QUÉ LEO HOY:

QUÉ LEO HOY: Sugerencias, debate, crítica, opinión...

viernes, 29 de mayo de 2015

EL LECTOR DEL TREN DE LAS 6.27. Jean-Paul Didierlaurent



De vez en cuando, muy de ven en cuando, sientes que tienes ante ti un libro especial, un libro distinto que va a significar mucho más que un entretenimiento. No hace falta empezar a leerlo para que algo inexplicable te recorra y tengas la sensación de que ese pequeño reducto de palabras te va a llenar de manera singular. Ni siquiera, como es el caso, tienes la necesidad de observar la portada escondida tras la molesta y cada vez más insufrible banda que le colocan las editoriales para llamar la atención del lector.
Y es que en esta ocasión no hacía falta reclamo alguno, no presté siquiera un segundo a las palabras que, en la portada, trataban de mostrar el interior del libro. No hacía falta, ni siquiera descubrir el rostro completo del personaje que aparecía en la portada que, como ya he dicho, permanecía semioculto tras la banda roja.
No sabría explicar si era su reducido número de páginas (195) o que en el título apareciese la palabra "lector". Sigo, incluso después de su lectura, sin lograr explicarme, así que difícilmente lograría trasladarlo aquí, que mágica atracción me llevó a coger el libro y situarlo, sin ningún pudor, encima de todos los que había elegido para leer, llegando incluso a aparcar algunos que estaban a punto de acabarse.
Empezar a leer y sumergirme en una mundo emocionante fue todo uno. Notar como mi respiración se espaciaba, con esa lentitud y relajación que ofrece la paz y saberse partícipe de un universo en el que cada palabra es un mundo y en el que cada acontecimiento, por muy cotidiano que parezca, va a producir en mí sensaciones inesperadas instantes antes.
Reconozco que el juego de palabras que nos introducen al personaje principal, Gibrando Viñol, trató en vano de confundirme, de querer hacerme creer que estaba ante uno de esos libro en los que el humor y los dobles sentidos solo eran aptos para los lectores de la vecina Francia. No, había algo más, había que superar ese capítulo primero (apenas tres páginas y media) para penetrar de lleno en la historia, aunque para ser sincero ese capítulo inicial demostraba que el autor sabía lo que hacía y dejaba entrever una historia llena de posibilidades.
Y de repente, casi sin percatarme, el protagonista me enfrenta directamente con La Cosa, con la Zerstor 500, una máquina trituradora de libros de la Sociedad de Tratamiento y Reciclaje Natural. Y se abre ante mí todo el universo de Viñol, de su trabajo, de sus alegrías y miedos, de esos personajes que parecen nacer de la nada para cobrar una importancia de inmediato. Con apenas unas leves pinceladas el narrador nos presenta cada uno de los personajes que pueblan la novela y somos los lectores los que los creamos, imaginando, además, un futuro ajeno a las páginas que estamos leyendo.
Kpwalski, Brunner, Grinbert, Carminetti Rouget de Lisle, las hermanas Delecote o Julie tienen, cada uno de ellos tiene la fuerza suficiente como para crear un relato individual que nada tiene que ver con el libro que tenemos entre manos y que nos invitan a emocionarnos con historias vividas como lectores.
Con un lenguaje sencillo, descripciones acertadas y precisas Didierlaurent nos incita a una lectura fluida, cómoda, que ahonda, más si cabe, en el amor por los libros y la lectura: Consiguiendo que nos emocionemos con la sencillez de las cosas más elementales y sencillas, pero sin tener miedo a acercarnos a los temas más profundos. Un lenguaje que atrapa y logra que mantengamos la atención desde la primera a la última página.
El autor logra transportarnos a un universo paralelo en el que un París y unos personajes tristes y anodinos nos muestran la belleza, el amor y la humanidad, hasta tal punto que una vez acabada la página 195 hay una tentación casi irresistible de volver al inicio, de vivir de nuevo, esta vez con mayor lentitud, cada una de las páginas en que Guibrando Guiñol es protagonista.
Un libro tierno, amable, que logra que las aletas de la nariz se ensanchen presas de la emoción que solo aportan las grandes historias. Jean-Paul Didierlaurent nos ha abierto la puerta a un mundo y unos personajes que permanecen presentes y vivos más allá de lo que acontece en la novela.

domingo, 17 de mayo de 2015

EL ÚLTIMO CAPÍTULO. Javier Lizasoain Hernández



Hay libros que llegan a mis manos en extrañas circunstancias y que suponen un aliciente especial que me atrae de una manera inexplicable. No hay duda que El último capítulo es un libro de notable factura editorial, hecho con mimo y con el cariño de quien siente amor y pasión por el libro impreso, así que resulta atractivo una vez lo tienes entre manos y no puedes dejar de dar gracias al editor, Doce Calles, que se ha preocupado de hacerlo de esta manera. Pero que te comprometas a leerte el libro sin conocer ni el tema, ni el autor, ni el libro físico, es algo que solo se produce cuando hay algo que te da buenas vibraciones.
Por eso he querido que el tiempo enfriase muchos de los estímulos de la lectura y ponerme a escribir cuando esta estuviese lo suficientemente reposada, cuando los ecos de una cómoda, ágil y estupenda presentación, se hubiesen acallado del todo, cuando las voces femeninas que pueblan sus páginas se mantuviesen en mi memoria de manera convincente.
De Javier Lizasoain Hernández desconocía todo, salvo la amistad de quien me entregó el libro, así que al hilo de la lectura me sentí obligado a buscar algo de información sobre sus actividades. Profesor de instituto (menos mal que ya había leído el libro, si no me habrían asaltado las dudas de estar ante el fruto de una experiencia docente antes que la necesidad de escribir), licenciado y apasionado del arte y poco más (autor de un libro de Historia del Arte de segundo de bachillerato) que me permitiese conocer al creador de una novela tan arriesgada como elocuente.
De entrada hay que señalar que el atractivo principal, junto con el de quien me dio el libro, radicaba en centrar la novela en una de las joyas del arte español, la llamada "Capilla Sixtina" de Castilla, la ermita de San Baudelio de Casillas de Berlanga (basta echar un vistazo a la portada del libro para observar una de las escenas que ilustraban sus paredes). Pero lo que no podía esperar era que el autor (se que en estos tiempos de igualdad de géneros no debería señalarlo, pero aquí está) construyese la historia alrededor del mundo femenino. No conformándose con eso dará voz a tres mujeres, de tres generaciones distintas, abuela, madre y nieta, para que la historia se conforme en un canto coral que, cuanto menos, resulte creíble a los ojos de cualquier lector.
El autor no solo tiene oficio, en el buen sentido de la palabra, a la hora de conformar la historia narrada, sino que logra transmitirnos su pasión por las pinturas de la ermita, por los avatares que estas sufrieron a lo largo del siglo XX y nos invita a uno, o mejor dicho a varios viajes a través de la visión y la mente de Justina, Lucía y Marina. Viaje, viajes, historia e historias que se van abriendo a los ojos del lector con la fluidez necesaria para penetrar  en ellas como si formasen parte de nuestra memoria colectiva.
Comenzar a leer y sumergirse en un mundo lleno de incógnitas es todo uno, aunque como sucede con la propia ermita, con una puerta cerrada y un exterior sencillo, se van abriendo a la luz paredes e imágenes sorprendentes, escenas inimaginables y personajes increíbles. Javier logra crear una novela austera en el exterior para crear un espacio en el que se van abriendo caminos y pasillos, no todos se recorren de inmediato, algunos se aparcan para volver más tarde, algunos se visitan con deleite y otros se pisan como dentro de una ensoñación. De la mano de las tres protagonistas nos sentimos espectadores privilegiados no solo de sus experiencias, si no de la historia de muchos de los pueblos y ciudades de España.
Eso sí, hay un capítulo que merece la pena ser tenido en cuenta de manera especial, casi individual.  El capítulo II titulado "Y el hombre se hizo alma" es tan magnífico como arriesgado (hay quien diría incluso osado) y que constituye un apartado aparte. El maestro de San Baudelio nos traslada a un pasado mucho más lejano y a la manera de la mejor narración histórica nos recrea una imágenes casi cinematográficas, tan elocuentes que nos invita a cerrar los ojos y sumergirnos en una época de la que iremos recuperando imágenes a medida que avanzamos en la lectura.
Una novela de búsqueda, de lucha, en la que las pasiones se van abriendo con tal fuerza que nos impedirán abandonar el libro y que deseemos, junto con las protagonistas llenar los vacíos que se van abriendo en cada página.


viernes, 1 de mayo de 2015

EL EFECTO MARCUS. Jussi Adler-Olsen



Que disfruto con la saga del Departamento Q lo dice el hecho de haber leído todas las entregas y, además, en el orden en que fueron publicadas. Desde la aparición de La mujer que arañaba las paredes hasta esta quinta entrega las peripecias del inspector Carl Morck y sus ayudantes Assad y Rose me han hecho disfrutar de tal manera que, desde el momento que he tenido noticias de la aparición de otra de las novelas no he visto la hora de tenerla en mis manos, aparcando las lectura que tenía entre manos para sumergirme en el nuevo caso.
Los chicos que cayeron en la trampa, El mensaje que llegó en una botella y Expediente 64, junto con la primera y esta última entrega, completan una serie de lecturas totalmente adictivas, en las que de principio a fin te sientes involucrado y parece que acompañes a los protagonistas en cada una de sus páginas.
No voy a negar que esta última novela me ha resultado más extraña, lo que no quiere decir nada en su contra, ni mucho menos, teniendo en cuenta la cantidad de acontecimientos que suceden hasta que nuestros personajes principales, el trío de policías que conforman el Departamento Q, aparecen. La novela avanza a buen ritmo y parece que la historia nada tiene que ver con Morck y los suyos. Pero resulta raro tener en tus manos la novela y no comprobar, casi desde el inicio que está pasando por la cabeza del protagonista, sobre todo cuando tras la anterior aventura algo, que por supuesto me niego a contar, había sucedido.
A pesar de esto, que posiblemente solo aparece en la mente de quien tiene muy presentes las entregas anteriores, ya desde las primeras páginas la historia, o mejor dicho, las historias te absorben de inmediato y no cuesta nada vislumbrar los escenarios que se van dibujando, ya sea en las selvas de África Central o en las calles de Copenhague.
No hay duda que Jussi Adler-Olsen se ha convertido en algo más que un creador de novelas policíacas de misterio y un narrador de éxito tanto dentro como fuera de su país, gracias a los temas escogidos se ha convertido en un referente en hacer autocrítica sobre la propia sociedad danesa, hasta tal punto que no resulta extraña la reflexión y la posible traslación de situaciones a cualquier otro país europeo. En esta ocasión no solo nos acerca al mundo de la corrupción política y el robo de fondos destinados al tercer mundo, sino que nos sumerge en el mundo de la inmigración ilegal y de las bandas de jóvenes que son usados para delinquir en Copenhague.
La perfecta recreación de la sociedad danesa (de los errores y aciertos que en ella se producen a diario) y sus escanarios, la fuerza con que aparecen reflejados cada uno de los personajes (en especial, claro está los tres miembros del departamento Q y del joven Marcus que da nombre al título) y la vertiginosidad de la trama, crean una novela que deja sin aliento, que atrapa de una manera casi enfermiza. Hasta tal punto que en algunas de las persecuciones tienes que frenar tus ansias de gritar y alertar al acosado.
Una novela policíaca con mayúsculas, con malos (y malísimos) y buenos, con intriga y suspense, con la psicología necesaria para ver humanidad y arrepentimiento en lo más oscuro de la sociedad, con secuencias que harán la delicia de quien quiera llevarlas al cine. Una novela que invita a leer y olvidarse de todo lo que sucede alrededor. Jussi Adler-Olsen logra superar cualquiera de sus anteriores novelas, cosa que en las primeras páginas se antoja imposible, creando caminos que el propio lector, o la vida futura de los protagonistas, deberá recorrer y analizar, dejando que se produzca una interesante batalla entre la imaginación y el deseo de lo no contado.  

martes, 28 de abril de 2015

CAMPO ROJO. Ángel Gracia



No sé si Ángel Gracia ha tratado de desmontar la infancia como esa "patria feliz" a la que solemos acudir para dibujar con múltiples tonos nuestro recuerdo, pero lo que sí tengo claro es que ha sabido crear un retrato real, duro y cruel de los años de la pre-adolescencia.
Una novela impactante, que desde el inicio deja bien claro que no estamos ante una narrativa al uso, con una atmósfera opresiva que, inexplicablemente, nos atrapa, que nos atrae con una fuerza desconocida. Un viaje a la infancia y sus demonios, esos momentos oscuros de los que pocos, por mucho que nos neguemos, se pueden escapar. 
Sí, claro que nos sitúa en un escenario concreto, en una ciudad concreta, la Zaragoza de los años 80 del siglo pasado, pero de inmediato parece dar un giro de ciento ochenta grados y mostrarnos un espacio diferente, un espacio conocido, con rostros y voces que se han mantenido presentes en nuestra memoria. Somos nosotros, y aquellos que crecieron con nosotros, los que protagonizan cada una de las escenas narradas por el autor. Ponemos cara a cada uno de los personajes, incluso llega un momento en que adecuamos el mote al que se mantiene impreso en nuestra mente.
Pero, sin duda alguna, lo peor de todo es la dificultad de situarnos nosotros en la acción, de acertar en nuestro  verdadero papel en la novela. Sí, claro que en un inicio nos posicionamos en el lugar del narrador, pero al poco descubrimos como nos metamorfoseamos en cada uno de los demás, sus actitudes, sus palabras y sus silencios nos delatan. Somos, al fin y al cabo, todos en uno, bien porque en su momentos pasamos por todos los papeles, o bien porque nos creamos entonces esa coraza que logró que aventurásemos haber sido cada uno de ellos.
Según el autor la novela no es solo fruto de su memoria -nunca hay que olvidar que estamos ante un elemento de ficción narrativa-, sino de la memoria de todos aquellos que le rodean. Y son todos aquellos los que conforman un universo propio en el que se van apareciendo nuestros fantasmas, seguro que cada lector interpreta cada situación de forma distinta, aunque en todo momento somos conscientes de cuando se quiebra la justicia, cuando los abusos, los atropellos colocan a cada uno en su sitio. Y, por mucho que podamos negarlo, nuestro deseo de estar en un lado u otro de la línea está siempre claro, máxime cuando nuestra integridad está en juego.
 Más que el relato de la infancia, el reflejo de unas vivencias más o menos verídicas, Ángel Gracia logra crear una novela con notables tintes políticos y sociales, donde no solo prima la propia supervivencia, sino la lucha por el poder y donde ubicarse para que este no haga daño.
Una novela sin descanso, incluso las breves alusiones campestres, que parecen idealizar el espacio del mundo rural ajeno al urbano, esconden los miedos que azotan al niño, y por ende al ser humano, incluso cuando no se están sufriendo.
Una novela despiadada, donde la desolación se adueña incluso de los momentos de descanso, un mundo hostil que impide exista un espacio mental en el que refugiarse. Pero también una novela que usa el lenguaje en su justa medida, que señala espacios y sensaciones, que transforma a la perfección la propia experiencia y existencia del lector.

Otras obras del autor:
Valhondo (2003); Libro de los ibores (2005); Destino y trazo: en bici por Aragón (2009) y Arar (2010). 

domingo, 19 de abril de 2015

EL SILENCIO DE LOS CLAUSTROS. Alicia Giménez Bartlett



Una vez tuve en mis manos la última obra de Alicia Giménez Bartlett, Crímenes que no olvidaré, tenía bien claro que me iba a acompañar en mi próximo viaje. Pero al ver su contenido, nueve investigaciones breves en las que Petra Delicado hacía de las suyas, se presentó ante mi un enorme dilema: eran los relatos los mejores compañeros en un largo viaje en avión para que este se hiciese más llevadero o convenía tener entre manos una historia larga, que me atrapase lo suficiente como para soportar lo mejor posible la incomodidad del trayecto.
Varios fueron los títulos elegidos, pero fui incapaz de olvidarme de la posible presencia de Petra Delicado y Fermín Garzón. Sobre todo cuando la reciente obtención del Premio Pepe Carvalho había relanzando, en bolsillo, todas las aventuras de la comisaria de Barcelona. No lo dudé un instante, sería El silencio de los claustros el primero de los libros elegido.
Antes de comenzar a leer se aparecieron ante mí muchas de las imágenes vividas por la comisaria y el subcomisario, no entendería una sin el otro, al menos sería un reto de Alicia al que me costaría mucho subirme. Imágenes sin un orden concreto, vuelvo a reconocer que no he seguido orden alguno a la hora de leer los libros de la saga (si se puede llamar así) y no me ha alterado para nada su lectura, no solo porque cada uno es una historia lo suficientemente importante como para centrarse en lo que sucede, sino porque la destreza de la escritora radica en eso, en logra atraparte en la vida de Petra tanto a nivel personal como profesional sin necesidad de conocer nada más de ella.
Y atrapa, claro que atrapa la historia, y lo hace de tal manera que, como lector, hay muchos momentos en que te sientes como un verdadero pelele, un espectador del que los acontecimientos hacen lo que quieren, te llevan de aquí para allá sin que opongas ningún tipo de resistencia. No puedes evitar dejarte llevar por el propio curso de la investigación, pones tus ojos y tu imaginación en la dirección que lo hacen los policías nacionales, sientes la misma desazón cuando los pasos parecen llevarte a un callejón sin salida, cuando todo parece que se estanca. Y, de la misma manera, sientes fluir la adrenalina cuando la pista parece fiable y el camino se presenta despejado.
Vuelven a ser los personajes, no solo Petra y fermín, sino todos aquellos que van apareciendo, los que doten a la lectura de una fuerza tan real que  consigue que te impliques, que olvides por momentos todo lo que es ajeno a la novela.Pateas Barcelona, frecuentas los bares, acudes a los monasterios y formas parte de los interrogatorios en los que participan los protagonistas, pero hay más, acudes en silencio a la casa de Petra, participas en su vida fuera de la comisaría y la investigación.
Y es que la autora sabe, como nadie, crear los ambientes y situar en ellos la trama, sea la que sea, es capaz de situar a cada uno de sus personajes en todo momento, de manera que siempre tienes en tu mente donde anda cada uno, como se menean y, lo que es más difícil, lo que pueden decir los silencios, los gestos o las indicaciones. Porque Alicia Giménez Bartlett maneja con tal maestría el lenguaje que logra que este descubra más de lo que parecen decir las propias palabras.
Y claro, como no podía ser de otra manera, logra transmitir la tensión y la intriga. Esta última porque no puedes apartar tu mente de los acontecimientos, no puedes evitar buscar en cada frase, en cada actitud de cualquiera de los que se asomen a las páginas del libro, esa pista que permita resolver el caso, no tratas de ponerte en la piel de los protagonistas, formas parte de ellos y sientes desgana, cansancio, inquietud, rabia y preocupación a medida que va sucediéndose la investigación. Y tensión porque sientes como tu propia respiración se acelera o relaja al ritmo que manda la narradora, la propia Petra Delicado.
Una novela llena de giros, de idas y venidas, de aciertos y dudas, de ese suspense y misterio que logra que te aísles de todo y te centres en una lectura cómoda y atractiva, no sintiendo en ningún caso que las páginas pases con o sin velocidad, sino sintiendo como se está más lejos o más cerca de resolver los enigmas que se plantean desde el inicio: un asesinato y un robo de lo más extraño.

domingo, 29 de marzo de 2015

MIENTRAS NIEVA SOBRE EL MAR. Pablo Andrés Escapa




Escribir relatos no es nada fácil. Al menos no es fácil hacerlo bien, lograr que cada uno sea una historia completa, bien contada y que logre, durante su lectura, atrapar de tal manera que su intensidad no decaiga. Son muchos, por desgracia, los libros de relatos en los que junto a unos llenos de fuerza y calidad, hay otros tan flojos que parecen metidos con calzador.
Sí, es cierto que hay muchos escritores, o sus editores, que lo único que hacen es reunir una serie de textos hasta completar un libro, que simplemente ofrecen una amalgama de escritor sin orden ni medida, sin la necesaria configuración que permita que el libro se sienta, por parte del lector, como un todo.
Por eso cuando nos encontramos ante un libro de relatos que permite una lectura uniforme, un paseo por una serie de historias atrapadas dentro de una misma encuadernación, un libro en el que cada uno de los textos se hace necesario y en el que todos conforman una lectura que bien se puede hacer sin descanso, nada aconsejable, por cierto, o disfrutando de cada relato con tranquilidad, sin olvidar, claro está la atmósfera que impregna todo el conjunto.
Pablo Andrés Escapa es uno de esos escritores de relatos que no solo sabe bien lo que hace, sino que elabora los libros como tales, en los que desde la primera a la última página el lector va a sentir siempre que está acompañado por el mismo libro, sea cual sea la historia que en ese momento le acompaña. El autor leonés domina como pocos el relato, aunque más que constructor de relatos, habría que señalarlo como constructor de cuentos, pues al fin y al cabo Andrés Escapa es eso un contador de cuentos, un cuentista en el mejor sentido de la palabra, alguien que logra que a través de las pocas páginas de cada historia quedemos inmersos de lo que en ella se está narrando o viviendo.
En todo momento sentimos estar formando parte de esa magnífica tradición de los contadores de cuentos que tanto han abundado en Castilla y en León, esos cuentistas que acompañaban los trasnochos y los filandones, que lograban variar la atmósfera en la que nos encontrábamos y llevarnos de la mano por unas escenas tan reales que no suelen desaparecer ni con el paso de los años.
El autor tiene la destreza de crear unos ambientes cargados de misterio, ambientes que no solo mantienen alerta y expectante al lector, sino que le transmiten a este una emoción que logra que el asombro vaya en aumento a medida que avanza la lectura. El lector se siente en la necesidad de prestar toda su atención, no puede permitirse el lujo de perder una palabra, un signo de puntuación, nada que haga que la historia se transforme de inmediato.
Andrés Escapa demuestra en cada relato, en cada cuento, que es un narrador consumado, que sabe sacar partido a cada página, logrando transformar los elementos más cotidianos en excepcionales, fabulando espacios reconocibles y transformando lo real en irreal.
Una lectura fabulosa -catorce relatos enmarcados en dos verdaderas joyas literarias que son "Robinsón", el primero de los relatos, y "Náufrago", el último de ellos-, en la que en todo momento el lector atisba, con la naturalidad de lo extraordinario, todo lo que se dibuja en sus páginas: un faro enclavado en medio de un campo de trigo. Y más cosas, claro está.

Otras obras del autor:
La elipsis del cronista (2003), Voces de humo (2007), Gran Circo Mundial (2011) y Cercano Oeste (2012)


jueves, 12 de marzo de 2015

XIII PREMIO DE LA CRÍTICA DE CASTILLA Y LEÓN. LA GRATITUD, Fermín Herrero


El XIII Premio de la Crítica de Castilla y León que organiza el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua ha fallado hoy en Ávila y ha recaído en el poemario La Gratitud de Fermín Herrero Redondo.
Al premio optaban diez obras finalistas de la Comunidad de Castilla y León entre las que se encontraban seis obras de narrativa: La puerta de los pájaros, de Gustavo Martín Garzo; El viento en las hojas, de José A. González Sainz; Tierra violenta, de Luciano G. Egido; Mientras nieva sobre el mar, de Pablo Andrés Escapa; Alabanza, de Alberto Olmos  y La vida mitigada, de Tomás Sánchez. Un ensayo: Indies, hipsters y gafapastas: historia de una dominación cultural, de Victor Lenore. Una obra de teatro: Rukelli, de Carlos Contreras. Y dos poemarios: In memoriam, de Eduardo Fraile y La gratitud, de Fermín Herrero.
Este último ha obtenido por mayoría el Premio que viene a completar un elenco de autores de la talla de Luciano González Egido, Antonio Gamoneda, Raúl Guerra Garrido, Oscar Esquivias, Adolfo García Ortega, Juan Manuel de Prada, Luis Mateo Díez, Abel Hernández, Javier Villán, Antonio Colinas, Olegario González de Cardenal, José María Merino y José Antonio Abella.
La gratitud es un poemario que viene a rematar, que no finalizar, la trayectoria inapelable de uno de los poetas más representativos del panorama literario actual en castellano. Un poemario con mayúsculas que huele a tierra, a campo. Un canto a la relación del hombre con la tierra, un reflejo de lo que somos nosotras, de esa herencia genética de la que formamos parte. Fermín Herrero ha querido homenajear a la palabra que da título al libro, a esos sentimientos y actitudes que parece se han perdido en nuestra sociedad.
Estamos ante un poeta en el más estilo clásico del término, no tanto porque haya bebido la poesía de los clásicos y la domine, sino porque ha querido ir más allá, profundizando en la sencillez y puliendo el poema hasta el final, desgranando cada verso para que quede latente esa austeridad que tanto recuerda al campo castellano.
Claro que hay una mirada continuada al pasado, pero no abandona el presente, ni mucho menos el pasado, para atesorar en cada poema la esencia misma de la tierra, de ese espacio que tan bien el poeta conoce. Será esa mirada precisa y concisa, esa percepción de lo que hay, hubo y habrá en la tierra que el ha mamado la que vertebra un poemario que permite al lector lograr que afloren todos sus sentimientos a medida que pasan los poemas. Y es que La gratitud trasciende la propia lectura, retrotrae al lector hacia su propia memoria y a la de los que le precedieron, convirtiéndose en el mejor y más claro exponente de los que es la tierra, castellana en primer lugar (la herencia del poeta es innegable y universal posteriormente. De lo cercano, visible y familiar, a lo ajeno y general, convirtiendo el libro e una reflexión de la tierra, de la vida y del ser humano.

Otras obras del autor:
Anagnórisis (1995), Echarse al monte (1997), Paralaje. Los hijos secos (2000), Un lugar habitable (2000), El tiempo de los usureros (2003), Tierras Altas (2006), Endechas del consuelo (2006), De la letra menuda (2009), Tempero (2011), De atardecida, Cielos (2012), Furtivo de los días (2014) e Inmediaciones (2014)