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viernes, 31 de julio de 2020

RIÑA DE GATOS. MADRID 1936. Eduardo Mendoza



Qué mejor manera de celebrar este atípico Día del Libro en pleno mes de julio que recuperar una espléndida lectura diez años después y saborearla de una manera mucho más sosegada y pausada. 
Siempre tengo presente que un libro con el que he disfrutado debe tener, al menos en la mente, una segunda lectura, no buscando una revisión del momento que supuso la primera, sino con la idea de que hubo detalles que se pudieron escapar cuando aquella se realizó de manera casi convulsiva. No voy a negar que Riña de gatos supuso para mí un cúmulo de sensaciones y, por lo tanto, una situación que no se da con demasiada frecuencia: haber disfrutado con el autor momentos inolvidables. Tener la suerte de compartir el acto de presentación de la novela, Premio Planeta en 2010, y la posterior complicidad de un autor por el que sentía una profunda admiración, descubrir su talla como persona y, sobre todo, el cariño que nos demostró a los dos libreros, Pilar y yo, dejando lo protocolario para admitirnos en una conversación en la que demostraba no solo sus amplios conocimientos, sino también su humildad.
Cómo no coger con frenesí el libro en la soledad del hotel, cuando aún no se habían apagado los ecos de la velada, y sumergirme en el mundo sensorial que el autor dibujaba alrededor del Madrid de marzo de 1936. Y descubrir al mejor Mendoza, a su sarcasmo e ironía, al desparpajo a la hora de hacer de narrador de unos acontecimientos llenos de humor, de sorpresas, equívocos e historia.
Sentir la excentricidad de unos personajes barojianos, de unas calles y un ambiente que deja entrever los graves acontecimientos que iban a producirse unos meses más tarde. Pero también disfrutar de una historia, ser partícipe de unos acontecimientos llenos de acción y enredo, descubrir cómo mi mente, a medida que se sumaban las páginas, dibujaba con enorme claridad lo que el propio narrador me iba contando casi como en un susurro.
Pasar de la admiración a la sonrisa, del asombro a la carcajada, de los juegos literarios de nombres y situaciones a la búsqueda del siguiente paso de los protagonistas. Acompañar a Anthony por las calles de aquel Madrid, de sus actores y tratar de advertirle, de avisarle como si fuese un confidente, de las consecuencias de unos actos cada vez más sorprendentes, pero siempre creíbles.
Mendoza construye una novela llena de ingenio, con giros y sorpresas en cada página, una comedia llena de vida y que permite, por momentos, mostrar buena parte del artesonado de una ciudad en un momento fácilmente reconocible. Hay mucho de costumbrismo y narrativa popular, el autor logra dar vida a personajes de distinta índole, dotando a cada uno de una importancia tal que todos parecen, amén de imprescindibles, tan reales como excéntricos.
Pero sin duda alguna el mayor logro del autor es, además de construir una historia tan perfectamente perfilada como rematada, alejarse de cualquier atisbo de aleccionamiento; el narrador realiza su función con pulcritud, logrando en todo momento la acertada recreación de un Madrid que va a sentir en sus propias calles el terror de una guerra.
José Antonio Primo de Rivera, Sánchez Mazas, Fernández de la Cuesta, Franco, Molo o Queipo de Llano asomarán con mayor o menor prestancia en las páginas de un libro que nos acerca al costumbrismo de la narrativa popular. Un mundo hecho narrativa, lleno de enredos, a caballo entre la novela policíaca y la de espías, una tragicomedia que no deja indiferente al lector y que, durante muchas de sus páginas formará parte de la misma como un espectador de lujo.

miércoles, 8 de abril de 2020

1793. Niklas Natt Och Dag



     Por regla general, cuando coges un libro, tienes cierta idea de lo que te puedes encontrar entre sus páginas. Incluso aquellos cuya lectura es fruto de un impulso; comienzas a leerlos sin saber porqué, únicamente hay algo de ellos que te llama la atención. Por suerte la mayor parte de las veces esa intuición es acertada y la lectura suele ser satisfactoria e incluso sorprendente.
Pero hay otros que aunque vienen precedidos de cierta aureola -no suelo hacer mucho caso de ello, pues me suelen defraudar, salvo que esta provenga de otros lectores o libreros que considero fiables-, llegan a tus manos sin más interés que ver qué es, o cómo está escrito. 
Bueno, lo primero que tengo en cuenta muchas veces es el sello editorial y, para qué negarlo, de Salamandra me fío. No sé si porque he acertado en las lecturas o porque el equipo editorial trabaja muy bien (quiero pensar que es esto último). Pero lo cierto es que han sido numerosos los escritores que he conocido a través de la editorial. De manera rápida se me ocurren: Sándor Márai, Philippe Claudel, Andrea Camilleri, Khaled Hosseini, Laurent Gaudé, Zadie Smith y J.K. Rowling. Por no hablar de uno de los mejores libros de la historia de la literatura: El Principito.
Pero vamos al libro que nos ocupa, un libro cuya presentación en sociedad estaba condensada en dos frases demasiado pretenciosas: "La novela que ha revolucionado el thriller histórico y triunfa en toda europa". Algo que, en principio, me hacía desconfiar, pues a parte de existir mucha diferencia entre el gusto lector de los distintos países, el triunfo es muy relativo, ya que la mayor parte de las veces la contabilidad de los libros vendidos no se preocupa de la última pieza de la cadena, el lector, sino de las compras a las editoriales por las librerías. Pero estaba claro que algo me había llamado la atención, no sabría decir si el Estocolmo de finales del siglo XVIII o las ganas de conocer un nuevo escritor.
El caso es que comencé la lectura sin ningún tipo de predisposición ni influencia. Y cuando me quise dar cuenta había terminado la primera de las cuatro partes que componen la novela. Y tuve que tomar aliento, mirar que la realidad a mi alrededor era muy diferente a la que se mostraba en el libro, recuerdo incluso que tuve que abrir la ventana y sentir el fresco de la noche para respirar bien y airearme. 128 páginas sin descanso, cerrando de vez en cuando el libro para apartar ciertas imágenes, y atrapado completamente por una historia oscura, con escenas brutales con la sensación de sentirme impregnado de la enfermedad y podredumbre de la ciudad en que se desarrolla.
De repente, en ese segunda parte, todo parece cambiar, como si el autor pretendiese dar un descanso. Aunque en seguida las cosas vuelven a sumergir al lector en el mismo ambiente, aunque desde otro, otros si sumamos la tercera parte, de punto de vista.
Niklas Natt Och Dag dibuja un fresco perfecto de la situación de Suecia en una época convulsa, cuando los ecos de la Revolución Francesa se perciben como un peligro entre las clases dirigentes, mientras que el pueblo, sumido en la pobreza y el hambre, solo tiene una misión: subsistir. La vida  en la calle, la suciedad, la crueldad, la muerte se dan la mano en todo momento para crear un ambiente opresivo, donde la enfermedad, el alcoholismo y la muerte son el pan de cada día. Y lo vemos a través de los ojos de los protagonistas principales: el abogado Cecil Winge, cartesiano y enfermo de tifus, y Mickel Cardell, veterano de guerra y vigilante; pero también  de Blix y Anna Stina que nos muestran universos totalmente distintos pero que permiten perfilar los diferentes ambientes que componen en día a día de Estocolmo en 1793.
Las tabernas, los cementerios, los orfelinatos, las cárceles de mujeres, los prostíbulos de lujo, la calle y un sinfín de espacios distintos dibujan una novela violenta, con escenas brutales y crueles y un atmósfera asfixiante en la que gracias al aura de misterio alrededor de la trama principal el lector disfrutará de cada página, de cada descripción, de cada palabra...


jueves, 26 de marzo de 2020

SIDI. Arturo Pérez-Reverte




A pesar de considerarme un niño que revivió mil y una aventuras que traspasaron la lectura, el cine o la televisión, nunca me puse en la piel de El Cid. Fui Sandokán, Tarzán, Huckleberry Finn, Otto Lidenbrock (aunque de este nunca mencionaba el nombre), Ivanhoe, Pierre Aronnax, Robin Hood, Jim Hawkins, el Empecinado y un largo etcétera, pero nunca me transformé en Rodrigo Díaz de Vivar, ni siquiera en alguno de sus acompañantes. No sé si el destierro a que se vio sometido pudo más que el espíritu de aventura que en mi niñez se dibujó alrededor de su figura.
O quizá fuesen  los versos de Manuel Machao que hoy todavía mi memoria guarda:
    
                                 El ciego sol se estrella
 en las duras aristas de las armas,
 llaga de luz los petos y espaldares
      y flamea en las puntas de las lanzas. 
El ciego sol, la sed y la fatiga
 Por la terrible estepa castellana, 
                                                       al destierro, con doce de los suyos
                                                             -polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.
                                                             Cerrado está el mesón a piedra y lodo.

Por supuesto que la figura del Cid siempre me ha llamado la atención, son varios los libros que sobre su historia y leyenda pueblan mi biblioteca, y entiendo la difícil tarea de aquellos que tratan de separar la realidad de lo mitificado, máxime cuando durante mucho tiempo fue puesto como ejemplo de demasiadas cosas hoy obsoletas para mi generación. Así que una novela sobre El Cid era casi de obligada lectura.
Y eso que, como ocultarlo, con Pérez-Reverte me debato entre el amor y el odio (literariamente hablando, claro está), pues he disfrutado mucho con algunos de sus libros (Un día de cólera, El asedio, Hombres buenos, por señalar algunos), mientras que con otros me he sentido un poco engañado, sobre todo porque sé de su capacidad como escritor.
Así que abrí Sidi con cierta cautela, con el respeto que el personaje protagonista merece y la esperanza de que el libro estuviese entre los que me acercan al amor a Pérez-Reverte. Y tengo que reconocer que, desde prácticamente la primera página el escritor y el personaje se fusionaron de tal manera que quedé atrapado entre el polvo, el sudor y el hierro. Y esta vez, por fin, fui compañero de Rodrigo Díaz de Vivar y de su destierro, percibí el cansancio de la cabalgada, la incertidumbre del mañana y la inquietud ante lo que ofrece el horizonte.
Y es que Pérez-Reverte ha sabido humanizar al protagonista, darle una humanidad del siglo XXI, en el destierro, en un lugar de frontera, con la incertidumbre de qué pasará con los que le acompañan. Ha logrado impregnar todo el libro de la figura de un líder legendario, dotándole de una realidad que supera, en mucho, los intentos que hasta ahora se habían hecho desde el mundo de la novela. Que a nadie se le olvide que de eso se trata, de una novela, bien documentada, con muchos conocimientos previos, pero una novela.
Una novela que huele a sangre, a polvo, a batalla, a valor; que permite que el lector sienta en sus propias carnes la desazón de quien vive para la guerra y solo pretende seguir haciéndolo unas jornadas más. Pero que tiene además el descaro de borrar la distancia de los siglos y mantener el lenguaje de la época en todo momento, con un esmero cuidado para que nada se escape, adecuando el ritmo de manera que el ambiente del camino, de la batalla, o del descanso pasen de las palabras a quien está leyendo el libro.
Un libro que no pretende, algo raro en los tiempos que nos ha tocado vivir, ni ensalzar ni echar por tierra la figura del protagonista, ni siquiera de los que conforman los distintos escalafones de la sociedad en que convive, simplemente narra unos sucesos que pudieron o no ser de la manera que se trata, pero que al contrario que ajustar cuentas, ofrece al lector la narración de una historia donde la vida adquiere una importancia bien distinta a la actual.





martes, 28 de enero de 2014

LA COCINERA DE HIMMLER. Franz-Olivier Giesbert



No sé lo que más me sedujo de esta novela, si que su protagonista tuviese ciento cinco años, o que el nombre de Himmler apareciese asociado a la palabra venganza. El caso es que cogí el libro con la sensación de encontrarme con una historia diferente y atractiva.
Claro que lo primeros temores aparecieron cuando mostraba ciertos rasgos de similitud con El abuelo que saltó por la ventana y se largó y si es cierto que aquella me sorprendió y agradó de principio a fin, no estaba dispuesto a admitir de nuevo la misma fórmula narrativa.
Por no hablar de los adjetivos calificativos que se usaban en la publicidad para atraernos a su lectura. Todavía estoy dando vueltas al término "hilarante" con que se definía la novela (que nadie dude que sentido del humor tengo el suficiente como para sonreír, y reír si llega el caso, leyendo con destacada facilidad).
Eso sí, no voy a negar que es "divertida", "osada" e "inteligente", pues son características que pueden definirla de principio a fin. Y  es que Giesbert logra crear una atmósfera tal que se hace, una vez conoces a Rose, imposible dejar la lectura, apartar la mente de una historia que se va construyendo con fuerza y tesón, traspasando el espíritu de la protagonista a quien tiene el libro entre sus manos.
Con una lectura envolvente se van sucediendo los distintos acontecimientos (el genocidio armenio, los horrores del nazismo y el maoísmo), mientras se nos presentan unos personajes ante los cuales no puedes quedarte al margen. De inmediato te posicionas, te sirven de apoyo o te entra un espasmo que bien se podría definir como ese rechazo visceral ante quien ha cometido las mayores barbaridades, ya sean estas a nivel doméstico o social.
Aunque uno de los logros más destacados del autor es conseguir que siempre estés alerta, pues aunque en más de una ocasiones puedes imaginar lo que va a suceder, hay otras en las que la sorpresa te domina y las imágenes que se imprimen en tu mente son más duras de lo que piensas unas líneas antes. Giesbert logra que la imaginación vaya, en muchas ocasiones, más allá de lo narrado, haciéndote partícipe de esas situaciones que aparecen de repente y ante las cuales poco puedes hacer. Imágenes que no siempre son dramáticas, al contrario, pues la invitación al juego erótico, o simplemente al sexo repentino, permite que la novela discurra por caminos inesperados.
Rose no solo posee la fuerza necesaria para sobrevivir, sino que hace de la alegría esa fuerza extraordinaria que le permita evadirse de los momentos más duros. Sin olvidar el importante motor que es la venganza que, en su caso, se toma bien fría.

martes, 3 de septiembre de 2013

INQUIETUD EN EL PARAÍSO. Óscar Esquivias



Aunque a muchos les pueda resultar extraño, esta novela es la primera parte de una de las trilogías más sorprendentes, arriesgadas e inquietantes publicadas en castellano en las últimas décadas. Una trilogía con diferentes registros y que no deja de sorprender al lector en todo momento.
Desde el primer capítulo ("Dante en el Salón Rojo") el lector debe enfrentarse a su propio asombro, a la sensación de estar leyendo una historia que se va a romper de inmediato, fruto de un surrealismo que roza lo extravagante. 
Burgos, verano de 1936 Don Cosme, canónigo penitenciario de la catedral sostiene que el Purgatorio de Dante es una crónica real y que es posible acceder a él desde la mismísima Catedral de Burgos, para lo que está dispuesto a organizar una expedición que lo demuestre. Hasta ahí cualquiera se percataría de que la imaginación del autor le va a llevar por derroteros donde el absurdo, la fantasía y el humor se hacen dueños de la narración.
Pero sin tiempo para cerrar la boca se ve inmerso en otra historia que nada parece tener que ver con la anterior. Y es que estamos en el verano de 1936 y en la ciudad castellana se está preparando, con todo detalle, la sublevación contra la República
Ficción y realidad se dan la mano para construir una lectura absorvente y apasionante en la que todo se encuentra perfectamente entramado, sin fisuras ni añadidos que rompan el ritmo de la narración.
Y es que Óscar Esquivias logra dar con la clave para tener al lector en tensión durante los tres libros (la trilogía se completa con La ciudad del Gran Rey y Viene la noche), para aportarle las dosis suficientes de realidad y disparate como para que no caiga en el aburrimiento en ningún instante.
Una novela, como las dos que le siguen, fresca y subyugante, en la que no dejan de aparecer sorpresas que hacen cómplice al lector, de ofrecer señales para que éste siga uno u otro camino en su imaginación. Esquivias, que logró con este libro el Premio de la Crítica de Castilla y León, dibuja a la perfección el Burgos de los años 30, sus principales personajes y el ritmo vital de una ciudad de provincias. Hasta tal punto que el lector no tendrá ningún problema a la hora de imaginar todo lo que va sucediendo, desde los escenarios en que se mueven los personajes, hasta las características de cada uno de ellos.
Serán los personajes creados por el escritor burgalés los que verdaderamente engrandezcan la novela, desde el mencionado Don Cosme, hasta el general Dávila, encargado de inspirar el golpe militar en la región, pasando por el comandante Paisán, el doctor Albiñana, Rodrigo o Gorostiza. Personajes que tardarán mucho tiempo en apartarse de la memoria del lector, gracias a la maestría del escritor para incitar a éste y lograr que forme parte de la aventura, las aventuras, que se van desarrollando.
Y para aquellos que están un poco hartos de novelas sobre la Guerra Civil, una sola advertencia, este libro no tiene nada que ver con ella, aunque se desarrolle en sus páginas.

jueves, 23 de mayo de 2013

EL TIEMPO ENTRE COSTURAS. María Dueñas



No lo voy a ocultar, este libro me llamaba poco la atención y no me apetecía nada su lectura. No era por el marketing encaminado al público femenino que creía se había hecho -salvo la novela de ciertos sellos editoriales catalogada como romántica no me da reparos leer todo libro que se me presente-, sino que simplemente no me llamaba nada la atención.
Pero resulta que alguien lo propuso para nuestro Club de Lectura y no quedaba más remedio que leerlo para luego sacarle el partido oportuno. Tampoco voy a negar que me encontraba predispuesto a hacer de abogado del diablo y rebatir las posibles opiniones positivas que se mostrasen sobre él.
Al comenzar la lectura descubro que el libro está muy bien escrito y que la historia parece llamativa. Y en el momento que Sira Quiroga, la protagonista, llega a Tetuán, la capital del protectorado en Marruecos, la lectura se acelera, se vuelve tan intensa que parece busque cualquier segundo para volver a sumergirme en ella, con el ansia de quien es incapaz de soportar lo que va a suceder a continuación.
La descripción de los ambientes (el Marruecos exótico que inunda todo), los distintos personajes (esa mezcla de realidad y ficción que engrandece la narración) y el ritmo creciente que va impregnando la historia (saber en qué va a acabar la protagonista) me seduce de tal manera que poco me importa la historia de amor y espionaje que se esconde entre sus páginas. 
Sí, reconozco que la prosa en sencilla, y que hay muchos tópicos prescindibles, y que la parte de espionaje me es indiferente, pero la fase de recuperación y superación de la protagonista, el juego de los movimientos políticos en el protectorado y El tiempo entre costuras (siempre en Marruecos) que da título al libro me dejaron lo suficientemente satisfecho como para poder decir que disfruté de la lectura.

martes, 16 de abril de 2013

EL MANUSCRITO DE PIEDRA. Luis garcía Jambrina



Reconozco que el libro tenía, o al menos así los anunciaba, todos los  elementos necesarios para prestarle toda la atención: novela histórica con aire detectivesco, un personaje emblemático como es Fernando de Rojas (sí, el autor de La Celestina) de protagonista y Salamanca como escenario de la historia.
Y claro, para colmo mis pasos me llevaban a la ciudad universitaria, así que cómo no sentirse atraído por una novela que, cuanto menos, presentía una buena historia.
Desde la primera página, en ese prólogo que no trata de justificar la obra, sino de presentarnos la historia y los hechos que van a suceder a continuación, ya encontramos el primer misterio, el primer cadáver que logra despertar, si no lo estaba ya al coger el libro, todo nuestro interés. 
Gracias a las descripciones perfectas el lector se sitúa con gran facilidad en la Salamanca de 1497, en una ciudad llena de vida y en la que nos vamos a encontrar personajes reales y que pertenecen a la historia, con otros de ficción sin que la novela pierda ninguna de su virtudes.
Virtudes como hacer creíble cada uno de los acontecimientos que se suceden, ya sean estos históricamente demostrables o no, así como las situaciones que se producen en la ciudad. Incluso los propios personajes, construidos de manera convincente, parecen cobrar vida y pertenecer también a la propia historia.
Y es que Luis García Jambrina logra que vivamos en primera persona cada uno de los enigmas a resolver, cada uno de esos misterios que parecen encadenarse y que van haciendo que el libro crezca en intriga a medida que se va avanzando en la lectura.
Estamos también ante una historia de cambio, la que experimenta su protagonista, el joven Fernando de Rojas, a lo largo de la novela, esa evolución de pensamiento, atención, conocimientos que logra que el lector vaya descubriendo diferentes apartados de una época en la que el humanismo va cobrando cada vez más fuerza.

miércoles, 20 de marzo de 2013

IACOBUS. Matilde Asensi



A pesar de cierto regusto que me dejó El último Catón -una novela que consiguió atraparme, pero cuyo final no estuvo, a mi parecer, a la altura del resto de la novela-, hubo algo que me impulsó a buscar más libros de la autora. Tenía otras dos obras escritas El salón de ámbar e Iacobus. Así como el primero no pareció llamarme lo suficiente, ante el segundo noté el impulso de una lectura prometedora.
Eran los primeros años de este siglo y, debo reconocerlo, había muchas lagunas lectoras, géneros en los que apenas había ahondado y otros a los que les tenía cierto pavor. Además, el mundo de los templarios en una provincia como la mía, Soria, tenía tirón, sobre todo para aquellos que llegaban de fuera y querían saber más.
Así que no dudé en iniciar la lectura sin muchas más expectativas que pasar un buen rato. Y tengo que decir que desde las primeras páginas quedé atrapado en la novela, incluso recuerdo que busqué información adicional sobre algunos de los sucesos que se mencionaban (cosa que ahora opino desaconsejable, mientras se mantiene la lectura, ya que creo que distrae).
Con una prosa ágil, llena de buenos diálogos que impedían el aburrimiento y unas descripciones perfectas que lograban imaginarse cada uno de los escenarios en que se movía Galcerán de Born, las casi cuatrocientas páginas duraron un suspiro y me acercaron a un tipo de novela que hasta el momento veía aburrida.
Gracias a esa intriga que iba a más a medida que avanzaban las páginas, a la fuerza de cada uno de los personajes, en especial el protagonista, y a la perfecta reconstrucción de los inicios del siglo XIV, el libro se convierte en un compañero perfecto para pasar cualquier instante. Y es que Iacobus tiene de todo, intriga, misterio, historia y viajes. 
Aunque quizá lo más significativo, además de convertirse en la antesala de lo que es actualmente la novela histórica de nuestro país, es que hoy sigue siendo un libro vivo, al que acceden muchos lectores a diario. Un libro al que parece no haberle afectado el paso del tiempo y aún hoy hay lectores que siguen la ruta marcada por Galcerán de Born en el libro y realizan un viaje siguiendo sus explicaciones.

lunes, 18 de marzo de 2013

LA FIESTA DEL CHIVO. Mario Vargas Llosa



Cuando este libro llegó a las librerías Mario Vargas Llosa ya tenía un nombre y estaba  considerado como uno de los escritores más destacados de lengua castellana. Obras como La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral o Pantaleón y las visitadoras le habían convertido en un autor seguido por millones de lectores.
Debo reconocer que este último terminó por engancharme a su lectura, a pesar de que llegó a mis manos ajado por el paso de los años y las manos sobre él. Así que no dudé en leer, también con avidez Lituma en los Andes, el que fuera Premio Planeta de 1993, y todos aquellos títulos que iba encontrando. Pero claro, siempre que uno se engancha a un autor corre el peligro de saciarse, y cambiar, si no de parecer, sí de ganas de repetir en un tiempo.
Y si encima te topas con una lectura menos gratificante que las otras, o al menos que rompa el hechizo existente hasta ese momento, pues está claro que algo pasa. Sí, Los cuadernos de Don Rigoberto me defraudaron y perdí cierto interés por la prosa de Vargas Llosa.
Así que resulta comprensible que La Fiesta del Chivo permaneciese en mi mesilla seis meses sin abrirse, seis meses en los que las críticas favorables se iban sumando y sonaban ya las voces que lo nombraban "el mejor libro del siglo XX" (no recuerdo si en nuestra lengua o en todas). 
No quedaba más remedio que leerlo, que recuperar la confianza en el escritor y sumergirme en la vida de ese general Trujillo que llenaba páginas y páginas de comentarios favorables.
Desde que abrí el libro y comencé la lectura, descubrí el error de mi obstinación y cómo estaba ante uno de los libros más destacados del autor, que venía a recuperar el prosista que me había atraído como lector. Una novela inclasificable, pues en sus páginas hay misterio, aventuras, psicología de los personajes, historia, y un sinfín de géneros que la autentifica. 
Con un lenguaje claro, unos personajes dotados de la suficiente fuerza como para ser capaces de llevar el peso de la historia, la mezcla de tiempos y voces y, por encima de todo, una trama perfectamente construida La fiesta del Chivo se ha convertido en uno de los títulos más sobresalientes del autor.
Por si todo lo anterior fuese poco, el debate entre ficción y realidad, ha seguido manteniendo vivo el libro en estos trece años. De vez en cuando se vuelven a alzar voces que así lo demuestran, olvidando que estamos ante una novela de creación, una novela histórica, que combina personajes reales y ficción, nacida de la mente de un Premio Nobel con mayúsculas.

jueves, 28 de febrero de 2013

LA REINA DESCALZA. Ildefonso Falcones



Espero que nadie me tire de las orejas por esto, pero debo decir que cuando cerré La Catedral del Mar me sentí un poco como sin fuerzas, descontento ante una lectura que me pareció demasiado simple y casi juvenil. ¡Ojo! no quiero decir que la novela estuviese mal escrita, simplemente que me esperaba algo más, o quizá me la leí demasiado deprisa. El caso es que gracias a este libro mucha gente se enganchó a la novela histórica, género narrativo que nos está dando muchas alegrías a los lectores en los últimos años.
El caso es que cogí La mano de Fátima ante la advertencia de una historia más compleja, con un mayor riesgo narrativo. Y a pesar de que me gustó se me hizo un poco larga.
Y ahora, casi sin querer, debo reconocer que estas casi 750 páginas me han engatusado de tal manera que apenas he hecho otra cosa que sumergirme en sus páginas de forma compulsiva. Reconozco que abrí el libro sin intención de leerlo de momento, de dejarlo para más adelante por miedo a que su tamaño me ralentizase otras lecturas pendientes. Pero aquí estoy, entusiasmado con una lectura cómoda, ágil, que me ha permitido penetrar en pleno siglo XVIII de la mano de dos mujeres. ¡Y qué mujeres! Pues el autor no se ha conformado con reflejar la Sevilla y el Madrid de mitad de dicho siglo, sino que ha dotado de tal fuerza a sus protagonistas que ellas solas iluminan muchas de las escenas narradas. 
Caridad, una esclava negra que acaba de obtener su libertad, y Milagros, una "bailaora" gitana de raza nos trasladan a un universo de música, contrabando, picaresca, venganzas y amor. En una época machista, llena de abusos (en toda la amplitud del término), prejuicios e intolerancia, también encontramos el honor y la lealtad en quienes menos esperamos.
Hay, además, algo significativo y que le da cierto toque personal a la novela; a pesar de señalar la realidad social de un hecho real -la persecución y arresto de todos los gitanos del reino por parte del Marqués de la Ensenada en agosto de 1949- el autor no cae en el error de agobiar al lector con términos arcaicos pretendidamente pertenecientes a la época. Ildefonso Falcones mantiene tanto en las descripciones como en los diálogos un lenguaje actual que favorece mucho la lectura. Y es que si hay algo que no me gusta nada a la hora de leer es que me indiquen qué términos son de la época o tecnicismos marcándolos en cursiva. Por suerte este no es el caso.
Una novela a ratos dura y a ratos sensual que nos asegura un buen rato y, por qué no, una mirada cómoda a un suceso nada edificante de nuestra historia.

lunes, 25 de febrero de 2013

EL ASOMBROSO VIAJE DE POMPONIO FLATO. Eduardo Mendoza



¡Cuidado! Empezar a leer esta novela logrará que pases del asombro de las primeras páginas a la carcajada más explosiva gracias a la capacidad de Eduardo Mendoza para sorprender, para crear un personaje que roza el surrealismo y el esperpento.
A caballo entre la novela histórica, la novela de humor y la de intriga, esta novela nos sitúa en pleno siglo I de nuestra era en Nazaret por medio de las andanzas del protagonista que da título al libro, un personaje estrambótico y delirante que ejercerá de narrador y nos llevará de la mano por unos escenarios fácilmente reconocibles.
Será el lenguaje, hay que prestar especial atención a los diálogos, el que mejor se ajuste al carácter que el autor trata de imprimir a la novela. Un lenguaje lleno de arcaísmos, de giros de otros tiempos que, al contrario de caer en la pedantería, nos invitan al regocijo y a la risa.
Pomponio Flato, apellido que dice mucho de lo que acontece al protagonista, nos sitúa de inmediato en la historia, con personajes conocidos y a los que da un tratamiento completamente distinto al que estamos acostumbrados. Hay quien habla de crítica a la novela histórica, y que usa la infancia de Jesús de manera apócrifa para indicar ciertos aspectos, cuanto menos, extraños; pero lo cierto es que Mendoza lo único que nos ofrece es una novela de humor, de mucho humor. Por supuesto que está situada en un momento concreto y recupera personajes históricos, pero lo hace de tal manera que nadie debe sentirse ni ofendido, ni reflejado. La mejor manera de pasar un rato agradable leyendo.
Volvemos a descubrir al Eduardo Mendoza de Sin noticias de Gurb, El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas o La aventura del tocador de señoras, en las que la ironía parecen abarcar todo e inundan al lector de un humor que es de agradecer en el mundo de la literatura actual.

miércoles, 13 de febrero de 2013

EL NOMBRE DE LA ROSA. Umberto Eco



Recuerdo que cuando leí El Nombre de la Rosa por primera vez me sorprendió la maestría del autor para lograr que me situara en la historia casi desde la primera página. Recuerdo, además, que las frases en latín me las saltaba por no perder un segundo y seguir leyendo para ver en que acababa el libro.
Ahora, en nueva lectura y tras ver varias veces la película, tengo que reconocer que no me puedo quitar de la cabeza la imagen de Sean Connery cada vez que me imagino a Guillermo de Barkerville intentando resolver las distintas muertes acaecidas en el monasterio.
La inteligencia de los diálogos, en muchas ocasiones largas disertaciones del protagonista que sirven para hacer que prestemos más atención, y las completas descripciones de Adso de Melk que es quien nos narra la historia, logran una novela que despierta admiración 33 años después de su aparición.
Con su prosa ágil el autor nos introduce en un mundo lleno de misterio, en el que debemos estar atentos en todo momento por miedo a perder un detalle que sea imprescindible para resolver los enigmas. Pues estamos ante una novela histórica que nos sitúa en pleno siglo XIV, pero también ante una novela policíaca, hasta tal punto que la trama se va complicando a medida que se avanza en la lectura.
Eso sí, ahora, con una trayectoria lectora más amplia no solo he disfrutado mucho más del libro, de cada descripción, de cada ironía de su protagonista, de cada cita, de cada personaje, incluso los textos en latín tienen traducción. Además, según avanzaba en la lectura, esta parecía distinta, sorprendiéndome cada página como si se me hubiesen borrado de la memoria muchas de las escenas, o al menos éstas se han dibujado de distinta manera.

jueves, 7 de febrero de 2013

ME HALLARÁ LA MUERTE. Juan Manuel de Prada



Tras cinco años de silencio  Juan Manuel de Prada vuelve con una novela coral en la sigue demostrando su buen hacer como narrador, como constructor de escenas llenas de enredo que logran atraer al lector hacia unos escenarios perfectamente recreados y en los que los personajes, a pesar de sus avatares (a veces espeluznantes) se sienten muy cómodos.
La División Azul y el Madrid de la posguerra serán los lugares elegidos por de Prada para introducirnos en una historia con tintes épicos, con buenas dosis de intriga y drama, y en la que no falta un recorrido por todo tipo de pasiones. Pero será el dominio del lenguaje, la perfecta construcción de cada una de sus páginas la que hará que el lector disfrute de la novela, que cuenta, además, con la fuerza suficiente para leerse de un tirón, para disfrutar de los vaivenes de Antonio y Carmen, sus protagonistas, y de todos aquellos que aparecen en este juego que tiene mucho de picaresca y de lucha por la propia supervivencia.
Una novela, y unos personajes, que parece mantenerse incluso cuando el libro se ha cerrado, como si la ficción que se nos ha narrado pertenezca a la misma historia. Y es que hay momentos donde  las imágenes parecen superar también la ficción y las crudas descripciones adquieren una autenticidad casi cinematográfica, lo que demuestra que, por encima de todo, de Prada es un gran creador de grandes historias y de grandes personajes.