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miércoles, 1 de abril de 2020

LA BATALLA DE OCCIDENTE. Éric Vuillard



Hace seis años -iba a poner tres, pero está visto el tiempo vuela sin que apenas nos percatemos-, las librerías se llenaron de decenas y decenas de libros que nos acercaban, con múltiples matices, a la I Guerra Mundial. Un conflicto menos conocido que la que se desarrolló posteriormente entre 1939-1945 y de la cual parecíamos tener demasiadas heridas en Europa. No sabría decir si muchas de esas heridas cicatrizaron o, al menos, encontraron manera de supurar menos, pero es cierto que muchos llenamos muchas de las lagunas que sobre aquellos terribles años teníamos en nuestra mente. Investigaciones, ensayos e incluso novelas ofrecieron diferentes perfiles de la llamada Gran Guerra que se desarrolló en Europa, principalmente, entre el 28 de julio de 1914 y el 11 de noviembre de 1918.
Poco a poco fueron espaciándose las publicaciones dando paso a nuevas celebraciones que recordaban los acontecimientos de la segunda década del siglo XX. Aún así el inesperado interés por la I Guerra Mundial ha permitido que siguiesen apareciendo trabajos que en nuestro país permanecían inéditos, tanto de creación como de investigación, con acontecimientos situados alrededor del acontecimiento bélico.
Dados los antecedentes de Éric Vuillard y su atenta mirada a los distintos conflictos en la historia de Europa, a nadie le extrañó que pusiese sus ojos en La batalla de Occidente y reflejara, a su manera, el conflicto que acabó con la vida de más de 20 millones de personas entre combatientes, población civil y quienes perdieron la vida por culpa del hambre posterior.
No puedo presumir de ser quien descubrió a Vuillard en España, al contrario, la recomendación continuada de muchos de mis lectores de El orden del día me hizo acercarme a sus páginas y descubrir un escritor diferente. Un escritor que no necesitaba un gran tratado para narrar, de una manera distinta y atractiva, momentos puntuales de la historia. A través de poco más de 140 páginas acercó al lector al ascenso de Hitler al poder por medio de pequeños detalles que con una inusitada sencillez, al menos eso le parece al lector que no se preocupa de la profunda y completa documentación necesaria para hacerlo, logra que este visualice tanto el momento histórico como los pasos dados para obtener el resultado final.
El éxito arrollador, venía avalado por el Premio Goncourt 2017, que supuso en nuestro país nos permitió la edición de 14 de julio, un libro en el que narraba, con una pasión desbordante, el día en que se produjo la toma de la Bastilla. Con una precisión milimétrica y con una narración casi cinematográfica el lector acompañaba a los sublevados y sentía en primera persona los que sucedía en Francia.
Y, como no podía ser de otra manera, Tusquets recupera ahora la obra de Vuillard La batalla de Occidente, acercándonos al conflicto de la Gran Guerra. En esta ocasión el protagonista es sustituido por lo colectivo y por ciertos personajes que se convierten en el hilo argumental en cada uno de los 13 capítulos que conforman el libro. Cada apunte se convierte en una pincelada particular cuya lectura conjunta permite al lector no solo situarse en la generalidad del conflicto, sino hacerse una idea perfecta del porqué sucedieron muchas cosas difícilmente explicables de otra manera.
Vuillard maneja sobremanera ese tipo de narración que parece te cuenta cosas sin importancia, como si estuviese fabulando sobre algo, recuerda a aquel profesor que te enseñaba como sin pretenderlo, como si cada case, en este caso cada capítulo, fuese una confidencia que habría que comentar en voz baja. Y es que el autor parece susurrarte en todo momento, adquiriendo una fuerza impresionante si el texto se lee en voz alta, como si su escritura fuese más adecuada para ser escuchada que para ser leída.
Porque los textos, los libros de Éric Vuillard hay que leerlos con detenimiento, con mimo, saboreando cada frase y cada párrafo como si en cada uno de ellos estuviese la clave de entender el siguiente. El escritor francés es, sin lugar a dudas, uno de los mejores representantes actuales de esa narrativa a caballo entre la realidad y la ficción; no es un historiador, pero compone sus textos con hechos, personajes y acontecimientos históricos. No se conforma con mostrar una idea que nos traslade a unos hechos concretos, expresa esa idea y la desarrolla para que seamos capaces de imaginar e interpretar los distintos acontecimientos. Sin duda alguna una lectura que abre la mente e incita a rebuscar y leer sobre los momentos puntales que deja entrever.




sábado, 3 de marzo de 2018

PEQUEÑO PAÍS. Gael Faye


Hace mucho tiempo que dejé de señalar en los libros, de subrayar y poner notas al margen, no por afán de mantener el libro lo más intacto posible, sino para evitar predisponerme a ideas en una posterior lectura. Es cierto que no puedo evitar tomar notas de aquellas frases o ideas que me llaman la atención, pero en muchas ocasiones la búsqueda de aquel detalle me obliga a leer más de un capítulo para evitar que mis palabras no se ajusten de manera completa a las propias palabras de autor, o en su caso del traductor.
Pero claro, qué sucede cuando las frases se van agolpando a medida que pasan las páginas, cuando las ideas preconcebidas se diluyen con una rapidez pasmosa, cuando las risas dan paso al llanto contenido y cuando múltiples emociones hacen que las imperfecciones del mundo que crees conocer son simples anécdotas con las realidades de otros mundos.
Pues sencillamente que todo en ti se convulsiona y que descubres lo que la lectura de un buen libro puede repercutir en tu manera de ver el mundo, tu mundo y el de aquellos que ni siquiera conocerás nunca.
La "biografía" novelada, o los recuerdos de la infancia, de un rapero puede ser alentadora, intrigante, máxime cuando procede del continente africano. No tanto por su fama o la de sus letras (mi ignorancia en este sentido es supina), ni siquiera por contar con el galardón del Goncourt des Lycéens, sino porque la mayor parte de los aspectos de la historia reciente de países como Ruanda o Burindi me eran desconocidos.
Soy consciente, y lo era también a la hora de comenzar la lectura, de que los libros que usan la mirada de un niño para narrar cualquiera de los aspectos de la experiencia difieren mucho a la de los adultos y que a pesar de la señalada frescura en muchas ocasiones produce relatos simples y edulcorados que apenas se cierra el libro desaparecen de la memoria del lector. Pero en esta ocasión hay una advertencia clara al inicio del relato cuando su protagonista, instalado de manera permanente  en Francia y con cuya nacionalidad siempre ha contado, nos señala la obsesión por volver al país de su infancia, a esa aprensiva necesidad de recuperar sonidos, olores, sensaciones...
Así que de inmediato Gaby, la voz que nos relatará aquellos capítulos de la infancia, comienza a hablarnos de lo que conoce, de lo que vive a su alrededor, pero también la herencia de los recuerdos que su familia, la reconstrucción de un pasado que a él se le antoja cercano, pero que no ha sentido en sus carnes.
Quizá lo más llamativo, lo que se aleja de relatos de este tipo, es que no se sumerge en los aspectos más grises de la población, se centra en una clase media urbana, con un mestizaje cultural destacable - su padre es francés y su madre ruandesa y tutsi -, una clase ajena al África que el turismo se ha preocupado de recuperar, la del animismo, los baobab, las tribus... Estamos hablando de una población que se nutre de las dos culturas, la africana y la europea, y que se encuentra en un lugar elevado de la escala social.
Pero aquella mirad infantil, la que parece ajena al dolor de los conflictos que se suceden a su alrededor, demuestra que no deja de ser consciente de todo lo que ha sucedido y va a suceder. De manera que el relato infantil de amistad, armonía, juegos y crecimiento personal, se convierte de manera brusca en actor y testigo de lo que sucede tanto en Ruanda como en Burundi. Dando paso a una novela dura, desgarradora, donde la crudeza de las descripciones queda suavizada por la neutralidad a la hora de contar lo más doloroso.
Gaël Faye se ha convertido en la voz de dos países sin apenas tradición literaria, explicando con sencillez y total naturalidad acontecimientos que parecen muy lejanos desde el prisma europeo, pero que nos pueden dar un toque de atención sobre una situación que nos parece normal, pero que es, como así lo refiere en varias ocasiones el autor, algo anómalo: la guerra no es algo común a África, es una anomalía que hay que conocer para evitar y solucionar.
Sí, estamos ante una lectura fresca, con una prosa que atrapa y que te ofrece en pequeñas dosis la historia convulsa de fines del siglo XX en Ruanda y Burundi. Pero sin duda alguna, lo más significativo, es que está llena de sorpresas, de perlas que te van a acompañar durante mucho tiempo y que te va a hacer pensar y poner los ojos y la mente en la gravedad de los conflictos y, por encima de todo, en los seres humanos que las sufren.

jueves, 10 de abril de 2014

RETORNO DE UN CRUZADO. José Jiménez Lozano



No, definitivamente leer a José Jiménez Lozano no es nada fácil, no resulta sencillo traspasar la tela de araña en que transforma su narrativa. Ya desde las primeras páginas se descubren los párrafos largos, sin puntos, en los que el lector llega a notar la extraña sensación de carecer del aire suficiente como para llegar a su final. Párrafos llenos de imágenes e ideas que se agolpan con tanta violencia como destreza.
Sí, claro que llega un momento en el que te sumerges en la prosa de Jimenéz Lozano que lo menos importante es lo que te dice, lo que te atrapa es la manera que tiene de expresar, de lograr que la literatura y el lenguaje se abran paso a borbotones, con una fuerza tal que ni siquiera el ímpetu de la lectura es capaz de seguir la velocidad de las ideas. Lo importante, aunque suene a frase manida, no es lo que nos cuenta, sino cómo lo cuenta.
Narrado en primera persona, salvo esos ligeros apuntes que ofrece Lisa, la novela (la describo como tal aunque sé hay muchas voces que claman contra dicha definición) nos transmite la inquietud que produce la guerra y sus consecuencia, la presión de pretender explicar y expresar acontecimientos y sentimientos, de acercar un pasado a quienes están muy lejos de él y se sienten confusos y repletos de preguntas que no saben si se pueden preguntar.
Confusos son también lo recuerdos del narrador, el tío Pedro -hay un desorden en las evocaciones que hace que la lejanía se amplíe en muchos momentos-, con una dualidad marcada entre lo cálido del hogar y la frialdad de la distancia ante muchos de los hechos dibujados por la memoria.
Aunque quizá la mayor demostración de la confusión quede marcada por el posfacio de Guadalupe Arbona Abascal, 36 páginas que no tiene  otra función que explicar el desorden de las palabras  del Tío Pedro. Tengo que señalar que frente a la indignación inicial ante dicho posfacio y las enormes ganas de no leer más allá de su título, sus palabras clarificadoras amortiguan dudas y despejan incógnitas que solo son presentes una vez desvelado aquel.


martes, 11 de febrero de 2014

INICIACIÓN DE UN HOMBRE: 1917. John Dos Passos



No sé cuándo fue la última vez  que leí a Dos Passos, pero puedo asegurar que hace demasiados años. El descubrimiento de Manhattan Transfer me hizo buscar con ansiedad El paralelo 42, 1919 y El gran dinero, lo que luego descubrí eran conocidas como la "Trilogía USA".
Pero claro, en unos meses en los que la I Guerra Mundial se ha convertido en tema principal de mis lecturas (sobre todo ensayos que podían acercarme a una contienda de la que desconocía, y sigo desconociendo, casi todo), no podía abstraerme de narraciones que acercaban a los acontecimientos desde otros puntos de vista, o al menos otra manera de enfrentarse al drama de la guerra.
Fue eso, y no el hecho de ser el primer libro escrito por uno de los integrantes de la conocida como "generación perdida", lo que hizo que cogiese el libro con la avidez de quien se obsesiona con un  tema. Ni siquiera sabía, antes de empezar la lectura, que el propio Dos Passos había participado en la Guerra como conductor de ambulancias y por lo tanto buena parte de lo que me iba a encontrar pertenecía a la propia experiencia personal del escritor.
Desde las primeras líneas se descubre, al menos si has leído antes otras obras del autor, se aprecia una narración joven y directa, donde el lenguaje es sencillo y se dirige directamente a lo que pretende contar, casi desaparecen los artificios y trata de que sean los diálogos quienes señalen al lector los acontecimientos. Pero aún así, o por eso mismo, no sabría muy bien decir exactamente el porqué, Dos Passos narra con franca crudeza los acontecimientos de una guerra marcada por la dureza de los combates, por esas trincheras de las que parecen escaparse los gritos y los olores.
Es cierto que la introducción que el autor presenta al inicio del libro te señalan una dirección concreta (una introducción que no existía en la edición original de 1920 y fue introducida en la de 1968), pero no es menos cierto que las imágenes son lo suficientemente elocuentes como para imaginar el drama y los horrores de ciertos instantes de la guerra.
La prosa ágil, clara y sencilla de Dos Passos ( a menudo empañada por el uso excesivo de los adjetivos antes de los nombres, seguramente más influenciado por la traducción que por lo lírico de la narración) logra que el libro se lea con una rapidez sorprendente. No son, como sucede en muchas ocasiones, las ganas de descubrir en que acaba el texto, en este caso las vicisitudes de los tres amigos protagonistas, sino la necesidad de conocer más detalles de lo que les acontece.
Un relato a caballo entre las memorias y la narración de formación que logra mostrarnos con precisión pinceladas de lo que fue una guerra desde la mirada de un joven que ne ningún momento era consciente de dónde se dirigían sus pasos 

martes, 28 de enero de 2014

LA COCINERA DE HIMMLER. Franz-Olivier Giesbert



No sé lo que más me sedujo de esta novela, si que su protagonista tuviese ciento cinco años, o que el nombre de Himmler apareciese asociado a la palabra venganza. El caso es que cogí el libro con la sensación de encontrarme con una historia diferente y atractiva.
Claro que lo primeros temores aparecieron cuando mostraba ciertos rasgos de similitud con El abuelo que saltó por la ventana y se largó y si es cierto que aquella me sorprendió y agradó de principio a fin, no estaba dispuesto a admitir de nuevo la misma fórmula narrativa.
Por no hablar de los adjetivos calificativos que se usaban en la publicidad para atraernos a su lectura. Todavía estoy dando vueltas al término "hilarante" con que se definía la novela (que nadie dude que sentido del humor tengo el suficiente como para sonreír, y reír si llega el caso, leyendo con destacada facilidad).
Eso sí, no voy a negar que es "divertida", "osada" e "inteligente", pues son características que pueden definirla de principio a fin. Y  es que Giesbert logra crear una atmósfera tal que se hace, una vez conoces a Rose, imposible dejar la lectura, apartar la mente de una historia que se va construyendo con fuerza y tesón, traspasando el espíritu de la protagonista a quien tiene el libro entre sus manos.
Con una lectura envolvente se van sucediendo los distintos acontecimientos (el genocidio armenio, los horrores del nazismo y el maoísmo), mientras se nos presentan unos personajes ante los cuales no puedes quedarte al margen. De inmediato te posicionas, te sirven de apoyo o te entra un espasmo que bien se podría definir como ese rechazo visceral ante quien ha cometido las mayores barbaridades, ya sean estas a nivel doméstico o social.
Aunque uno de los logros más destacados del autor es conseguir que siempre estés alerta, pues aunque en más de una ocasiones puedes imaginar lo que va a suceder, hay otras en las que la sorpresa te domina y las imágenes que se imprimen en tu mente son más duras de lo que piensas unas líneas antes. Giesbert logra que la imaginación vaya, en muchas ocasiones, más allá de lo narrado, haciéndote partícipe de esas situaciones que aparecen de repente y ante las cuales poco puedes hacer. Imágenes que no siempre son dramáticas, al contrario, pues la invitación al juego erótico, o simplemente al sexo repentino, permite que la novela discurra por caminos inesperados.
Rose no solo posee la fuerza necesaria para sobrevivir, sino que hace de la alegría esa fuerza extraordinaria que le permita evadirse de los momentos más duros. Sin olvidar el importante motor que es la venganza que, en su caso, se toma bien fría.

miércoles, 13 de marzo de 2013

EL CRIMEN DEL SOLDADO. Erri De Luca



No recuerdo cuál fue el primer libro de Erri De Luca que cayó en mis manos, ni siquiera cuántos tengo apuntados como de obligatoria lectura. Pero lo que sí tengo claro es que es uno de los narradores más destacados del panorama literario europeo y que cada libro nuevo que aparece es perseguido por esa legión importante de seguidores fieles que crece día a día.
No sabría decir qué es lo más destacable de su literatura: los temas, que siempre parecen prometer algo diferente, la brevedad de los libros, algo de agradecer en estos tiempos en los que a muchos lectores parecen sobrarnos siempre una centena de páginas en muchos de los libros que leemos (en el cine tenemos la misma sensación, como si quitando 60 minutos la película ganara en interés), parece existir un rellleno prescindible para nosotros pero no para los autores ¿o es cosa de las editoriales? Con su forma de narrar, por lo general con Erri de Luca nos pasa que casi es secundario lo que nos cuenta, siendo lo más importante, lo verdaderamente imprescindible, cómo nos lo cuenta.
En esta ocasión lo mejor del libro son las diversas voces que lo componen, voces que engrandecen las distintas historias que confluyen en apenas una decena de páginas. Retazos de vida, de experiencias vitales, de amores y, por encima de todo, de horrores.
Estamos ante un libro corto, casi un relato, pero que invita al lector a volver a la primera página una vez acabada la última en busca de esa frase, ese mensaje, ese reflejo de dos historias que confluyen. Una narrativa tan ágil como precisa, que no necesita ningún tipo de preámbulo, ningún dibujo ilustrativo para meternos en las historias que cabalgan, casi salvajes, entre las páginas del libro. Un perfecto disfrute para el lector que, de nuevo, queda hipnotizado ante la prosa de Erri De Luca.

martes, 12 de marzo de 2013

LOS PÁJAROS DE AUSCHWITZ. Arno Surminski



Debo reconocer que hubo un tiempo en que cualquier episodio de la II Guerra Mundial me llamaba tanto la atención que era capaz de dejar lo que estaba leyendo para dedicar todos mis esfuerzos a dicha lectura. Batallas, memorias, novelas y biografías me suponían una fuente inagotable de entretenimiento y, por qué no, de continuo aprendizaje. No recuerdo bien cuando el interés decayó, creo recordar que fue motivado más por algún tipo de moda que por pérdida de atractivo.
Pero como siempre hay algunos libros que llaman la atención sin saber porqué, cogí Los pájaros de Auschwitz casi con el convencimiento de que iba a ser una buena lectura. Eso sí, temía que la alegoría de pájaros y campo de concentración tuviese algo que ver con el libro y la atracción se convirtiese en rechazo.
Y no, no existe ninguna segunda intención en el título, ni esconde este algún tipo de mensaje oculto. Simplemente estamos ante una novela basada en un hecho concreto y real. Con un personaje y un acontecimiento que sucedió en el campo de concentración que da nombre al libro, un ornitólogo y un trabajo: "Observaciones sobre la fauna ornitológica de Auschwitz".
El autor tiene el detalle de cambiar el nombre de los protagonistas, de Niethammer y Grebackis por Marek y Grote, para construir un relato sólido en el que lo que sucede en el campo de concentración ocupa un segundo plano. 
Una historia periférica que mediante dos personajes principales logra situarnos, como lectores, al filo de una navaja, pues hay momentos en los que lograremos olvidarnos de la situación real de estos y los demás habitantes del campo, para sumergirnos de repente en la dureza de la realidad (aunque ambas sean realidades) en un lugar donde no a nadie se le esconde lo que sucede. 
Junto a gorriones, garzas reales, petirrojos, ruiseñores y pinzones, encontramos barracones, alambradas,  la horca y los hornos crematorios. La crueldad y el horror están ahí, no se despegan, pero se usan de manera periférica, casi de forma sutil. Arno Suminski crea una narración distante, en la que los dos protagonistas, aunque manteniendo la distancia, parecen ajenos a lo que sucede. Por suerte el escritor no cae en falsa sensiblería e impide cierta camaradería que haría perder crédito a la propia historia.
Una novela de muy diversas lecturas, inquietante para el lector del siglo XXI  que no puede evitar ver más allá de lo que cuenta el libro, imágenes sobrecogedores que no están entre sus páginas. Desasosiego al percibir que se da importancia a unas cosas, siempre los pájaros, y a otras no...