debo reconocer que fue mucho más que eso, pues desde los primeros versos me vi invitado a un juego literario del que aún hoy soy incapaz de apearme. No solo hay una relectura de la tradición con Os Lusíadas de Luís Vaz de Camoes, sino que el espíritu del escritor renacentista está presente en cada una de las páginas. Hay mucho de literatura, de Joyce, de Proust, de Goethe, de tradición y fábula clásica, pero todo con un aire actual que lo hace diferente, que logra que la epopeya tenga una paleta de color más cercana que la hace creíble y permite que el disfrute vaya agrandándose a medida que pasan las páginas.
Tavares maneja con soltura la ironía, dando a la palabra todo su valor, dotando al lenguaje todo su carácter evocador, señalando en cada ocasión qué verso, o versos, es el que el lector debería resaltar. No siente la necesidad de dar rodeos, su verso se ajusta a lo esencial, a mostrar a Bloom (que mejor Ulises), sus miedos y ansias de buscar la sabiduría, de dejar tras de sí la huella del pasado.
El autor portugués nos regala una novela en  verso que logra aunar lo clásico con lo moderno, lo oriental con lo occidental, lo espiritual con lo material. Y lo hace de tal manera que invita, o mejor dicho incita, a la reflexión, demostrando el humanista que lleva dentro y logrando que el lector se implique de una manera nada efectista, pero si comprometida con la propia literatura, con ese ritmo acompasado que es la poesía.
Un viaje distinto, que nos exige también poner los cinco sentidos para lograr que nade se nos escape, que merezca la pena el esfuerzo de prestar atención a cada canto, a cada verso, a cada palabra. 

martes, 27 de mayo de 2014

EL BILLETE DE UN MILLÓN DE LIBRAS. Mark Twain



Que Mark Twain es uno de los más importantes escritores norteamericanos es algo que nadie, en su sano juicio, puede poner en duda, incluso no dudaría un segundo en señalar su importancia a nivel mundial. Y es que la extensa narrativa no se ciñe únicamente a Las aventuras de Tom Sawyer  y Las aventuras de Huckleberry Finn (aunque ambos títulos merecen estar en los altares del Olimpo literario), sino que fueron muchos los textos salidos de su pluma. Por suerte en la actualidad, y en nuestro país, hay muchas editoriales que siguen apostando por textos, de todo tipo, del escritor norteamericano (de hecho al día siguiente de salir este título) al menos otro más buscó ubicación en las estanterías de las librerías españolas.
El billete de un millón de libras es un relato divertido, ingenioso, en el que Twain despliega todo su hacer literario y en que logra del lector esa complicidad que consigue que te sientas partícipe del mismo. Sí, recorres junto a Henry Adams los rincones más variopintos de Londres, te cruzas con los mismos personajes que él, e incluso llegarás a tener la tentación de orientar sus pasos hacia lugares que en ningún momento se mencionan en la novela.
Y es que Mark Twain tiene la extraña capacidad de imbuir al lector de la misma aventura que el protagonista, con la ventaja de no padecer en ningún momento de las penalidades de este, de llevarle de la mano por todos los locales y tugurios por los que camina el propio Henry. 
Además no somos ajenos a la faceta irónica del escritor, a ese especie de estudio de la capacidad del hombre por atacar la adversidad, por enfrentarse a esos momentos en los que todo parece derrumbarse. Para ello Twain no duda ni un instante de buscar el tono más caústico, donde la ironía no solo se encuentra en las descripciones, sino que será la fuerza fundamental de los diálogos.
Estamos ante una novela de lectura ágil, entretenida, que consigue que el rostro se vaya contagiando del estado de gracia del protagonista, hasta tal punto que se hará muy difícil esconder la sonrisa que parece se apoderará de nuestro rostro a medida que avance la lectura del libro.
Destacable es también la edición de Gadir, en especial de las ilustraciones de Marcos Morán, que consiguen que seamos conscientes de inmediato de los guiños que hace respecto al  cine y al propio autor de la obra. 
Un libro para saborear la literatura, el justo uso de las palabras para adecuar la  narración a lo que verdaderamente está sucediendo en la historia. Ni sobra ni falta nada, Twain logra, otra vez, un relato ajustado en su forma y en su fondo, consiguiendo que el lector se sienta invitado a compartir con el protagonista sus vivencias, narradas en primera persona, sus penalidades en una ciudad y una país que no es el suyo y como la fortuna puso en sus manos el medio para sortearlas.